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Edición 404

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Mientras la gran mayoría de la gente está ensimismada en las medidas de ‎repartición de la epidemia en el tiempo, la dinastía reinante en Arabia Saudita ‎cuestiona el poderío de su protector estadounidense.

Trump adapta la estrategia energética de ‎Estados Unidos‎

Thierry Meyssan

 Riad y Washington libran una ‎prueba de fuerza que ya estaba desorganizando la economía mundial antes de que se ‎extendiera el coronavirus. El presidente Donald Trump se plantea apoderarse del ‎control del petróleo de Arabia Saudita y de Venezuela, lo cual parece haberlo llevado a ‎establecer nuevas alianzas. ‎

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HACE 3 AÑOS QUE el presidente estadounidense Donald Trump, y su ex director de la CIA y actual ‎secretario de Estado, Mike Pompeo, tratan de reemplazar el imperialismo por una estrategia ‎económica nacional.

ESA ESTRATEGIA se basa en que Estados Unidos logre mantenerse como líder ‎mundial, a condición de que disponga de un poderoso ejército y de que sea autónomo en materia ‎de energía. ‎

Donald Trump autorizó la explotación de yacimientos en zonas protegidas como reservas ‎medioambientales, y prosiguió la aventura de los hidrocarburos de esquistos, a pesar de la ‎naturaleza notoriamente efímera de esta. La evolución política de Arabia Saudita, marcada por la ‎megalomanía del príncipe heredero Mohamed ben Salman (MBS), fue gestionada inicialmente ‎sacándole al reino la mayor cantidad posible de dinero por cada uno de sus sueños… hasta que ‎se llegó a una situación de enfrentamiento entre Washington y Riad.

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Finalmente, el príncipe MBS ‎abrió una guerra de precios del petróleo, pero no contra Rusia sino contra la industria ‎estadounidense de los crudos de esquistos. El heredero designado del trono saudita provocó ‎deliberadamente un derrumbe de los precios que llevó el barril de crudo de 70 dólares a menos ‎de 30. Pero esta prueba de fuerza entre Arabia Saudita y Estados Unidos coincidió ‎inesperadamente con la epidemia de coronavirus y la vertiginosa reducción del consumo mundial ‎de energía. La epidemia también está golpeando a Estados Unidos, donde parte de los generales ‎se plantean proclamar una ley marcial maquillada y poner fin al experimento Trump.‎

Estas 3 realidades —la estrategia económica del presidente Trump, la rebelión de Arabia Saudita y ‎la epidemia de coronavirus— se interfieren entre sí. Para analizarlas, procederemos a separarlas ‎arbitrariamente unas de otras, pero manteniendo en mente que la lógica de cada una de ellas ‎puede verse abruptamente perturbada y modificada por las otras dos.

‎La estrategia económica

‎ANTE EL DERRUMBE de los precios del petróleo, el presidente Trump estimó que no tenía otra ‎solución que hacerse con el control de las mayores reservas comprobadas a nivel mundial —‎las de Venezuela—. Hace años que la CIA y el SouthCom —este último conocido en Latinoamérica ‎como el “Comando Sur” — venían desestabilizando Venezuela, como preparación para llevar a la ‎Cuenca del Caribe la aplicación de la estrategia Rumsfeld/Cebrowski de destrucción de ‎los Estados en los países en los países no globalizados ‎ [1]‎. La propaganda mediática contra Venezuela ha ‎alcanzado un nivel que hace suponer en Washington que la eliminación del presidente ‎venezolano Nicolás Maduro no suscitaría mayor reacción en el mundo que la invasión de Panamá ‎y el “arresto” del general Noriega en 1989.

Así que Estados Unidos convenció a la Unión Europea para que se sumara a una operación del ‎tipo «Operation Just Cause» —denominación estadounidense de la mencionada invasión ‎de Panamá—. Durante tal operación serían secuestrados el presidente de Venezuela, Nicolás ‎Maduro, y el segundo dirigente político más importante del país, Diosdado Cabello, ‎vicepresidente del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). Reino Unido, Francia, España, ‎Portugal y Países Bajos —las potencias occidentales que tuvieron presencia colonial en Latinoamérica— se ofrecieron para participar en la operación. La siguiente secuencia resulta reveladora.

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El 26 de marzo, el Departamento de Justicia estadounidense emitió contra el presidente ‎venezolano Nicolás Maduro y Diosdado Cabello una «orden de captura», que incluye una ‎recompensa de 15 millones de dólares por su cabeza, acusándolos de «narcotráfico».

El 31 de marzo, el Departamento de Estado publicó un «Marco para la Transición Democrática ‎de Venezuela» que excluye simultáneamente al «ex presidente Maduro» —así se refiere ‎oficialmente Washington al presidente de la República Bolivariana— y al autoproclamado ‎‎«presidente encargado» Juan Guaidó [2].

