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Edición 299

RETOBOS EMPLUMADOS
PINO P√ĀEZ
(Exclusivo para Voces del Periodista)


Cronicario entre paginar insólito

ENTRE LAS HOJAS de un libro puede haber un oto√Īo que a√ļn no ha silbado su √ļltima ca√≠da. O puede uno en una librer√≠a de viejo toparse con el verbo que nunca fue impreso y la sombra impresa que de espaldas se escabulle. O en los escolios de alg√ļn ejemplar, consigue alguien descubrir el rastro de un an√≥nimo que se quiso eternizar. O‚Ķ


Pino

Verde sin Lorca pero que también se quiere verde

En una treintena de p√°ginas del libro gordote, aunque sin pringue de manteca, Ulises de James Joyce, que compr√© despastado y con evacuadoras huellas de insecto, mas √≠ntegro en su contenido‚Ķ entre el mon√≥logo interior de Molly Bloom -en distintas √°reas- encontr√©, 30 billetes de ‚Äúmil d√≥lares‚ÄĚ. As√≠ los vi, con todo y comillas y al comp√°s de mis risotadas; eran tan burdos como los pesotes aqu√©llos de Pancho L√≥pez que ven√≠an entre las latas de Choco Milk. Estaban muy aplastados y bien planchaditos, como dicen que los falsificadores pasan y re-pasan su copiadera.

Ten√≠an un verdor ‚Äúenfermizo‚ÄĚ, como de sapo encorajinado o disfraz de chaf√≠simo marciano. De una ‚Äú iscarioteada‚ÄĚ recog√≠ los ‚Äú30 mil‚ÄĚ dolarucos. Se los regal√© a mis hijos para que jugaran al turista o hicieran un remake en vodevil del Fobaproa. No los quisieron y, sin ning√ļn respeto al pater‚Ķ me dijeron que estaban ‚Äúretecorrientotes‚ÄĚ, que ni pa‚Äôlimpiarse el alma tras pujantes reflexiones del emperador.

Los guard√© por inercia en uno de mis bolsillos, y me fui al trabajo. En la esquinita donde abordo mi pesero, un limosnero se me aproxim√≥ con todo el filo angulado de su hambre en el transparente poliedro de su semblante. Se me hicieron de un tono extraordinario sus ojos pl√ļmbeos, como si dos rueditas de anochecer muy entristecido se le hubieran estampado entre sus √≥rbitas tan desorbitadas. Me pidi√≥ para un taco, pero s√≥lo tra√≠a lo de mis pasajes‚Ķ y los ‚Äú30 mil d√≥lares‚ÄĚ, mismos que le di, no en burla, se los entregu√© a fin de que no se helara m√°s su palma tan abierta y tan vac√≠a. Y de un salto, tan ancestralmente practicado, me ensardin√© rumbo a mi destino.

Un par de semanas despu√©s, un hombre elegante, trajeado de alpaca y corbata intensamente guinda, como untada en un gui√Īo de horizonte‚Ķ se puso junto a m√≠ en v√≠speras del arribo de mi pesaroso pesero: ‚Äú¬°Gracias, se√Īor, muchas gracias, por los 30 mil d√≥lares!, mi hambre ya qued√≥ sepultada entre algazaras de triper√≠o. Abr√≠ un negocito de Melate, Pron√≥sticos y Rasca-Rasca que otros me trabajan, para que me pueda rascar dial√©ctico los desasosegados revoloteos del esp√≠ritu. ¬°Muchas gracias, se√Īor!, y que Dios lo acompa√Īe en su peserita‚ÄĚ.

Y se fue como una tos que se pierde en la perspectiva. ¡Era él!, el mendicante aquél, ya sin las encaradas geometrías del nocomer, Lo reconocí por la tonalidad vocal… y los ojos aquéllos de un gris peculiar, exentos de anochecer entristecido, alegres ahora, cual nochecita que se festeja a buen recaudo de lejanísimo amanecer.

No s√© si me dijo ‚ÄúQue Dios lo acompa√Īe en su peserita‚Ä̂Ķ o en mis pesares. Ese d√≠a labor√© desconcentrado, me agenci√© una rega√Īiza y tres d√≠as de suspensi√≥n. Quise desquitarme con mis cr√≠os, reclamarles el haberse negado a turistear con la veracidad de la fortuna, sin embargo, ellos y yo estamos hechos de la misma contextura sin pulir. Y desech√© y el desquite.

