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ESTAMOS EN NINGÚN LADO:

Sobre la ausencia de los padres en la vida de los hijos y posibles consecuencias de lo mismo"

Celeste Salloum Sáenz De Miera

HACE YA CIERTO TIEMPO –sin poder especificar cuánto– recuerdo haber hecho una breve investigación para la escuela sobre el índice de suicidio en adolescentes; en el mismo, encontré resultados terriblemente tristes, pero el que más me marcó en ese entonces fue el de una niña (de 15 ó 16 años) que culpaba a sus padres en una carta por el abandono que sintió y la indujo a tomar una decisión tan precipitada.

HACE MESES comprendí la importancia de la cercanía con los padres y de sentir a una figura con autoridad que te guía, te aconseja y acompaña hacia donde nos lleva la vida; con esto, aprendí a agradecer el tener un sentimiento de certeza y confianza en el ambiente de desarrollo.

Hay una relación evidente entre la falta de atención de los padres, el uso inadecuado de las redes sociales e índices de suicidio, ¿por qué? Las redes sociales ofrecen una apertura muy amplia a material nocivo en la etapa de crecimiento, donde hay una carencia de distinción de la veracidad de los elementos, lo cual afecta al desarrollo de los jóvenes. Los padres proporcionan la certidumbre de un material positivo hacia el desarrollo íntegro, no que afecte al propio. El problema es que –en algunos casos– los padres no poseen la información necesaria para poder educar a sus hijos en estos sentidos, ya que las redes sociales son armas de doble filo; nos han traído muchos beneficios en cuanto a la comunicación, pero nos encarcelan en un mundo ajeno al nuestro.

El problema de las redes sociales

 Centrándonos en los adolescentes, que estadísticamente engloban la población que está más expuesta y vulnerable a sentirse influenciados por las redes sociales, se puede decir que estamos –porque me incluyo– demasiado exteriorizados al mal manejo de las mismas, a una necesidad impresionante de vivir el “ahora” pero no el “aquí”, un gran deseo de sentir aceptación o interés por parte de otros. Se juzga el abuso que se tiene de los dispositivos electrónicos, pero no consideran que en muchos casos no hay cultura de consumo impuesta para ello; los padres son el ejemplo y la figura que nos lleva de la mano en este proceso de descubrimiento, y –que como el nombre explica– se caracteriza por adolecer a base de cambios. La falta de los padres generalmente conlleva a carencias, comenzando por la del cariño o atención.

         Las generaciones evolucionan, pero si de algo estoy completamente segura es de que los que cursamos la adolescencia actualmente retrocedimos en el aspecto que involucra el contacto humano. Si bien la tecnología nos ha traído grandes ventajas científicas y culturales, nos consume cada vez más la imposibilidad de vivir prescindiendo de ella; las redes sociales, entonces, vienen representando el espacio en el cual se expresan libremente los vacíos que se pueden tener en la vida cotidiana, siendo los problemas familiares –en grandes ocasiones– un factor fundamental.

 En varias ocasiones, los padres no son conscientes del daño que generan en la vida de sus propios hijos; a base de querer proveer, se genera una falta emocional en estos casos. Al tener un hueco en el hogar, es natural que los jóvenes busquen atención en un lugar fuera del nido, pero las formas de llegar al fin nos pueden sacar de nosotros mismos, sometiéndonos al estrés que involucra el aislamiento, intoxicándonos con una terquedad de sentirnos alguien, de encontrarnos, de tener un sentido de pertenencia sin saber que ese no es el modo. ¿Cuánto le tememos a la soledad?, ¿de dónde llega la dependencia a la aprobación? En lugar de buscar ayuda directamente, nos volvemos esclavos de exponer nuestra vida diaria y de la opinión a la que somos vulnerables tras esto, y los padres, al no tener conocimiento de la vida que pretenden aparentar sus hijos, son excluidos por faltas generalmente (de atención, tiempo, confianza…) o probablemente por la sensación de incomprensión que nos rodea en esta edad.

El ser vulnerable

Los verdaderos problemas comienzan cuando la necesidad de tener el consentimiento de los otros desborda y sienten no tener protección. Empiezan las relaciones con desconocidos, la falta de identificación con el que tenemos frente a nosotros y las barreras que construimos para escapar… ¿De lo inevitable? El acoso, el cyberbullying, las amenazas o difamaciones son algunas de las tantas razones por las que se pierde el control sobre su uso; sin guía y nadando en anomia, se extravían las esperanzas y deseos de persistir, nos encontramos atrapados, sin experiencia, sin salida, cuando la escapatoria puede ser tan obvia o tan fácil… Pero a veces no comprendemos cómo no complicarnos la existencia. Aquí es donde pueden llegar a cometer el suicidio por razones que hacen ver a los jóvenes con inmadurez e incapacidad de resolver conflictos, lo cual es cierto tristemente, ya que estamos todos exteriorizados, incluyendo a los adultos, que igualmente adoptan este estilo de vida. La ventaja que podemos notar en las generaciones anteriores, es que logran distinguir entre lo que es tener un diálogo frente a frente y lo que es más superficial, como lo es la base de la comunicación actual.

 No debemos confundir el uso moderado de las redes sociales y que cumplan con el verdadero fin de estas: socializar (qué irónico) y comunicar, pero aquí debe comenzar el cambio, ya que se requiere vigilancia en cuanto a qué se está publicando, si es de calidad o tiene algún fin común positivo. ¿Tenemos alguna ética de consumo cibernético?, ¿le estamos dando el uso correcto a las redes?, ¿qué tanto nos afecta la desnudez de la privacidad?, ¿los lazos familiares son estrechos?, ¿sentimos empatía con alguien a quien podamos acudir en momentos de desesperación? Recordemos que, a falta de identificación del malestar, ya sea por costumbre, inconciencia o falta de deseo para obtener apoyo, se debe tener cercanía y preocupación por la vida de otros.

Respeto y compañía propios

Sin pretender abusar de las vivencias personales, añado que lo anteriormente expuesto es basado a partir de la experiencia y de lo que es vivir y desarrollarse en un mundo quebrado, donde se ha perdido hasta la vergüenza. Al final, se debe percibir que siempre va a haber alguien buscando un bien para nosotros, pero el respeto y compañía debe ser propia también, y en caso de que desafortunadamente no se tenga la oportunidad de contar con la familia, no olvidar que la verdadera compañía nace a base de la convivencia, del conocimiento del otro y la lealtad, y que cuando encontramos con quién compartir nuestros sentimientos, la vida empieza a tener sentido.

 Nunca es tarde. Aprendamos a querernos, respetarnos y valorarnos, a vivir ampliamente, a gozar de lo cotidiano, a valorar el tener la compañía física de otro, a mantener verdadero contacto. Aprendamos a liberarnos de una necesidad constante de aprobación. Aprendamos –simplemente– a disfrutar de nuestra propia compañía para obtener la base de la vida: equilibrio.



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