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Edición 418

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MORENA, DEL VACIO PARTIDISTA

AL RIESGO NARCOPOLÍTICO

Lo menos es la renuncia de la dirigencia, cambie de nombre o lo rescate la militancia

Salvador González Briceño

 

De seguir como hasta hoy, lo que sea que es Morena más allá de logotipo, se encamina hacia su implosión. Compuesto de “camarillas”, no hay duda que el “partido”, además de reproducir viejos vicios como carecer de estructura e incumplirle al ciudadano, carece de principios partidistas y anhelo estatutario.

 

PEOR AÚN. Como escaparate o eslogan de campaña, Morena y sus directivos solo se empeñan en escalar, ganar espacios de poder. Así quedó de manifiesto en la pasada elección, la intermedia del 6 de junio del actual sexenio morenista. Lo demás no importa.

 

A los enquistados les importa solo ganar-ganar, como todo lo que entró a disputa en la jornada electoral reciente: desde las presidencias municipales y las diputaciones en los congresos locales, hasta las gubernaturas, las alcaldías, el congreso en la Ciudad de México y las representaciones en la Cámara de Diputados.

 

El cascarón funcionó, pero no tan eficaz: no se ve cómo pueda participar en la elección presidencial del 2024, ¡sin perder!), como en junio pasado. Porque Morena no es, como se creyó, el mismo que encumbró en 2018 a Andrés Manuel López Obrador en la Presidencia de la República. Ni la sombra.

 

Los morenistas se confiaron al “colgarse” de la figura de Obrador en la reciente elección, suponiendo que el “arrastre” del 2018 se repetiría hoy. Y ganarían. Pero no fue así, aunque lo parezca. Lo contrario, la situación empeoró.

 

Primero, por no construir partido Morena perdió la elección, así los morenistas se presuman triunfadores. Tan solo véase lo ocurrido en la Ciudad de México, donde la derecha le arrebató el llamado “bastión de izquierda” a la izquierda, al partir la ciudad por mitad.

 

La elección de la capital del país es sintomática, en tanto espejo fiel de la situación del resto del país, por lo que no es una perdida menor. Todo lo contrario.

 

Morena, el escaparate

 

Siempre se ha dicho que acá se concentra la ciudadanía políticamente más informada y, por tanto, más participativa. Lo es. Pero no por ser de “clase media” e “inconforme”, sino porque los últimos tres años Morena no atiende las demandas ciudadanas. ¡Qué decir de los gobiernos!

 

También porque los “dirigentes” de Morena solo repiten como perico los logros del actual gobierno federal, pues del gobierno local no hay mucho qué decir, sin agregar nada propio. Claro que se cruzó la pandemia por el covid-19 y eso no ayudó (¿será?) a dar resultados, pero es más pretexto.

 

La realidad es que Morena no existe más que escaparate. Hay declaraciones de políticos que se dicen “dirigentes” del “partido”, pero todos han sido incapaces de construir partido y hacer política partidista, como los procesos de selección de candidatos, todos en entredicho. Pura grilla.

 

Así quedó de manifiesto en el proceso electoral pasado. Morena no va más allá de ser “figura electoral”, y porque apareció el logotipo en la boleta electoral y la gente lo identifica. Pero sin brújula ni directriz, lo peor es que carece de compromisos con los ciudadanos al no encabezar las demandas sociales.

 

Las dirigencias, de Yeickol Polevnsky a Mario Delgado, no han construido partido. Morena carece de estructura territorial, cero campañas de afiliación, no hay representación en los estados ni los municipios. Unos cuantos personajes, nada más, aquellos que buscan algún cargo de elección popular.

 

¿Cómo estar preparados para una elección? Porque sin partido es que la “dirigencia” se ha “colgado” del “arrastre” de aquella oleada que llevó a la presidencia a Obrador en 2018. Por eso se dividió. Ganó gubernaturas, perdiendo en la capital del país.

 

Perder la Ciudad de México es sintomático también de cómo Morena desatendió al país. Cierto que ganó la mayoría de las gubernaturas, pero la suspicacia de cómo es que ganó, es de llamar la atención.

 

Ya suenan los cuestionamientos sobre la injerencia del crimen organizado en los procesos electorales en los estados, desde las alcaldías a las gubernaturas. Se dice, incluso, que por la presencia del narcotráfico en algunos estados del país se trató de una narco-elección.

 

Así como las agresiones y asesinatos estuvieron a la orden del día en tiempos de campaña, tanto en Morena como entre los simpatizantes, la academia y algunos medios, surgen las evidencias de la injerencia criminal en las elecciones. Es decir, estamos ante la amenaza de una “narco-democracia”.

 

Muestra de ello es lo ocurrido en la alcandía central de la Ciudad de México. Por ejemplo, la candidata por Morena dijo: “La alianza de las mafias políticas —como la del priista Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre, el prófugo rey de la basura— con la mafia delincuencial que opera en nuestro territorio.

 

En varios lugares del país y de la Ciudad de México se constituyó una suerte de frente mafioso: políticos con pasado de corrupción y abusos hicieron acuerdos con mafias delincuenciales para operar la compra de votos, para coaccionar y amenazar a los ciudadanos, para crear un ambiente de terror que inhibió la participación.”

 

Construir partido

 

Con todo y en el país continúa desbordada la inseguridad, alentada por el crimen organizado del cual el narcotráfico es la parte más violenta, los claros vacíos políticos y de representación que no ha cubierto Morena han sido ocupados por delincuentes.

 

Hasta allá ha alcanzado la inoperancia y la disfuncionalidad política de Morena. Y esa es responsabilidad de las dirigencias que no han construido partido. Y que no les interesa el ciudadano más que su voto. Como el resto de los partidos sin representatividad, esos unidos por el flanco derecho.

 

Lo menos —pero también urgente por ineficaz— es por ahora la renuncia del actual presidente de partido, para que en su lugar dirijan líderes con militancia, comprometidas con el cambio social, y sean quienes tomen las riendas del cascarón para construir partido.

 

Incluso como lo sugirió el propio presidente Obrador en 2019, que si Morena se corrompía renunciaría a él o hasta se le debería cambiar de nombre. Pero más allá que lo haya dicho el forjador de Morena, el tema no es solo proyecto de partido como de nación. Del país que se quiere construir.

 

Luego entonces: depurar a Morena de líderes corruptos es perseverar en la oportunidad histórica de contar con un partido real que contribuya a cambiar el país de los viejos vicios de los Prianistas, primero representando los intereses ciudadanos, luego capacitar y elegir a los mejores hombres comprometidos con México.

 

En tanto no se haga lo pertinente con Morena, la derecha seguirá agrupada y de la “guerra electorera” pasará a la edificación de un narco-Estado, con la descomposición social, política y económica que ello implica. Pronto se agudizará la pugna territorial, parte de la recomposición entre delincuentes. Ese es el riesgo narcopolítico.

 

En pocas palabras, construir partido para ganar el poder debe ser tarea de todos los que quieran seguir la senda de cambiar al país de fondo, contrarrestando el avance de una derecha hoy unida por ineficiente, pero se colude para la traición.

 



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