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Edición 423

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GEOPOLÍTICA DE AMÉRICA LATINA,

LA DISPUTA ENTRE POTENCIAS

Salvador González Briceño

Víctima de la ofensiva permanente del imperio, la revisión geopolítica ayuda encontrar opciones para la región

Latinoamérica forma parte inexorable, en esta segunda década del siglo XXI, de las disputas entre las potencias mundiales hegemónicas capitalistas: Estados Unidos (EE.UU.), Rusia y también China, una “economía de mercado socialista” que aprovechó perfecto las ventajas de la globalización desde que fue admitida en 2001 a la Organización Mundial del Comercio.

ES LA AMÉRICA Latina nuestra, subsumida en su historia por el yugo económico, político y social de dos imperios, el español primero, el estadounidense después. Este último, con políticas de control como las redivivas decimonónicas —la Doctrina Monroe—, pero sobre todo con el empleo de la violencia.

Es decir, bajo el precepto monroista “América para los americanos”, la región se convertiría en “área de influencia” durante las dos terceras partes del siglo XIX y todo el XX, despectivamente llamado “patio trasero”. Dos largos siglos a la fecha.

Todo este tiempo, el imperio se ha impuesto por la fuerza, empleando su presencia militar contra todo intento de liberación, de independencia, libertad de los pueblos repudian el yugo imperialista estadounidense, siempre tolerado por las elites locales vendepatria.

Luego entonces, la “Pax Americana” en la región ha sido acompañada de guerras focalizadas, diplomacia injerencista, espionaje, de la mano de: acuerdos comerciales, políticas de organismos internacionales para “legitimar” sus atropellos o poner oídos sordos. Por si faltara algo, de políticas impositivas, líderes afines, sobornados, amenazados o impuestos, hasta gobiernos o presidentes “aliados”.

Todo opera, hasta las invasiones militares y los golpes de Estado de los años 60 y 70 del siglo XX, con la finalidad de saquear los recursos naturales, ejercer una política injerencista, como la argucia de las drogas y el crimen organizado de los años 80 que genera violencia. El jugoso negocio que ello representa, aparte sirve para “controlar a la región” por todos los medios. La violencia por encima de todo.

Ello le ha ganado al imperio lo que siembra: repulsa y odio de los pueblos que han vivido en carne propia invasiones (marines), saqueos (de sus empresas), contrainsurgencia (alquiler de ejércitos, mercenarios), guerra en síntesis por un país que más pronto que tarde declaró “no tener amigos solo intereses”.

El capitalismo puro, anglosajón, ha sido el motor. Por tanto, la conquista y la explotación están en su gesta de nación. La “democracia americana” es fundacional, para los “estados confederados” primero, los “estados unidos” después. La presunta “democracia”, como la “libertad” y ahora los “derechos humanos”, operan en su ideario de política internacional solo para justificar la imposición a terceros de su poder hegemónico.

La disputa geoestratégica

Bien, pues la lucha de hoy de los países latinoamericanos se da en el contexto de la reconfiguración geopolítica mundial, toda vez que el EE.UU. transcurre por un periodo de inevitable decadencia como imperio.

Los hechos dan muestra de ello, pues como castillo de naipes comenzó a declinar desde el punto de vista geopolítico en el mundo, a raíz de los autoatentados del 2001 a los símbolos del poder mundial y sus injustificadas campañas de guerra en Oriente Medio que a la postre le resultaron fallidas.

Lo anterior desde la geopolítica, pero el modelo económico ha mostrado su fragilidad estructural con la crisis de 2008 a la fecha, una debacle más que superada profundizada con el paso de los años.

No obstante, resulta que las tres potencias, EE.UU., Rusia y China, están en la cúspide de la disputa geoestratégica por las dos rutas que representan: la geoeconómica china y la geopolítica rusa. Es decir, que el imperio tiene competencia, y fuerte en la región Latinoamericana.

Porque una cosa son las confrontaciones evidentes entre sí; mejor dicho, de EE.UU. contra China por una parte, y con Rusia por el otro. Y otra la disputa en el territorio, en nuestra América que tiene sus características.

El enfrentamiento con Rusia, por tanto, se da en el terreno de la geopolítica, y en contra de China por la vía geoeconómica. Ambos, competencia para el imperio estadounidense. Uno y otro ponen en jaque la hegemonía, su poder imperial.

En Latinoamérica, como es el caso, las mencionadas potencias tienen cada vez mayor presencia. Sea por iniciativa, o a petición de parte, como dicta el derecho. Sea por identidad histórica como de la vieja URSS con Cuba que compartían el proyecto socialista. O por alianza económica como la pertenencia de Brasil a los BRICS. Honduras, el ejemplo más reciente, donde la próxima presidenta, esposa de Manuel Zelaya, se aproximará a China.

