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Ediciòn 294

La decadencia del imperio
CARLOS RAMÍREZ HERNÁNDEZ



WASHINGTON, D.C.- Hace cuatro años, cuando Barack Obama llegaba a las elecciones con la aureola del cambio y la esperanza, el principal punto crítico radicaba en la percepción de sus espacios de movilidad en función de un solo tema: la refundación del imperio.

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Cuatro años después, los Estados Unidos no pueden ocultar la decadencia: En economía, seguridad internacional, hegemonía militar, equilibrio mundial y liderazgo moral, Washington enfrenta una de sus peores crisis de hegemonía.

Hace cuatro años, en estas mismas páginas, establecía el principal desafío de los EU: el efecto mariposa del desmoronamiento de la Unión Soviética como imperio bipolar. ¿Podría la Casa Blanca administrar el peso de la responsabilidad? En el 2008 el escenario era adverso por la severa crisis, la primera de la era de la globalización.

En cuatro años Obama no pudo construir una nueva viabilidad de los Estados Unidos, en tanto que el repliegue geopolítico de Washington permitió la consolidación del poderío chino no sólo en el mundo poscomunista sino en el centro del capitalismo por su política de exportaciones, también abandonó el papel estabilizar de los EU en el Medio Oriente por el afán de salirse de Irak y Afganistán, no supo meter controles nucleares en Corea del Norte e Irán y se desentendió de la crisis económica europea acreditada a la irresponsabilidad del desmantelamiento de los controles financieros.

Internamente, los Estados Unidos se hundieron en una de las peores crisis de su historia, peor inclusive que la de la gran depresión de finales de los veinte y principios de los treinta. Las medidas anticrisis de Obama fueron ineficientes, la economía estadunidense no ha recuperado su ritmo de crecimiento y el desempleo se ha transformado en una verdadera crisis social.

Pero más que el ahora, Washington carece de un horizonte de largo plazo. Reconstruir el consenso social lastimado por la crisis económica podría requería de una generación, algo así como un tercio de siglo, y quizá más si la crisis está exigiendo una reconfiguración de la política industrial.

En el 2009, con la crisis apenas en sus primeras severas manifestaciones, el prestigiado economista egipcio Samir Amin hacía la pregunta esencial: ¿Es la crisis del capitalismo o es el capitalismo en crisis? Los economistas populistas eludieron el debate con la insistencia en sacar a Keynes del museo de las emergencias y aumentar el gasto público para estimular la demanda y ésta movilizara la oferta.

Keynes había propuesto, en la gran depresión, pagar salarios para tapar un hoyo y otros para destapar otros hoyos. Obama decidió disparar el gasto público a cifras inmanejables, sin que haya habido efectos multiplicadores.

El problema de los EU no radica en escoger a demócratas o republicanos sino en rediseñar su política de desarrollo. La gran depresión se resolvió con la economía de guerra. Hoy, sin embargo, las guerras no dinamizan las economías. Y ahí es donde el imperio estadunidense se tambalea, entra en una franca decadencia similar a la del imperio romano. El fondo se localiza en el argumento de que un imperio se compo rta como imperio o fenece.

El futuro de los Estados Unidos debe verse mucho más allá de las elecciones presidenciales de este año. En los setenta, Kissinger acuñó el concepto de “país inviable” al referirse a los que carecían de futuro, como entonces los centroamericanos. Ahora habrá que comenzar a explorar el concepto de “imperio inviable” para referirse a los EU.

Obama, el precio del poder

WASHINGTON, D.C.- Las elecciones presidenciales del martes pasado mostraron el alto costo del poder. A pesar de los chispazos de sentimentalismo de las últimas horas electorales y del discurso de la victoria, el resultado final se redujo a de estrategias de poder. El presidente Barack Obama ya no fue la estrella del proceso y su victoria quedó acotada por la baja votación respecto al 2008 y la consolidación de los republicanos en el poder legislativo.

En la parte final de la campaña Obama se percató que su aureola de 2008 estaba apagada. Las cifras finales del 2012 revelaron una pérdida de votos políticos y un aumento de los votos de compromiso; sólo que lo reducido de la ventaja y la composición del Congreso dejaron a Obama en una condición de estrechez de movimiento.

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De ahí que los primeros análisis perciban a un Obama en condición de pato cojo, una forma de caracterizar el último año de los presidentes en su segundo mandato, cuando su poder se pierde porque ya no hay una tercera relección. Es la época en que los presidentes quedan de rehenes del congreso y se dedican sólo a administrar su salida.

Obama podría tener un segundo periodo, todos los cuatro años, en condiciones de pato cojo: Sus compromisos con los votantes sociales necesitan de financiamiento presupuestal que tendrá que pasar por el Congreso estadunidense en poder de los republicanos; las crisis necesita de decisión es de austeridad que dañará a los grupos sociales más pobres; y la ventaja electoral sobre los republicanos se redujo de 7.2 puntos porcentuales en el 2008 a apenas 1.9 puntos en el 2012 y en votos electorales Obama registró una perdida de 20 por ciento.

Obama ejerció su primera presidencia con exceso de confianza, sin negociar espacios, imponiéndose sobre el Congreso. A ello se agregó una muy mala política anticrisis porque aumentó el déficit presupuestal a 10 por ciento, el desempleo llegó a ser de 10 por ciento y la deuda pública pasó de 10 trillones a 16.4 trillones de dólares. A pesar de la victoria, este tiradero económico obligará a Obama a un arranque de segundo periodo de gobierno alejado de la expectativa de los sectores sociales populares --étnicos y marginados- - que le dieron los votos de la victoria a la espera de mayor empleo.

Como en la campaña del 2008, en la del 2012 Obama hizo pactos con el diablo para ganar las elecciones. Y si en su primer periodo el efecto negativo se convirtió en una severa crisis de expectativas, ahora las cosas serán peores porque ya no podrá echarle la culpa a George W. Bush y porque hizo compromisos muy caros con los sectores pobres pero en una fase de austeridad gubernamental ob ligada por la borrachera de gasto de su primera administración.

El primer mandato de Obama estaba determinado por la reorganización general del capitalismo en crisis; sin embargo, la gestión de la Casa Blanca se dedicó a tratar de empujar su agenda social pero en una fase de de terioro presupuestal. Más que decisiones de poder, Obama estaba obligado a diseñar una verdadera transición del sistema político de dominación imperial interna y externa a un sistema de equilibrios más democráticos.

El segundo mandato estará acotado por la crisis económica aún sin solución, el sobrecalentamiento presupuestal por el exceso de gasto y el a umento del dominio republicano en el Congreso, tres efectos de la falta de gobernabilidad de Obama en su primer periodo.

De ahí que la reelección pudo haberle salido muy cara a Obama y a los demócratas.



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