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Edición 362

PORTADA1

VOCES DEL DIRECTOR

México, ¿atrapado sin salida?

Mouris Salloum George

LO IRRACIONAL -RAYANDO EN LO SUICIDA- del actual momento histórico mexicano, es que el grupo dominante pretenda encontrar en el exterior la raíz y las causas de todos los males que tienen desvertebrada la República y a la sociedad civil fluctuante entre la postración y la indignación. No pasa ni como coartada.

         EN EL ACIAGO TRÁNSITO del Estado posrevolucionario al Estado neoliberal, todavía al arrancar la década de los ochenta, al presentarse el Plan Global de Desarrollo (PGD), el jefe del Ejecutivo federal advirtió a sus operadores que, si bien la escena internacional estaba plagada de conflictos, era imperativa una introspección para detectar los déficits que en aquel momento incidían en la estrategia para superar la crisis económica.

         En aquel plan rector se dictaron tres premisas: Eficiencia, eficacia y, sobre todo, control. Por control quedó entendida la escrupulosa gestión del gasto público, cuya contraloría sería motor de la renovación moral de la sociedad.

         Si bien tal renovación atendía lo social, como exigencia de los gobernados, su lectura aplicaba a las responsabilidades de los servidores del Estado para prevenir y castigar los actos de corrupción.

La paradoja tecnocrática

Resulta un tanto paradójico el proceso posterior: El diseño del PGD estuvo a cargo de los tecnócratas debutantes en la Secretaría de Programación y Presupuesto (SPP). De esta secretaría surgieron los tanques pensantes que en 1988 tomaron por asalto el poder político. Desaparecieron la SPP.

           Ese grupo se autodenominó La generación del cambio. Esta generación fue un club exclusivo de maestros y doctores formados en universidades extranjeras, preferentemente en las de los Estados Unidos.

           “Cuadros de excelencia”, fue la condición del nuevo reclutamiento para la conducción del Estado mexicano. Fue satanizada y desplazada la vieja clase política con todo y sus técnicos administradores que, dicho por estudiosos extranjeros, le dieron a México décadas de estabilidad política y económica.

En las “Grandes Ligas”, pero en tercera división

Contra lo que tipificaron como un nacionalismo aldeano, con sus mitos y sus dogmas, según dictaminaron, los “jóvenes turcos”, como gustaban de ser llamados, pusieron por delante su arrogancia para explorar el universo global y se lanzaron sin entrenamiento ni red de protección a conquistar las Grandes Ligas.

           Casi cuatro décadas después, México está en esas “grandes ligas”. Pero de tercera división, donde los tecnócratas mexicanos no pasan de ser jugadores llaneros.

           Hoy se hace pagar a la sociedad mexicana los monstruosos costos de esa irreflexiva aventura.

           Irreflexiva la pretendida estrategia, porque la primera acción de los ensoberbecidos tecnócratas fue imponer la anexión de México a la economía de los Estados Unidos. Fue México colocado a remolque de los designios de los grandes manipuladores de Wall Street, que desde 1994 le asestaron el primer zarpazo con el maquinado Error de diciembre.

             Para nada conmovió a los sicarios de cuello blanco de Nueva York que antes México quedara uncido a su voluntad con la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Ya tenían en la buchaca el control del sistema de banca y crédito, los nervios de toda la red financiera nacional y las principales áreas productivos que administraba el Estado.

Donald Trump, sí, ¿y Bill Clinton?

Ahora, los enredados y pasmados “administradores” del Estado mexicano encuentran en su crisis como chivo expiatorio al republicano Donald Trump.

           Pretenden olvidar -no lo ignoran- que, en 1995, el demócrata Bill Clinton se despachó con la cuchara grande so capa de rescatar a la presidencia de Ernesto Zedillo de los depredadores impactos del Error de diciembre del año anterior.

           Es ineludible apuntar ese hecho, porque en los arreglos secretos en Washington, Zedillo hipotecó, desde entonces, la factura petrolera para garantizar el pago del rescate y suscribió la carta de intención para privatizar los fondos para el retiro de los trabajadores; empezando por los de la burocracia.

         Desde entonces se tejió la soga con la que México sería ahorcado. Ahora no le queda ni el derecho de pataleo.

México, peón de brega en el injerencismo imperial

De no parapetarse en “los factores externos” para tratar de explicar la crisis interna, es la observación con la que abrimos esta entrega. Es que, para todo efecto práctico, respecto de lo que pasa en otras regiones del mundo, México es ya un “factor externo”.

           México ha sido alineado a los fines guerreristas de la Casa Blanca en el Oriente Medio, de despojo de los bienes energéticos. En América Latina, particularmente en Venezuela, México ha aceptado el papel de peón de brega en el injerencismo golpista de Washington.

               De nada le ha valido al grupo dominante ese entreguismo: Es la cabeza más apetecida en la revisión del TLCAN; se ha declarado impotente para defender a nuestros compatriotas ofendidos y humillados en territorio estadunidense, y no logra siquiera exorcizar el espectro del muro que, antes de avanzar, ya ha desencadenado una profunda crisis sicológica.

             Una cosa viene de otra: Los estrategas de la Casa Blanca han revisado, mejorado y exacerbado el manual de la Operación degüello contra México. Operación azteca, la denominó en los noventa un ex secretario de Guerra norteamericano, que trazó el organigrama y el cronograma de la invasión de México.

No hay peor peligro que un necio con opinión de sabio

La presa está en la trampa: Carece de autoridad y de operación política para conducir eficaz y pacíficamente el proceso de sucesión presidencial de 2018 en la ruta terminal que está minada de ingobernabilidad por la acción del crimen organizado y la delincuencia de cuello blanco.

               Después de cuatro años de olvidar que un Estado no funciona sin pueblo, al caer en el hoyo negro el grupo dominante ha improvisado un ingente llamado mediático a la unidad nacional. La hueca retórica, sin embargo, no contiene ninguna contraprestación a los convocados a esa unidad.

             Lo más trágico del actual momento histórico mexicano es que, insensible frente a la descomunal amenaza del imperio norteño, la tecnocracia y su jefe se resisten a asomarse fuera de su burbuja televisiva -desde donde pintan un paisaje idílico-, para tomar conciencia de la hora de riesgo que nos acecha como nación y como familia.

               Qué queda a los compatriotas de cara a ese presagio. Sólo una juiciosa reflexión: No hay peor peligro para la República, que un necio con opinión de sabio, sobre todo si ejerce una función de gobierno o de Estado.

               Dicen los que aquí tripulan el régimen electoral, que la democracia no está para resolver todos los problemas de una sociedad. ¿Cómo lo vamos a saber si a la democracia se le niega la mínima oportunidad de probarse? Esta es la gran cuestión.



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