Claro que históricamente el imperio estadounidense lleva ventajas, tiene supremacía por su control centenario, conquistando primero e imponiendo después sus intereses económicos, de la mano de una serie de candados. Pero también los países ansían sacudirse la influencia imperial de EE.UU. Odio ganado a pulso aparte.

Es el anhelo de siempre, desde los movimientos independentistas de España, esfuerzos tantas veces frustrados de “unidad Latinoamericana”, promesas incumplidas redivivas. Ya por unos países, ora por otros, por no tener claras las metas o por el pie de los gobernantes traidores entreguistas de la derecha.

Es por lo que nuestros países han llevado a cabo movimientos de resistencia de raigambre popular, esfuerzos de complementariedad entre países, con la región. Notables excepciones como las de Cuba, isla pequeña que ha sobrevivido con dignidad al bloqueo de más de 60 años.

Otro tanto ahora la Venezuela primero de Hugo Chávez, ahora de Nicolás Maduro. Otros como la Nicaragua de Daniel Ortega, donde ningún país es “de” sino para los pueblos, mismos que se otorgan reglas de convivencia que si no cuidan o violan, se exhiben por ambiciones de perpetuarse en el poder.

Heridas que no cierran

La dignidad primero. Claro que en tanto las decisiones son de los pueblos en general, y eso se refleja en el ámbito constitucional, nada ni nadie puede entrometerse en las decisiones de los pueblos si eligen y reeligen o no y por cuántos periodos, a sus gobernantes. Siempre y cuando, insisto, sea por mandato popular y constitucional.

No así si se violentan sus propias reglas. Es cuando se presta al “desprestigio” desde el exterior, peor aún que los EE.UU. país que no respeta y sí se entromete en los designios de otros. Siempre alegando “democracia” o denunciando presunta “autocracia”, y atentado a los derechos humanos.

El hecho es que a cada paso de la historia de América Latina asoma el rechazo a ambos imperios. Como en México, país al que EE.UU. le arrebató más de la mitad de su territorio. Heridas que no cierran. Qué decir de la “conquista” violenta de los indios nativos del “este” indio desde el “oeste”, por sus tierras y por el oro.

Antes, las luchas por la independencia del imperio español en el siglo XIX. Luego tras la derrota de España, a cada avance del ejército estadounidense en el siglo XX. Ahora en el XXI también, una resistencia tan digna que no cesa, por tanta sangre derramada de los pueblos.

Golpes de Estado que han impuesto dictadores, represores, militares en los puestos de decisión, gobiernos o presidentes con toda suerte de artilugios han sembrado el odio. Todos direccionados por Washington, la Casa Blanca y financiados por la CIA. Los ejemplos sobran.

Lo peor oleada se vio en tiempos de la Guerra Fría, por los temores de los presidentes estadounidenses al avance en la región del “comunismo” soviético. La ola violenta contra los esfuerzos de los pueblos por la liberación y la búsqueda de una ruta propia, sin la injerencia estadounidense.

Y sí, eran tiempos de la búsqueda de alternativas distintas al yugo imperial. La Guerra Fría ocurrió en el marco de los acuerdos para no romper los “equilibrios” geopolíticos, pero funcionó a medias porque ambos bloques avanzaron en la disputa territorial, y sin declaración de guerra.

Porque las potencias que encabezaban sendos bloques, el capitalista y el “socialista”, rompían a cada paso sus promesas en el escenario mundial, pero sin atacarse mutuamente. Era el equilibrio por la disuasión nuclear. Salvo la llamada “crisis de los misiles” estacionados en Cuba por la URSS que estuvo a punto de una catástrofe.

Ello no impidió que EE.UU. irrumpiera en la “legitimidad de los pueblos” con representantes electos por voluntad popular y “democrática. Con invasiones y golpes de Estado. Siempre para proteger los intereses trasnacionales de sus empresas estadounidenses. Y por el temor al avance comunista en la región. Ese fue el clima prevaleciente en la llamada Guerra Fría.

Lo que quedó de la URSS, o sea Rusia, Occidente la ha erigido como “enemigo” de una suerte de neoGuerra Fría. Algo similar contra China, a EE.UU. tampoco le funcionará. Ni hay justificación y tampoco tiene el poder ni militar ni económico para aventurarse a confrontación alguna.

Ni en Vietnam ni en Afganistán

Claro que no puede sostener una guerra directa, pero sí la pretende indirecta. De confrontar a Rusia lo intentaría en terreno europeo, no en el propio. De enfrentar a China sería en aguas del Pacífico del sur por Taiwán, tampoco en aguas territoriales estadounidenses.

