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Ediciòn 293

L√ćBANO

‚ÄúHan asesinado la paz‚ÄĚ
MONICA G. PRIETO*

 

TENSA CALMA EN EL L√ćBANO tras los incidentes armados que siguieron al asesinato del jefe de los esp√≠as y que han dejado 12 muertos. El general Wissam al Hasan, que volvi√≥ al L√≠bano la noche antes de su muerte, ni siquiera hab√≠a informado a su jefe de su regreso.

Wissam al Hasan.
Wissam al Hasan.

LOS SUN√ćES DEL L√ćBANO, hu√©rfanos de liderazgo pol√≠tico, afirman estar dispuestos a "defenderse" desafiando las √≥rdenes de los partidos que llaman a la calma.

Un majestuoso le√≥n disecado, erguido sobre un mont√≠culo artificial de piedra y matorral, muestra sus fauces en la misma entrada del palacete donde reside la familia de Wissan al Hassan en la peque√Īa localidad de Bturatish, a pocos kil√≥metros de la norte√Īa Tr√≠poli. Cada persona que acude a presentar sus condolencias no puede evitar toparse con el le√≥n (assad, en √°rabe) antes incluso de comenzar a reconocer a los familiares del general asesinado, que aguardan pacientes la solidaridad de sus vecinos.

Su padre, ya anciano, se levanta como un resorte para estrechar la mano y dejarse consolar antes de volver a desplomarse en un lujoso sillón con expresión ausente. La larga cola de uniformes relucientes, algunos salpicados por medallas, avecina una larga tarde en la ciudad natal del jefe de los espías libaneses, muerto en el atentado que el pasado viernes hacía estallar por los aires la relativa estabilidad del Líbano.

‚ÄúEstamos muy tristes, pero tambi√©n muy enfadados. Queremos venganza, queremos vengarnos legalmente mediante el Tribunal Internacional para el L√≠bano. No han matado a un hombre normal, han matado al L√≠bano y han asesinado la paz‚ÄĚ, lamenta Sami al Hassan, abogado de 40 a√Īos y primo del fallecido, elevando la voz para imponerse al salat al yanasa, rezo f√ļnebre, que resuena desde la mezquita de Bturatish. En el trecho que transcurre entre el templo y la casa, una pancarta reza en negro: ‚ÄúLa medalla en el pecho del pa√≠s‚ÄĚ. Wissam, en √°rabe, significa medalla.

Sami recuerda las veces que el alto cargo fue amenazado y c√≥mo, tras la muerte de Rafic Hariri -asesinado en 2005 en un convoy en el que el propio Hasan deber√≠a haber viajado- envi√≥ a su familia a Par√≠s. Regresaban a su palacete del norte cada periodo vacacional, pero este verano la diversi√≥n dur√≥ poco. ‚ÄúEl general Jamil Sayyed le dijo ‚Äėsabemos d√≥nde vives, t√ļ y tu familia‚Äô y Wissam decidi√≥ enviarles de vuelta a Par√≠s esa misma noche‚ÄĚ. Sayyed, uno de los cuatro generales pro-sirios inicialmente acusados del magnicidio de Hariri, es tambi√©n uno de los implicados en un reciente env√≠o de explosivos desde Damasco hasta Beirut con el supuesto objetivo de retomar los atentados pol√≠ticos por √≥rdenes de Damasco: una operaci√≥n abortada por el propio general Hassan semanas antes de su muerte.

En Par√≠s les sorprendi√≥ la noticia del sofisticado atentado que cost√≥ la vida a quien era el hombre m√°s precavido del L√≠bano. ‚ÄúYa saben c√≥mo son estas cosas: llevan a√Īos de preparaci√≥n. S√≥lo esperaban el momento adecuado‚ÄĚ, suspira la cu√Īada del nuevo m√°rtir, Amal al Hassan. ‚ÄúTen√≠a mucha informaci√≥n valiosa y por eso fue asesinado. ¬ŅPor qui√©n? Suponemos que por Siria y por la gente que trabaja con ellos, por sus socios en el L√≠bano‚ÄĚ.