A principios de abril, un barco espía portugués, el RCGS Resolute, embistió y hundió un ‎guardacostas venezolano que lo había sorprendido en las aguas territoriales de Venezuela. ‎El barco portugués huyó del lugar del incidente y se puso bajo la protección de los Países Bajos, ‎en Curazao. Por su parte, Francia y Reino Unido enviaron al Caribe 2 barcos de guerra: ‎el portahelicópteros francés Dixmude, buque de asalto anfibio de la clase Mistral, y el antiguo ‎portacontenedores británico RFA Argus, para introducir en la región armamento y municiones, ‎bajo el pretexto de «luchar contra el coronavirus» [3]. Un destroyer estadounidense y varios buques de combate costero de ‎Estados Unidos han sido desplegados cerca de la costa de Venezuela, supuestamente como parte ‎de una operación de la agencia antidroga estadounidense, la tristemente célebre DEA. ‎

Sin embargo, la US Navy interrumpió la operación contra Venezuela debido a la epidemia de ‎coronavirus. ‎

La rebelión de Arabia Saudita

‎La dinastía reinante en Arabia Saudita sigue aferrada a la cultura del desierto. Su modo de ‎funcionamiento es un anacronismo en relación con el mundo moderno, lo cual han demostrado ‎hechos como la decapitación del jefe de la oposición política, el jeque Nimr Baqr al-Nimr, ‎en 2016; el arresto simultáneo de casi todos los príncipes de la familia real y la confiscación de ‎sus fortunas, en 2017; así como el asesinato y descuartizamiento de un súbdito saudita en el ‎recinto del consulado del reino en Turquía, en 2018. Según esa cultura, sólo cuenta vengarse, ‎sin importar el precio de tal venganza. Después de verse manipulado y despreciado por ‎el presidente Trump y su yerno, Jared Kushner, el príncipe heredero Mohamed ben Salman ‎decidió vengarse echando abajo la industria estadounidense del petróleo de esquistos, que ‎no puede sobrevivir con precios inferiores a los 35 dólares por barril. ‎

Luego de comprobar que era imposible que Arabia Saudita entrara en razones, el presidente ‎Trump decidió, en vez de sabotear los campos petroleros sauditas, infligir más bien al príncipe ‎heredero una humillante derrota en Yemen. Un ataque simultáneo de las tribus yemenitas ‎respaldadas por Irán y de las que cuentan con el apoyo de Emiratos Árabes Unidos aplastó ‎recientemente a las fuerzas yemenitas apoyadas por Arabia Saudita. De paso, los británicos ‎ocuparon la isla de Socotra, a la entrada del Mar Rojo. El reino ya sólo podía disponer de la ‎fuerza aérea [4]. ‎

También en este caso la operación se vio interrumpida por la epidemia —podría decirse más bien ‎que la epidemia ofreció a los sauditas una puerta de salida—. Respondiendo con 2 semanas de ‎atraso, el reino anunció un alto al fuego unilateral para permitir que los servicios de salud ‎pudieran dedicarse a salvar a los enfermos del coronavirus. En realidad, Arabia Saudita no había ‎mostrado antes ninguna forma de piedad hacia sus enemigos, hambreando deliberadamente a la ‎población civil yemenita. Pero esta vez los sauditas acababan de perder sus bases en Yemen, y ‎los hutis les habían propuesto un alto al fuego, que sin embargo desdeñaron para proclamar ‎su propio alto al fuego.

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Si Estados Unidos, Emiratos Árabes Unidos e Irán hubiesen llegado a un entendimiento previo ‎contra Arabia Saudita ahora veríamos una nueva disposición de alianzas y el abandono de la ‎ficticia oposición entre sunnitas y chiitas. En todo caso, Emiratos Árabes Unidos es el gran ‎ganador en la nueva configuración del juego. Los emiratíes actúan actualmente, junto con Bahréin, ‎para reintroducir a Siria en la escena internacional. ‎

Washington recuperó el control utilizando el bastón y la zanahoria: la zanahoria fue la reducción ‎voluntaria de su propia producción de petróleo y el bastón fue la amenaza de apoderarse de ‎Saudi Aramco —la empresa que controla la extracción, tratamiento y comercialización del ‎petróleo saudita—, única fuente de ingresos de la familia real. Para abrir un ‎canal permanente de negociación con los sauditas, el consejero estadounidense de seguridad ‎nacional, Robert O’Brien, envió —aunque sin muchas esperanzas— su asistente, Victoria Coates, ‎a Riad, donde residirá en lo adelante.

Por desgracia para la familia real de Arabia Saudita, que cuenta numerosos príncipes de edad muy avanzada, su posición es frágil: más de 150 príncipes de la familia real ‎están contagiados con coronavirus, como el gobernador de Riad, actualmente en cuidados ‎intensivos y conectado a un respirador artificial. De hecho, el sistema gerontocrático saudita está ‎en crisis. ‎

Al parecer, el 9 de abril se llegó a un compromiso transitorio, con el anuncio por parte de la ‎Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) de un recorte mundial de la producción ‎de 10 millones de barriles diarios en mayo y junio, 8 millones durante el segundo semestre ‎de 2020, para pasar después a 6 millones de barriles diarios durante los 16 meses siguientes ‎‎ [5]. Por muy drástica que pueda ‎parecer, esta decisión no compensa la caída del consumo mundial provocada por la pandemia. ‎