Pero, en otras palabras, EE.UU. carece de lo indispensable para ir a la guerra. Solo disuasiva, por al arsenal nuclear. Y menos por el descrédito ganado en el mundo y la pérdida de guerras importantes para ellos como Afganistán y antes Vietnam.

Siquiera en nuestra región Latinoamericana. Por lo que la conclusión mediata, y por en análisis geopolítico, es claro que EE.UU. está perdido en su batalla doble con sendas potencias, Rusia y China.

En Latinoamérica, como parte de los escenarios de disputa, los pueblos están cansados de tantos problemas irresueltos, locales-nacionales. Y que la injerencia de otros esté metida hasta la cocina. Eso que entregaron los gobiernos Latinoamericanos en tiempos de la globalización.

Que para eso están vigentes los “candados” de los tratados comerciales, suscritos por los gobiernos de la derecha entreguista. Los acuerdos amarraron a los países a los intereses estadounidenses. Es por ello que los problemas principales de los países de la región no se resuelven.

Los dictados de política económica desde afuera, las políticas de los bancos centrales, los préstamos de los organismos financieros internacionales —como el BM y el FMI—, y la inversión privada extranjera, nunca resultan capitales para el desarrollo de los países sino para extraer las mayores ganancias. Qué decir de la deuda externa de los países, tantas veces pagadas por los altos intereses.

La oposición y la resistencia a tales políticas extractivas, injerencistas y claramente violatorias de la seguridad nacional de los países, claro que ha dado sus frutos. Ese fue el producto, si bien no de conquistar el sueño de los libertadores de la llamada “Unidad Latinoamericana”, sí esfuerzos locales de romper las reglas del imperialismo.

Es el caso de la llamada primera oleada de “gobiernos populistas”, con Venezuela, Brasil, Argentina, Ecuador, Bolivia, Uruguay, Nicaragua y El Salvador, como la segunda representada por países como: Bolivia, México, Argentina, Perú, que han representado ciertamente un respiro y esperanza para sus pueblos.

Para un desarrollo local con bases propias, como la nacionalización de los sectores clave de las economías —aquellos bienes privatizados en el periodo neoliberal que sirvió para agudizar las diferencias entre ricos y pobres—, y la instrumentalización de políticas nacionales destinadas a resolver los problemas de cada país.

Desarrollo, aspiración legítima

A sabiendas de las aspiraciones de la región, así como el rechazo generalizado de la población a la presencia de todo lo que suena estadounidense, también por el trato despectivo de “patio trasero” es que se abren las opciones a otras alternativas, y eso lo representan Rusia y China. Ni solo uno, ni solo el otro. Coincide que ambos le disputan el poder hegemónico a los estadounidenses.

Es claro que ni Rusia ni China vienen a regalar nada. Pero sí traen inversiones bajo otras condiciones, distintas a EE.UU., además ayuda cuando se requiere, como el caso de las vacunas rusas contra la pandemia.

Hace falta recuperar de las manos de los “privados”, sectores clave de las economías locales, ejes del desarrollo tradicional, como el sistema bancario, el energético, de transporte y de reservas naturales según el caso.

Pero también cuidar sobre todo las minas de oro y otros recursos en disputa para estos tiempos de la digitalización, como las reservas de litio, plutonio, paladio, titanio y tierras raras, entre otras materias primas.

Como el oro que seguirá dando la batalla en el terreno de las reservas internacionales de valor, más cuando el dólar se desinfle del rol que lo ha sostenido como moneda de intercambio en el comercio mundial, así las otras materias primas para el uso de baterías y conductores, entre otros.

Además, que los países tienen el derecho a buscar desarrollar sus economías, que los pueblos salgan del atraso, de la pobreza, de los problemas ancestrales, económicos, políticos y sociales. Una legítima aspiración, sin la imposición de condiciones ajenas.

Claro que EE.UU. no quiere competencia regional. Pero tampoco confrontar directamente a Rusia ni a China. Acaso en Ucrania o Taiwán, pero no en Latinoamérica.

De cualquier manera, por las bases militares que se cuentan por decenas en la región, el imperio puede generar problemas, no evitarlos. Y tampoco hay que confiarse.

No hay predilección, ni por Rusia ni China. Pero la región se merece oportunidades que el imperio nunca le ha ofrecido. Se las ha negado siempre. Por lo anterior, es tiempo de sacudirse la sombra de un imperio-pesadilla para los pueblos Latinoamericanos.

Por un desarrollo independiente, autónomo que busque el bienestar y no solo la ganancia que polariza y destruye sociedades. Además, el sueño o la utopía de todos los hombres libertarios merece justicia.



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