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Pecados de mi padre
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Edición 228

‚ÄúPecados de mi padre‚ÄĚ

SEBASTI√ĀN MARROQU√ćN

(Hijo del más célebre narcotraficante colombiano)

 

(Sebasti√°n Marroqu√≠n reflexiona sobre lo que vivi√≥ al lado de su padre, Pablo Escobar Gaviria. ‚ÄúSiento una profunda amargura de que M√©xico est√© repitiendo casi literalmente esta historia‚ÄĚ, dice. El hijo del narcotraficante colombiano decidi√≥ tomar un camino diferente al de su padre. ‚ÄúEl primer coche bomba de Colombia explot√≥ en mi casa‚ÄĚ, recuerda en el documental Pecados de mi padre, dirigido por Nicol√°s Entel y estrenado en Colombia el pasado 10 de diciembre. A M√©xico llegar√° en 2010.)

para sebastin


Es la primera vez que, tras 15 a√Īos de exilio en Argentina, acept√© romper mi silencio y contar mi vida junto a mi padre, Pablo Escobar, el m√°s importante narcotraficante colombiano de los √ļltimos tiempos.¬† Son muchas las razones que tuve para salir ahora a la luz p√ļblica. Con mi largo silencio quise mostrar mi respeto absoluto a las v√≠ctimas de mi padre, a todo mi pa√≠s. Aprovech√© este largo tiempo para poder encontrarme a m√≠ mismo como persona, en busca de una propia identidad y sabiendo que nada crece bajo la sombra de un gran √°rbol como la de mi progenitor‚ÄĚ, narra Sebasti√°n.

Eleg√≠ y decid√≠, humildemente ¬†reinventarme como ser humano y estudi√© dos carreras universitarias: soy arquitecto y dise√Īador industrial. Me prepar√© por a√Īos para la construcci√≥n de sue√Īos, no para la destrucci√≥n.¬† Con dolor he aprendido a separar al padre del Pablo Escobar que recuerda la mayor√≠a. Jam√°s podr√≠a renunciar al amor que como hijo le profeso, pues adem√°s lo recuerdo siendo un padre que me cantaba las canciones de Topo Gigio y me inventaba cuentos para dormirme, me ense√Ī√≥ a jugar al futbol, a montar en bicicleta, en moto y hasta en elefante. Me ense√Ī√≥ a ser un hombre de palabra, dec√≠a que la palabra era un contrato. Lo acompa√Īaba a los barrios marginales a donar decenas de canchas de futbol y polideportivos, vi c√≥mo crec√≠a su proyecto de construir 5,000 viviendas equipadas para regalarle a estas familias que viv√≠an en el basurero municipal de Medell√≠n y restaurar as√≠ la dignidad de las clases que nos negamos a reconocer a√ļn hoy en la sociedad. Fue adem√°s un gran maestro de lo que no debemos hacer y es as√≠ como lo recuerdo a diario frente al espejo, debati√©ndome en un duelo permanente de sentimientos explosivos y contradictorios que estoy obligado a enfrentar, buscando encontrar un equilibrio y una paz que respete la dignidad de todos sin excepci√≥n.

No es f√°cil. Aprend√≠ que el odio mantiene a muchos atados al pasado, y perpet√ļa infinitamente el dolor generado por el victimario hasta enfermarnos de violencia.¬† Por ello busqu√© una reconciliaci√≥n y un perd√≥n p√ļblico ante los hijos de las v√≠ctimas m√°s prominentes de mi padre, Rodrigo Lara Bonilla y Luis Carlos Gal√°n. Un ministro de Justicia que se atrevi√≥ a denunciar p√ļblicamente la infiltraci√≥n del narcotr√°fico en la vida pol√≠tica de Colombia, y un l√≠der reformista seguro ganador de las elecciones presidenciales de 1990.

Adem√°s de ellos pido a√ļn hoy perd√≥n a cada uno de los 44 millones de colombianos v√≠ctimas de la violencia generada por mi padre. Es una larga lista, que tristemente no excluye a nadie: polic√≠as, jueces, pol√≠ticos, periodistas, narcotraficantes y cientos de inocentes transe√ļntes que ni siquiera osaron enfrentarlo, pero que estuvieron en el lugar y el momento incorrecto cuando explotaban sus bombas indiscriminadamente.