Como parte de la sociedad libanesa, la familia Hassan se√Īala a Hizbul√°, representante o socio pol√≠tico de la otra mitad del pa√≠s.

La tensi√≥n sectaria acumulada tras a√Īos de tensi√≥n regional amenaza con explotar tras la muerte de Wissam al Hasan. La familia descarta que la filtraci√≥n que permiti√≥ su muerte proviniese de su c√≠rculo de confianza. Sea como fuese, se cree que alguien traicion√≥, informando de su regreso, al jefe de los esp√≠as libaneses.

Seg√ļn la prensa local, Wissam Hassan estaba en Europa (primero Berl√≠n, luego Par√≠s) y su regreso no estaba previsto hasta el final del Eid al Adha, la fiesta del sacrificio, que comenzar√° este viernes. No inform√≥ de su regreso anticipado, sino que volvi√≥ de inc√≥gnito (con una identidad falsa) la noche del jueves. Ni siquiera su jefe, el responsable de las ISF (Polic√≠a libanesa) Ashraf Rifi, sab√≠a de su viaje.

Eso explicar√≠a la confusi√≥n inicial sobre el objetivo del atentado del viernes. Nada m√°s estallar el coche bomba (50 kilos de explosivos), sobre las tres de la tarde hora local, Rifi llam√≥ a Hassan a su m√≥vil para coordinar la investigaci√≥n: lo encontr√≥ apagado pero no le pareci√≥ extra√Īo, dado que le hac√≠a fuera del pa√≠s. Una hora despu√©s, una llamada del ex primer ministro y jefe de la oposici√≥n, Saad Hariri, le pon√≠a sobre la pista: el hijo del m√°rtir le cont√≥ que Wissam al Hassan le hab√≠a telefoneado esa ma√Īana desde Beirut.

Rifi temi√≥ lo peor: envi√≥ a un grupo de hombres de confianza de Hassan al lugar del desastre para buscar cualquier pista. Poco antes de las cinco, el equipo volv√≠a con un objeto da√Īado pero reconocible: era el reloj de pulsera del general. La familia tard√≥ varias horas en ver confirmada la noticia.

Libano

‚ÄúNo nos dejaron reconocerle. No qued√≥ nada del cuerpo‚ÄĚ, se emociona Sami Hassan. Seg√ļn fuentes de la Seguridad libanesa, el general podr√≠a haber sido seguido en Berl√≠n y en Par√≠s, antes que en el L√≠bano. Su muerte habr√≠a sido obra de un grupo reducido, de cuatro o cinco personas, una de las cuales habr√≠a estado en las proximidades del lugar del atentado para activar la bomba al paso del veh√≠culo del jefe de esp√≠as: un coche alquilado, sin blindaje, conducido por su guardaespaldas. Cuentan que, en el momento de la explosi√≥n, se dirig√≠a a entrevistarse con un diputado del 14 de Marzo, Amar Houri, que hab√≠a recibido amenazas de muerte mediante un SMS. Otros tres parlamentarios recibieron el mismo mensaje, entre ellos Ahmed Fatfat, quien afirm√≥ que, tras la explosi√≥n del viernes, le lleg√≥ otro SMS al m√≥vil. ‚ÄúFelicidades, la cuenta atr√°s ha comenzado. Uno de 10‚Äú. Seg√ļn Fatfat, feroz opositor de Damasco, el n√ļmero desde el que fue enviada la amenaza ten√≠a prefijo sirio.

Wissam al Hassan sólo contaba con sus dotes para el camuflaje para salvaguardar su vida. Los atentados pasados (26 en el Líbano desde 2004) demuestran que el blindaje no tiene por qué proteger del coche bomba: es una cuestión de la cantidad de explosivos empleados. Quizás por eso optaba por utilitarios discretos en lugar de convoys blindados, para pesar de sus familiares.

‚ÄúSe hab√≠a confiado‚ÄĚ, se martiriza su primo en la casa familiar mientras recibe el p√©same de vecinos y compa√Īeros del general. ‚ÄúAhora somos d√©biles, nuestro hombre fuerte ha ca√≠do‚ÄĚ. Con el plural, Sami probablemente se refiera al conjunto de la poblaci√≥n pero, sobre el terreno, una comunidad ‚Äďla misma a la que pertenecen los Hassan- se siente v√≠ctima del atentado.