En todo caso, la eficacia de tal decisión depende de que la respeten todos los miembros y socios de la ‎OPEP y otros grandes exportadores que no son miembros de esa organización, como México que ‎aceptó reducir su producción en sólo 100 000 barriles diarios, en vez de los 400 000 previstos ‎en el acuerdo. El presidente Trump propuso agregar a la reducción estadounidense ‎‎250 000 barriles diarios, cifra todavía insuficiente en relación con el recorte acordado. ‎

La reunión de los ministros de Energía de los países del G20 sólo pudo tomar nota de la ‎imposibilidad de concretar el acuerdo negociado. ‎

‎La epidemia de coronavirus

Muchos países han adoptado estrategias de confinamiento de la población para distribuir en el ‎tiempo la fase de propagación de la epidemia, pero con ello ponen sus economías en peligro. ‎El resultado es un acrecentamiento desmesurado de la deuda pública y una recesión de ‎proporciones mundiales. ‎

En Estados Unidos, un grupo de generales —que ya trató de derrocar al presidente Trump con el ‎‎«Rusiagate» y con el «Ucraniagate»— se plantea ahora la imposición de una ley marcial para ‎luchar a nivel federal contra la epidemia, aunque la lucha contra ese tipo de fenómeno es una ‎prerrogativa de cada uno de los estados que componen los Estados Unidos de América [6]. Esos generales se negaron a implicar tropas estadounidenses en una ‎intervención contra Venezuela, con lo cual protagonizan un acto de insumisión sin precedentes ‎en Estados Unidos. ‎

Por otro lado, el pedido de ayuda del comandante del portaviones USS Theodore Roosevelt, ‎quien solicitó autorización para desembarcar a sus hombres ante la imposibilidad de aislar a los ‎miembros de la tripulación que ya habían contraído el coronavirus [7], fue considerado por el poder político ‎estadounidense como un acto de abandono del puesto. Pero el homenaje espontáneo y unánime ‎de la tripulación del portaviones a su comandante depuesto, llevó ‎al presidente Trump a sacrificar a su secretario encargado de la US Navy, repentinamente ‎descrito como un hombre rígido y sin corazón. Cantidades importante de casos ‎confirmados de coronavirus han sido detectados en otros 3 portaviones ‎estadounidenses. ‎

En definitiva, en Estados Unidos prosigue el forcejeo entre los civiles de los diferentes estados y el ‎poder central de Washington, y también los militares. En caso de proclamación de la ‎ley marcial, los oficiales de alto rango podrían declararse neutrales en relación con las luchas ‎políticas y proclamar que sólo les interesa preservar la salud de sus conciudadanos.

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Hacia un cambio de la política energética de Estados Unidos

Después de reunirse con el ministro del Petróleo de Arabia Saudita, 11 senadores republicanos de ‎estados petroleros estadounidenses presentaron 2 proyectos de ley que ordenarían la retirada ‎de las tropas de Estados Unidos presentes en el reino. Con esa iniciativa han abierto la puerta ‎a cambios radicales. ‎

El presidente Trump se plantea ahora modificar la política energética estadounidense en ‎dos aspectos:

Trump impondría elevados gravámenes a las importaciones de petróleo barato para salvar la ‎industria de los hidrocarburos de esquistos, rompiendo así con la política energética implantada ‎bajo el presidente Nixon –quien, siguiendo los consejos de su especialista en elecciones, Kevin ‎Philipps, anteponía los consumidores al empleo.

Trump rompería también con la política del presidente Gerald Ford –adoptada siguiendo los ‎consejos del entonces secretario de Estado Henry Kissinger– quien se pronunciaba oficialmente ‎por el libre mercado mientras que autorizaba la OPEP a actuar como un cártel que perjudicaba ‎únicamente los intereses de Europa. Ahora, el Congreso estadounidense adoptaría un proyecto de ‎ley, el No Oil Producing and Exporting Cartels Act elaborado en 2007, que condena a los ‎Estados miembros de la OPEP por la práctica de políticas destinadas a limitar la libre ‎competencia.

‎ Notas:

[1] ‎«El proyecto militar de Estados Unidos para el ‎mundo» , por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 22 ‎de ‎agosto ‎de 2017.‎

[2] “Marco para la transición democrática de Venezuela”, Red Voltaire , 1º de abril de 2020.

[3] «La OTAN despliega aviones y barcos ‎de guerra “contra el coronavirus”‎» , por Manlio Dinucci, Il Manifesto (Italia), Red Voltaire, 9 ‎de abril de 2020.

[4] «La primera guerra de la “OTAN-MO” ‎perturba el orden regional», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 24 de marzo de 2020.

[5] “Conclusions of the Extraordinary OPEC and non-OPEC Ministerial Meeting”, Voltaire Network, 9 de abril de 2020.

[6] «Golpistas a la sombra del coronavirus», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, ‎‎31 de marzo de 2020.

[7] “Request of assistance in ‎response to pandemic on USS Theodore Roosevelt”, por el capitán Brett ‎E. Crozier, Voltaire Network, 30 de marzo de 2020.



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