Presuroso retom√© a Ulises, no para releerlo, puesto que no entend√≠ ni una l√≠nea del laberinto ferroviario de la novela‚Ķ Lo agarr√© desesperado sin importarme Joyce ni Homero. A leng√ľetazos le remov√≠ las hojas, rez√°ndole a Zeus que aparecieran otros verdes que tratar√≠a con respeto y sin comillas, am√°ndolos como el verde sin billetes pero con el mar de Federico Garc√≠a Lorca. Vueltas y m√°s vueltas lamidas y relamidas daba a cada p√°gina, babe√© todo el mon√≥logo ya no tan interior de la se√Īora Bloom, pero √ļnicamente me llev√© al paladar caca de mosca asaz envejecida, cual arque√≥logo que ensaliva la invertebrada inutilidad de su propia historia.

¡Sí: caquitas remojadas en reliquia! ¡Sí: el monólogo interior sin novela ni Molly Bloom! ¡Sí: me batí estoico contra nadie en la pared, como chivo proletario que de nada le sirvió saberse potencialmente rico en barbacoa!

Sombras nada más sin tango y sin Javier Solís

Tard√© mucho en reponerme de aquella infausta dolariza. Cuando la resignaci√≥n me lleg√≥ por v√≠a del Jos√© que no es santo: del cl√°sico hipocor√≠stico ni pepe, con que se asumen las ingratas contingencias de la vida‚Ķ Retorn√© a la librer√≠a de viejo Acaso lo saca, especializada en vender textos de anagrama, entre √©stos, pal√≠ndromos y neologismos, como los miles del Ulises que no pude entender ni una entonadita del c√°ntico de las sirenas, tampoco el Nadie may√ļsculo y absolutamente enga√Īador contra Polifemo, que¬† no est√° en la obra pero que crece edificado como Ninguno.

Tal vez volv√≠ en una especie de terapia, como dicen que los pr√≥fugos del pomo regresan a las tabernas nada m√°s para oler los espejismos de anta√Īo. O quiz√° con la prometeica esperanza de localizar el fuego, simbolizado en otros billetes que ya no entrecomillar√≠a.

Apenitas empezaba a recorrer la secci√≥n de baraturas en un anaquelito al lado de la mesita en que se acoda el encargado (un hombre de edad intermedia con unos dorsales descomunales), y otro cliente, con la ansiedad en el rostro arrostrada, pregunt√≥ tembloroso al librero: ‚ÄúDispense, ¬Ņno ha visto por casualidad mi sombra?‚ÄĚ.

Los otros tres usuarios, el vendedor y yo formamos instant√°neos un quinteto de mirares a intercambiar, en los que sin hablar a todo volumen se le√≠an un montonal de hip√≥tesis en encisos a): Se trataba de un lurias. b): Pod√≠a ser una bromita digna del comediante polaco, se√Īor Jaladosvsky. c): ni una ni otra cosa, sino la b√ļsqueda de una mascota extraviada‚Ķ

El due√Īo o empleado de Acaso lo saca, no se complic√≥, limit√°ndose a responder con una negativa de izquierda a derecha cabeceada. La situaci√≥n daba la impresi√≥n de culminar ah√≠, empero, el inusual pregunt√≥n extrajo de un morral el libro El hombre que perdi√≥ su sombra, y abajito lo que daba la impresi√≥n de ser el t√≠tulo real: La maravillosa historia de Peter Schlemihl, y haciendo furibundas elipses con la zurda, tuteaba ahora al dependiente a punto del desga√Īitar: ‚Äú¬°No mientas! ¬°T√ļ tienes mi sombra! ¬°Me lo dijo Chamisso! ¬°Ratero eres de lo m√°s umbr√≠o!‚ÄĚ.

