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Edición 398

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EL ARTE DE LA GUERRA‎

‎“El Califa”, superproducción de la CIA ‎entre ficción y realidad

Manlio Dinucci

ES UN PRODUCTO elaborado con un objetivo muy bien definido. Al poner fin a una ‎enorme operación especial en la cual se hizo algo inconfesable, hay que ofrecer ‎al público la muerte de un gran culpable. Es la mejor manera de borrar los indicios ‎que el público no debe ver. Después de la eliminación de Osama ben Laden, ahora ‎nos ofrecen la de Abu Bakr al-Baghdadi. ‎

Fue como ver una película”, dijo el presidente Trump al referirse a la eliminación de Abu Bakr ‎al-Baghdadi, el Califa, jefe del Emirato Islámico (Daesh), que según dijo pudo seguir en vivo ‎en el Situation Room de la Casa Blanca, el mismo lugar donde su predecesor, Barak Obama, ‎siguió en 2011 la eliminación del enemigo número uno de aquella época, Osama ben Laden, el jefe ‎de al-Qaeda. ‎

El guion es el mismo: la inteligencia estadounidense había localizado al enemigo, pero –en vez de ‎capturarlo– lo eliminó. Osama ben Laden cayó abatido por los comandos estadounidenses. Al-‎Baghdadi se suicidó… o lo “suicidaron”. En ambos casos, el cuerpo desaparece. El de Osama ‎ben Laden fue sepultado en el mar. Los restos de al-Baghdadi, hecho pedazos por su cinturón ‎explosivo, también fueron lanzados al mar. ‎

La casa productora es la misma: la comunidad de inteligencia de Estados Unidos, que ‎se compone de 17 agencias federales. Además de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, siglas ‎en inglés) está también la Agencia de Inteligencia de la Defensa (DIA, la agencia de inteligencia ‎del Departamento de Defensa), pero cada rama de las fuerzas armadas estadounidense tiene su ‎propio servicio de inteligencia, como también los tienen el Departamento de Estado y el ‎Departamento de Seguridad de la Patria (Homeland Security). ‎

Para las acciones militares, la comunidad de inteligencia estadounidense utiliza el Mando de ‎Operaciones Especiales (USSOCom o SOCom, siglas de United States Special Operations ‎Command), con unidades de fuerzas especiales desplegadas en al menos 75 países, cuya misión ‎oficial incluye, además de la “acción directa para eliminar o capturar enemigos”, la “guerra ‎no convencional realizada por fuerzas exteriores, entrenadas y organizadas por el Mando”. ‎

Eso es exactamente lo que ha venido sucediendo en Siria desde 2011, el mismo año en que ‎la guerra de Estados Unidos y la OTAN destruyó Libia. Así lo demuestran numerosas pruebas ‎documentales ya publicadas. ‎

Por ejemplo:
 En marzo de 2013, el New York Times publica una investigación detallada sobre la red de ‎la CIA mediante la cual llegan a Turquía –gracias al financiamiento de Arabia Saudita y de otras ‎monarquías del Golfo– enormes cargamentos de armas para los islamistas entrenados por el ‎antes mencionado Mando de Operaciones Especiales de Estados Unidos antes de ser introducidos ‎en Siria.‎
 En mayo de 2013, un mes después de la fundación de Daesh, al-Baghdadi se reúne, en ‎suelo sirio, con una delegación del Senado de Estados Unidos encabezada por el senador John ‎McCain, encuentro inmortalizado con numerosas fotos.‎
 En mayo de 2015, Judicial Watch revela un documento del general Michael Flynn, con fecha del ‎‎12 de agosto de 2012, donde se señala que existe “la posibilidad de establecer un principado ‎salafista en el este de Siria y que eso es exactamente lo que quieren los países occidentales, ‎los Estados del Golfo y Turquía, que apoyan a la oposición”.‎
 En julio de 2016, WikiLeaks revela un correo electrónico fechado en 2012 donde la secretaria ‎de Estado Hillary Clinton escribe que, debido a la relación entre Irán y Siria, “el derrocamiento ‎de Assad aportaría un inmenso beneficio a Israel, reduciendo su temor a perder el monopolio ‎nuclear”. ‎

Todo esto explica por qué, aunque Estados Unidos y sus aliados dicen iniciar en 2014 la campaña ‎militar contra Daesh, los yihadistas de ese grupo terrorista logran avanzar en el terreno sin ser ‎atacados cuando se desplazan a campo abierto en largas columnas de vehículos artillados. ‎

La llegada en 2015 de las fuerzas rusas en apoyo a las tropas del gobierno sirio, modifica el ‎rumbo del conflicto. La decisión estratégica de Moscú es impedir la destrucción del Estado sirio para evitar ‎un caos como el que aún vemos hoy en Libia, caos que Estados Unidos y la OTAN ‎aprovecharían para atacar Irán y cercar a Rusia. ‎

Al verse imposibilitado de lograr sus objetivos, Estados Unidos sigue apostando a fragmentar ‎Siria, respaldando a los grupos armados kurdos que pretenden crear un nuevo Estado en ‎suelo sirio, grupos kurdos que finalmente Washington decide abandonar para no perder a ‎Turquía, el puesto avanzado de la OTAN en la región. ‎

Después de ver todo este contexto es más fácil entender por qué al-Baghdadi –como antes ‎sucedió con Osama ben Laden, quien había comenzado su “carrera” como aliado de ‎Estados Unidos contra Rusia en Afganistán y más tarde en Bosnia-Herzegovina– no podía ser ‎capturado y juzgado públicamente. Había que liquidarlo físicamente para hacer desaparecer las ‎pruebas de su verdadero papel en la estrategia de Estados Unidos. ‎

Por eso a Trump le gustó tanto esta “película”, porque termina con un happy end. ‎

 



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