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Edición 388

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CUARTA TRANSFORMACIÓN

En Política no hay hombres providenciales

Abraham García Ibarra

PORsupuesto, hablamos de política real, en tiempo y forma. De lo que sigue que -a pesar de la paridad de género-, tampoco hay mujeres providenciales. Véase hacia Londres el rostro de la primera ministra Theresa May.

En el siglo XX, el papa Pío XIvio en Benito Mussolini el hombre enviado por la Providencia. El pontífice detectó en el dictador fascista esa calidad, en mérito a que el primer ministro italiano estampó su firma en febrero de 1929 en los Tratados de Letrán.

Por ese histórico acuerdo se otorgaron mutuo reconocimiento el Reino de Italia y la Santa Sede que —cuando en México aún se negociaba el arreglo entre el gobierno revolucionario y la Conferencia Episcopal para terminar con la Guerra Cristera—, estrenó su título de Estado.

A propósito de los hombres que se sienten Dios

Una acotación para entender el concepto Divina Providencia. El código teológico en su expresión católica, establece la soberanía y la supervisión de Dios sobre todos los actos de los hombres. Los vicarios de este ser son, primero que ninguno, los papas. Los predestinados se sienten capaces de invertir ese orden de cosas.

La cuestión es que, por lo menos hasta el Concilio Vaticano II de los años sesenta del siglo pasado, uno de los dones atribuidos a los sucesores de Pedro, es el de la infalibilidad.

La leyenda habla de Simón, aquel irreverente que quiso comprar los dones divinos. Luis Buñuel escribió el libreto de una película: Simón del desierto, personaje solitario que pretende purgar sus pecados trepado en una columna de ocho metros de alto. El “infalible” Mussolini terminó sus días colgado de los pies para regocijo de la plebe.

Salinas de Gortari: cambiamos la mentalidad de los mexicanos

En México, la primera generación de tecnócratas neoliberales combinó el ejercicio de la arroganciacon la pretensión de infalibilidad.

El primer presidente tecnócrata neoliberal, Carlos Salinas de Gortari, casi el término de su mandato, entrevistado sobre qué logro le producía mayor satisfacción, respondió sin vacilar: Haber cambiado la mentalidad de los mexicanos (sic).

Aquí nomás mis chicharrones truenan

Obviamente, el “infalible” actúa bajo la premisa a la mexicana: Aquí nomás mis chicharrones truenan.

Nuestra era está marcada por la gestión de algunos inatacablesque pululan por las calles de Dios.

El modelo más acabado, es Donald Trump:El planeta Tierra se le hace chico para su tan grande tamaño: Ya ordenó a su Agencia Espacial estadunidense explorar Marte, para convertirlo en enclave de la hegemonía comercial cósmica, dirigida desde Washington y Wall Street.

Trump no se fija en prosaicas pequeñeces: Le tiene sin cuidado la Constitución de la República que el 4 de julio celebra la Declaración de Independencia que, hacia el exterior, se expresa en el avasallamiento de las soberanías de los Estados nacionales.

Ese sedicente hombre providencialestá en campaña para un segundo mandato en la Casa Blanca. Su lema no deja dudas: Hagamos de nuevo grande a Estados Unidos.

Contrario sensu, existe en ese slogan electorero una confesión de parte: Los Estados Unidos, según prominentes ciudadanos que han manejado la política exterior, advertían desde la década final de la primera Guerra Fría que su potencia había perdido, en grado y medida, el liderazgo mundial.

Donald Trump no es producto de generación espontánea

¿Qué se puede decir de la monstruosa conducta del Calígula anaranjado?

Que Trump no es un acedo producto de generación espontánea. Representa una tendencia histórica que marca ideológicamente el desarrollo de la Republica estadunidense y la degradación del aún estimado pueblo norteamericano.

Para que la cuña apriete, ha de ser del mismo palo. Hacemos cita de una obra de dos sociólogos estadunidenses condensada en un revelador título: La política de la sinrazón/ Los extremismos de derecha en los Estados Unidos 1790-1977. Seymour Martin Lipset y Earl Raab.

Lipset ya había acreditado ese fenómeno en El hombre político, obra en que lista diversos movimientos sociales y políticos internos, clasificados como fascistas. En otras entregas editoriales en nuestra casa nos hemos referido a ese profundo y devastador estudio.

Una de las citas que hemos repetido, es aquella que subraya la idea de que, cuanto menos refinado y más inseguro en el aspecto económico sea un grupo, más probable será que sus miembros acepten la ideología o el programa político más simplista que se le ofrezca. Esa idea es una constante que se subraya en el análisis de La derecha radical.

Un lubricante indispensable: La teoría de la conspiración

En ese seguimiento se observan los continuos esfuerzos de los viejos grupos in, especialmente los de ascendencia protestante blanca. “Casi en cada generación, los grupos de viejos norteamericanos, que se consideraban a sí mismos desplazados, relativamente degradados en su categoría o en su poder por procesos debidos al cambio social, han tratado de revertir esos procesos mediante las actividades de movimientos moralistas o grupos de acción política”.

El punto sobre el que gira los diversos estudios consultados por los autores mencionados, es la teoría de la conspiracióndesde en el siglo XVIII se dio con los Iluminados, espantajo que fue recuperado por la Sociedad Birch, cuestión de no poca monta porque esa secta, hacia el siglo XX, encontró su encarnación satánica en el comunismo, pero las figuras alternas se encontrarían en Wall Street.

El simplismo y el moralismo históricos, el individualismo y la libertad personal de esas regresivas tendencias se sustentan en un motor: El poder mágico de la palabra, que prima sobre lo que todavía hace medio siglo se conocía como una sociedad de borregos, caracterización debida a propios sociólogos estadunidenses.

Ese es el universo sobre el que ha medrado desde 2016 Donald Trump. Hubo evidencias en su campaña y al arrancar su gobierno que militantes del Klu Klus Klan —la secta quema pueblos— se retrataron al lado de su Mesías anaranjado. Para 2020 espera contar con el mismo presupuesto electoral.

Nuestros compatriotas tranterrados: Entre la sartén y el fuego

Sólo una cita más de La política de la sin razón: Existe un punto en que convergen, en el marco del fascismo, los populismos de derecha y de izquierda. Contra esa pinza, un pueblo poco ilustrado como el de los Estados Unidos, no tiene defensa.

Por lo que respecta a México, y en tratándose de la crisis migratoria, vale retomar una conclusión esgrimida por Trump: Los inmigrantes mexicanos nos roban los empleos.

¡Ah! Lo dice un republicano. No nos hagamos ilusiones. El Partido Demócrata se dice, y electoralmente se comprueba, defensor de la clase trabajadora. La gran central sindical de los Estados Unidos no niega su matrimonio con los demócratas. Y en materia de nativismo laboral, marcha sin embargo por los mismos carriles trumpianos.

De lo que se colige que nuestros compatriotas transterrados en los Estados Unidos están entre la sartén y el fuego. Una especie de Destino manifiesto al revés. Para decirlo cinematográficamente: Atrapados sin salida. Es cuanto.



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