Los sun√≠es del L√≠bano, una fuerza social y militar hu√©rfana de l√≠deres desde el magnicidio de Rafic Hariri, consideran la muerte del general un ataque directo contra su secta religiosa. El hecho de que el 14 de Marzo, bloque pol√≠tico creado por los seguidores de Hariri, decidiese enterrarlo junto al fallecido primer ministro en el mausoleo de la Plaza de los M√°rtires elev√≥ la estatura del hasta entonces poco conocido Wissam al Hasan a m√°rtir. El funeral de Beirut fue una burda maniobra para recuperar el cr√©dito perdido en estos a√Īos de pasividad pol√≠tica e incompetencia, pero el resultado fue la constataci√≥n de que los pol√≠ticos han perdido el liderazgo de la comunidad: al t√©rmino del mismo, centenares de manifestantes intentaron asaltar la vecina sede del Gobierno ‚Äďonde en esos momentos estaba Najib Miqati, primer ministro del Ejecutivo del 8 de Marzo, asociado a Damasco y compuesto, entre otros, por Hizbul√°- haciendo caso omiso de las peticiones de sus l√≠deres que les rogaban mantener el car√°cter pac√≠fico de las protestas. El mismo d√≠a del ataque, las milicias tomaron el control de los barrios sun√≠es imponiendo su ley en escenas que recordaban los cap√≠tulos m√°s escalofriantes de la guerra civil.

‚ÄúObedecemos √≥rdenes, pero no del 14 de Marzo‚ÄĚ, explica con actitud arrogante un miliciano -camiseta negra Calvin Klein, vaqueros, chaleco caqui con munici√≥n en los bolsillos y fusil de asalto cruzado al pecho- mientras apura un cigarrillo frente a un supermercado del distrito de Qasqas, en el barrio sun√≠ de Tareq al Jdideh, escenario recurrente de enfrentamientos sectarios. Acompa√Īado de un correligionario y, como √©ste √ļltimo, enmascarado, el joven de 26 a√Īos -se identifica como Abu Omar- hace guardia en uno de los accesos de la barriada. ‚ÄúEstamos aqu√≠ para defender el barrio‚ÄĚ, dice moviendo la cabeza hacia la autopista que les separa de Chiyah, el sector chi√≠ de Beirut. ‚ÄúPero no hemos salido por Saad Hariri, sino por nuestro pa√≠s, por nuestra religi√≥n y por nuestro pueblo. Esta vez no obedecemos √≥rdenes pol√≠ticas sino que nos organizamos por barrios‚ÄĚ. Le pregunto si ha aparecido alg√ļn l√≠der que aglutine a los sun√≠es del L√≠bano. ‚ÄúNecesitamos a alguien como Rafic Hariri, y s√≥lo hace dos meses apareci√≥ una persona: el sheikh Ahmad Assir. Espero que sea √©l quien le suceda‚ÄĚ, afirma en referencia al cl√©rigo salafista de Sid√≥n, de discurso extremista e incendiario, radical enemigo de Hizbul√° que ha admitido p√ļblicamente comulgar con los objetivos ‚Äďaunque no con las t√°cticas- de Al Qaeda.

 

Libano

En las carreteras del Beirut sun√≠, los manifestantes queman neum√°ticos y contenedores ante la mirada del Ej√©rcito, fuertemente desplegado en toda la capital libanesa. Es la trampa que se tendi√≥ al pa√≠s en 2008, cuando los enfrentamientos armados entre el 8 y el 14 de Marzo amenazaron con derivar en una guerra civil frenada in extremis por la intervenci√≥n de Qatar. El Ej√©rcito se mantuvo neutral ante el temor de ser arrastrado al conflicto. En esta ocasi√≥n amenaza con ‚Äúactuar con mano de hierro‚ÄĚ para preservar la paz civil. Y eso implica impedir que los milicianos de distritos como Tareq al Jdideh, Corniche al Mazra, Cola o Babir se hagan fuertes en el interior de los barrios, cortando con humeantes barricadas improvisadas los accesos e instalando posiciones paramilitares como desde la que, el lunes pasado, se abri√≥ fuego contra el Ej√©rcito.