Luego vir√≥ hacia la vera clientelar para advertirnos: ‚Äú¬°Tengan mucho cuidado con este ladr√≥n de oscuridades!‚ÄĚ. Alguno pretend√≠a calmarlo. Otro, usando de rehilete su √≠ndice en la sien, silente explicaba que era un loreto al que no se le deb√≠a manifestar inter√©s alguno. Los que revis√°bamos ejemplares, nos dimos por enterados y, en cuanto nos dispon√≠amos a dejar al ‚Äúsinsombrado‚ÄĚ con un mon√≥logo m√°s interior y mosqueado que el de Molly Bloom‚Ķ ¬°de un poderoso manotazo iz√≥ al responsable de la librer√≠a de viejo!, pese a que por lo menos pesaba el doble que el alzador, en vor√°gine lo sacud√≠a, una y otra vez, los parroquianos √≠bamos a intervenir, a rescatar al ser utilizado de trapo y banderola sin patria‚Ķ ¬°cuando de la espalda se le desgajaban sombras, muchas sombras, que corr√≠an anhelantes hacia cualquier muro, como buscando la protecci√≥n de lagartijas y fusilados!

El agitador, ya sin verbo pero con sus apaciguadas manos, recogi√≥ su sombra, y se la puso de capa, ‚ÄúPara que me vuelva a proteger del aliento de los que no me han querido, para que me proteja del desaliento de los que de m√≠ nada han aspirado‚ÄĚ.

Nos fuimos sin comprar nada, sin comentar nada, sin nada más que los labios resecos, tentaleándonos con escasa discreción atrás de las hombreras, a fin de comprobar que las sombras -sin tango ni Javier Solís- seguían obedientes y conchudas…encaramadas sobre la lobreguez angelical del tameme, del estibador, del recargado-cargador.

Orillar al margen el grito que no ha salido

Trastabillando sobre un arsenal de dudas, me dirig√≠ a casa, de repente, uno de los visitantes de Acaso lo saca, nervioso y con re-percusiones tamborileadas desde su taquicardia‚Ķ me solicit√≥: ‚Äú¬°Tenga la bondad de entregar este librito que hojeaba y que no pagu√©! ¬°Yo no vuelvo a entrar a ese manicomio de asombros contra sombras!‚ÄĚ, y se retir√≥ sin atender mi respuesta. Dej√≥ el tomito entre mis brazos, alfabeto ambarino como ni√Īo viejo de palabras que busca arrullarse distanciadas de la despilfarradora retina de los que nunca leen.

Sin turbante me turb√©. Acuclillado en los bordes de una acera, hoje√© lo que deb√≠a devolver. No fue el t√≠tulo y, por ende, ni el autor, lo que -sin saber la causa- me hizo en el margen de cada p√°gina estacionar los de apipizca. Los escolios, a l√°piz, a punto de borrarse hasta la intangibilidad de la nada, en letra de molde clar√≠sima rogaban que se le dejara ‚Äú‚Ķ transitar el grito que se le ator√≥ en un r√≠o que devino espejo‚ÄĚ. ¬°Suplicaba que le devolvieran su ‚ÄúAlta Voz‚ÄĚ que ‚Äú‚Ķ no es de los ahogados ni de ning√ļn reflejo‚Ķ‚ÄĚ!

No pude hojear m√°s. Entr√© a Acaso lo saca para la libresca y escoliada devoluci√≥n, empapado (no s√© si del r√≠o aqu√©l o de aguas sin prosa m√°s prosaicas), con el tomito listo a ser repuesto en su librero‚Ķ ¬°cu√°ndo el dependiente me exigi√≥ de rodillas y lloroso ‚Äú√Čchame tu sombra que ya no aguanto este invierno contra mi lomo‚ÄĚ!

Se irgui√≥ con el rictus m√°s descompuesto todav√≠a y sus espaldones que de veras calaban el peor de los inviernos, repiti√©ndome en estribillo ‚Äú√Čchame tu sombra que ya no aguanto este invierno contra mi lomo‚Ä̂Ķ ¬°Arroj√© el librito a su mesita!‚Ķ y sal√≠ resoplando mi angustia a bocanadas. Me re-acuclill√© en el misma esquinita, quise gritar una catarsis, una liberaci√≥n estereof√≥nica‚Ķ ¬°pero el grito se me qued√≥ atorado!, igual al desconocido de los escolios. Supe as√≠ lo que hiere el encierro de una griter√≠a, y el r√≠o aqu√©l increment√≥ sus caudales rumbo al estuario, con una alcantarilla que generosa lo albergaba, al tiempo que los peatones pon√≠an los dedos de pinza en su nariz, apedre√°ndome con la cruel lapidaci√≥n de sus reojos.

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