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Edición 372

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EL PINTO

(Historia de un palomo)

Aurora

LO QUE VOY A RELATAR, es lo mejor de mi vida, que empezó el día en que encontré acomodo en el techo de un excusado, que hacía las veces de piso de mi palomar, y el piso de unas escaleras de la casa, donde me instalé, que hacía las veces de techo. El espacio no era muy grande, y sin embargo llegó a albergar unas treinta y seis palomas y palomos.

Yo fui regalado por la dueña de otro palomar, a la niña de mi segunda dueña, si es que así se puede llamar a las personas que tienen palomares, aunque no es mi caso, aunque pueden ir a donde quieran, siempre regresan a su palomar. Digo que no es mi caso, porque a mí me gusta volar muy alto, conocer lugares diferentes, y hacer amigos, no solamente de seres de mi especie, sino también de otras, y con estas ideas. Cuando fui regalado a esta niña, en cuya casa me pusieron por nombre “El Pinto” porque era blanco con manchas negras, hice amistad con los hermanos de ella, y con una perra a quien llamaban “La Chiquita”.

El primer día que llegué, le provoqué, un terrible disgusto a “La Chiquita”, porque ese día descubrí que ella, para enfriar su comida, que siempre le daban en una olla, lanzaba lo que llevara entre los dientes, al aire, varias veces; si era tortilla, cuando se la comía ya estaba llena de mugre, porque antes la había estado lanzando, varias veces al aire hasta que se ponía fría, y si era carne, hacía lo mismo, y así ese día, cuando lanzó al aire el pedazo de carne, yo lo atrapé en el aire con mi pico, y lo fui a arrojar al patio de tierra de la casa. Me ladró y dio tremendos saltos para alcanzarme, pero volando yo, casi encima de ella para hacerle enojar, se dio por vencida y no tuvo más remedio que salir al patio, recoger con el hocico el pedazo de carne que yo había arrojado ahí, comérselo, y regresar a donde estaba su plato u olla, y sin dejar de mirarme de reojo, vigilar que no me volviera a acercar a su comida; pero … eso fue el primer día, porque ya después, desde que yo llegué, no volvió a lanzar los pedazos al aire, sino que se concretó a esperar que se enfriaran en su olla, y como yo, no me despegaba de ella, y nunca le hice más travesuras, nos hicimos amigos. Yo acostumbraba remontarme al cielo y ahí arriba, hacía muchos amigos y los invitaba a vivir en mi palomar. Ellos nunca bajaron a hacer amistad con La Chiquita ¡De lo que se perdieron!, porque preferían volar por las azoteas y hacer amistad sólo con palomas, ¡Que chiste!, ¡En la variedad está el gusto!, yo, en cambio, hice amistad no sólo con La Chiquita, sino también con los hermanos de la niña. Ellos platicaban conmigo a menudo, y a veces me daba por pasar volando sobre su cabeza y despeinarlos, pero una vez ¡sí se enojó conmigo uno de los niños! Estaba él sentado frente a la mesa del comedor esperando que su mamá le sirviera el desayuno, cuando ella llegó y puso sobre su plato un par de huevos estrellados, y entonces yo, rápidamente los levanté con mi pico y los fui a tirar al patio, ¡Hubieran visto como se le abrieron los ojos del coraje!, pero nada pudo hacer porque yo volando desaparecí. Mi amistad con La Chiquita era tan tranquila, que yo me sentía feliz de ser su amigo y parado sobre su lomo, sin tratar de volar, salía con ella al patio de tierra y paseábamos mucho rato.

Varias veces, algunas vecinas de la casa ponían sobre las azoteas del cuarto de servicio, que quedaba más bajo que la planta alta de la casa, fajillas de palma o bambú, de esas que se usan para hacer escobas o tejer asientos para sillas, y entonces, a mí me daban tentación y de una en una las llevaba y depositaba en alguna cama, sobre la estufa o donde se me ocurría y, más tardaba yo en terminar mi labor que los vecinos en ir a reclamar a “mi dueña” diciéndole “…¡Su Pinto quiere hacer su nido en mi cama!, o en mi estufa, etc”, estaban locos, yo sólo quería hacer una travesura.

Así las cosas, un día, ya avanzado el crepúsculo, cuando las otras palomas y yo quisimos regresar al palomar, no pudimos hacerlo, porque un ruido, verdaderamente insoportable, que arreció entre más cerca de la casa estábamos, nos lo impidió, y aunque varios días lo intentamos, el ruido no cesó, y nunca más volvimos ahí. Yo extrañé mucho a La Chiquita y a aquel lugar; pero, inquieto como soy, seguí mi camino solo y ahora sólo me queda el recuerdo de aquel lugar donde fui tan feliz.



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