‚Äú¬°Han matado a uno, han matado a uno!‚ÄĚ, gritaba un hombre fuera de s√≠ mientras el resto de milicianos se replegaban tras el tiroteo. Unas decenas de metros m√°s all√°, el cuerpo del joven ‚Äďm√°s tarde identificado como el palestino Ahmad Qweider- era transportado por otros dos varones vestidos de negro al hospital Makassed, en el barrio de Qasqas. Los m√©dicos confesaban a Periodismo Humano que su estado era cr√≠tico y sus posibilidades de sobrevivir, escasas. El d√≠a antes, hab√≠an recibido otros seis heridos por disparos.

La ira llev√≥ a escenas de fuerte tensi√≥n en el centro m√©dico, donde no tardaron en aparecer sus familiares. Tanto Ahmed como su hermano recibieron disparos en el cuello, seg√ļn los m√©dicos. El Ej√©rcito ‚Äďautor de los mismos- asegur√≥ que dispararon en respuesta a un tiroteo iniciado por los dos Qweider desde la esquina de Qasqas donde decenas de hombres armados se concentraban minutos antes. Una alfombra de casquillos delataba el fuego desatado desde la misma contra la patrulla militar. Sobre sus cabezas ondeaba una banderola que sonaba a declaraci√≥n de principios: la mitad era ten√≠a los colores de la bandera revolucionaria siria, la otra mitad era negra y llevaba inscrita la shahada o declaraci√≥n de fe isl√°mica.

‚ÄúNo tenemos opci√≥n, nos han envenenado y nos han metido en esta guerra‚ÄĚ, explicaba minutos antes del tiroteo un sudoroso y vociferante Abu Baqer, responsable de Mustaqbal ‚Äďel partido de Hariri- en Tareq al Jdideh, mientras sus hombres manten√≠an la posici√≥n: su objetivo eran las dos tanquetas del Ej√©rcito que amenazaban con levantar las barricadas que fortificaban el barrio, a menos de 30 metros.

‚ÄúNos dijeron que pod√≠amos quemar ruedas y mantener el control hasta las 12 del mediod√≠a, pero han intentado entrar antes. Han roto su compromiso. No queremos estar en contra del Ej√©rcito, es el Ej√©rcito el que viene contra nosotros y debemos protegernos‚ÄĚ. Abu Baqer afirmaba no cumplir las √≥rdenes de su facci√≥n pol√≠tica, que llamaba a la calma. ‚ÄúMustaqbal no tiene fuerza alguna. Saad [Hariri] se rindi√≥ con su discurso [pidiendo protestas pac√≠ficas] mientras la sangre del m√°rtir Wissam estaba a√ļn caliente. Huyen por el camino del medio. Y no vamos a permitirlo‚ÄĚ.

Los sun√≠es libaneses, emponzo√Īados por el sectarismo regional (primero Irak, luego Siria), no s√≥lo buscan l√≠deres: tambi√©n un enemigo al que enfrentarse y, mientras los chi√≠es no les den motivos, se entretienen encar√°ndose al Ej√©rcito. En la zona m√°s conflictiva del todo el pa√≠s, los barrios de Bab al Tabbaneh (sun√≠) y Jabal Mohsen (alau√≠, la secta del dictador sirio Bashar Assad) del feudo sun√≠ de Tr√≠poli, el atentado contra el general reactiv√≥ de forma autom√°tica unos combates que ya adquieren tintes hist√≥ricos. Al menos once personas murieron en los enfrentamientos, con fusiles de asalto y lanzagranadas, pero el despliegue de las Fuerzas de Seguridad y una tregua permit√≠an mantener el martes cierta calma.

La calle Siria, que divide ambos barrios, estaba completamente desierta salvo por los carros de combate desplegados; las grandes cortinas de pl√°stico se hab√≠an vuelto a desplegar en las calles transversales para complicar la labor de los francotiradores de los dos bandos. ‚ÄúYa nunca las quitamos‚ÄĚ, dec√≠a un joven en una destartalada cafeter√≠a del sector sun√≠. ‚ÄúHoy est√° m√°s tranquilo porque los muchachos est√°n descansando‚ÄĚ, explicaba el due√Īo, ‚Äúpero esto no es el final‚ÄĚ. ‚ÄúAntes de mayo de 2008, todos respet√°bamos a la Resistencia, pero desde entonces todo cambi√≥‚ÄĚ, dice en referencia a los combates entre el 14 y el 8 de Marzo que se saldaron con casi 70 muertos. ‚ÄúAhora, este Gobierno est√° con Siria. Aqu√≠ todos estamos con los sun√≠es sirios, todos tenemos alg√ļn familiar en Siria, todo el mundo tiene a alguien de luto en su casa‚ÄĚ.

Desde la revoluci√≥n iniciada por los sirios, los sun√≠es libaneses han vivido cada episodio de la represi√≥n del r√©gimen alau√≠ ‚Äďuna escisi√≥n del chi√≠smo- como una afrenta propia, la connivencia del Ejecutivo de Beirut hacia Damasco como una pu√Īalada y el silencio de sus l√≠deres sun√≠es como una traici√≥n. ‚ÄúEste Ej√©rcito trabaja para los alau√≠es‚ÄĚ, dec√≠a otro joven, Hassan Ali, en Bab al Tabbaneh. ‚ÄúYa no nos representan, ni el Ej√©rcito ni Hariri. El compr√≥ a sus seguidores con dinero, deber√≠a pensar que tambi√©n le pueden vender por dinero‚ÄĚ.

A pocos kil√≥metros del microcosmos regional que suponen los barrios enfrentados, carros de combate y barricadas protegen la residencia del primer ministro Najib Miqati, la primera planta de un lujoso edificio. Frente a la misma se ha erigido un campamento ‚Äďapenas una decena de tiendas- para pedir la dimisi√≥n del jefe del Ejecutivo. Sus pobladores acusan del atentado de Wissam al Hasan a Siria, como la mitad del L√≠bano. ‚ÄúEl mismo que est√° masacrando a los sirios ha abierto la puerta de la guerra en el L√≠bano‚ÄĚ, dice Khaled al Ahmad, un ex combatiente liban√©s que perdi√≥ la pierna derecha combatiendo frente a la ocupaci√≥n israel√≠. ‚ÄúNosotros no buscamos la guerra, son ellos quienes nos atacan‚ÄĚ.

La sentada ha sido iniciada por algunos l√≠deres considerados radicales del 14 de Marzo as√≠ como por grupos religiosos salafistas y por Jamaa al Islamiya, en una confirmaci√≥n del peso espec√≠fico que adquieren los religiosos en las actividades pol√≠ticas de la comunidad sun√≠ libanesa. Varios carteles prometen no olvidar la sangre del m√°rtir; una enorme pancarta publicitaria cercana con el rostro de Miqati recuerda al primer ministro que ‚Äúlos buenos‚ÄĚ est√°n con √©l.

El diputado del 14 de Marzo Moein Merhebi, uno de los promotores de la sentada, apuesta por la desobediencia civil contra el Gobierno e incluso por la partici√≥n del pa√≠s. ‚ÄúEl Ej√©rcito liban√©s deber√≠a defender al pa√≠s y a su poblaci√≥n. No lo hacen, no defienden nuestra soberan√≠a, nos bombardean [desde Siria], nos matan, hay miles de desplazados‚Ķ ¬ŅC√≥mo puedo sentirme liban√©s como ellos, c√≥mo puedo pensar en unidad con los asesinos de Hizbul√°?‚ÄĚ, dice en un contradictorio tono tranquilo, de forma pragm√°tica. ‚ÄúEllos interfieren en Siria y ayudan a Bashar. Es mejor separarnos, tener dos L√≠banos, uno para ellos y otro para nosotros‚ÄĚ.

*Viento Sur



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