Como su familia, no nos fue ajena esa violencia ni logramos escapar de ella. El primer coche bomba de la historia de Colombia explot√≥ en mi hogar un 13 de enero de 1988 a las 05:13 horas. All√≠ nos encontr√°bamos con mi madre Victoria Eugenia, quien ten√≠a 28 a√Īos, mi hermanita Manuela, con escasos meses de edad, todav√≠a no ten√≠a ni siquiera la posibilidad de declararse inocente por no saber hablar a√ļn. Yo ten√≠a 11 a√Īos. Mi padre ten√≠a para entonces un enorme poder econ√≥mico y militar. Cuando vio la foto de la cuna donde dorm√≠a su hija durante la explosi√≥n que destruy√≥ los vidrios de todas las viviendas de Medell√≠n en un kil√≥metro a la redonda, enloqueci√≥ de violencia y respondi√≥ con ferocidad. Una sola bomba contra su familia lo hizo ordenar la explosi√≥n de m√°s de 200 bombas por todo el pa√≠s hasta casi lograr la claudicaci√≥n de todos los poderes del Estado frente al poder del narcotr√°fico. Est√°bamos todos ciegos y aturdidos en ese ambiente hostil.

Aprend√≠ que la vida es un b√ļmeran, que los actos violentos generan una violencia cada vez mayor y desenfrenada, llev√°ndonos hacia una espiral inconmensurable de maldad que luego es imposible detener, salvo por nuestra propia e √≠ntima voluntad. As√≠ corren a√ļn hoy en Colombia r√≠os de sangre que ti√Īen de odio, maldad, tristeza y desaz√≥n a la sociedad. Solemos olvidar la historia, y por ello es que siempre se repite, pues insultamos as√≠ el precioso legado de las experiencias de la vida. Colombia ya era violenta antes del nacimiento de Pablo Emilio Escobar Gaviria.

La carta m√°s dif√≠cil que escrib√≠ en mi vida fue para los hijos de aquellos l√≠deres que promet√≠an rescatar el pa√≠s y que murieron junto a la esperanza de muchos. All√≠ les dije a sus hijos en la misiva enviada a principios de 2008 que ‚Äú‚Ķ Comprendo que nac√≠ en un ambiente f√©rtil para la violencia, pero el legado de nacer en un ambiente tan hostil no podr√≠a ser otro distinto al de la b√ļsqueda de la paz. No quiero repetir la historia‚ÄĚ. Record√© que ‚Äúmi padre con su violencia oblig√≥ a muchas familias a exiliarse, principalmente a las suyas, ignorando que con ello se estaba tambi√©n gestando subrepticiamente el exilio de sus seres m√°s queridos‚ÄĚ. Quiero tener un hijo, pero no le dejar√© por ello un testamento de violencia.

Tengo el honor de estar casado con una mujer mexicana, que tiene un coraje que har√≠a palidecer a cualquier guerrero, parafraseando a Gandhi. Ella me ha ense√Īado mucho sobre esas lindas y sabias tierras. Me ha acompa√Īado en los m√°s p√©treos caminos. Es mi gran amor y as√≠ tambi√©n lo es M√©xico para m√≠. Adoro las rancheras y me atrae el tequila. Pero me entristece ver lo que estoy observando desde el lejano Buenos Aires, pues se parece mucho a la primera parte del documental Pecados de mi padre.

Siento una profunda amargura de que M√©xico est√© repitiendo casi literalmente esta historia, aquella de la que tanto me cuesta a√ļn hoy hacerme cargo.¬†Siento que la pel√≠cula que hoy est√°n viviendo mis compadres mexicanos, es la misma que yo viv√≠ en Colombia exactamente en 1984, a mis siete a√Īos de edad, cuando mi padre decidi√≥ por cuenta propia mandar a asesinar al entonces ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla (q.e.p.d.).¬†¬† 2 para sebastin

De ah√≠ en m√°s, mi pa√≠s vivi√≥ una violencia sin precedentes. Ese d√≠a mi familia se desmembr√≥ para siempre, mi padre pas√≥ luego toda su vida en la clandestinidad, el hogar por √©l construido no existi√≥ m√°s. Por eso me decid√≠ a participar en este documental y a romper el silencio sepulcral que mantuve 16 a√Īos despu√©s de su muerte, porque he vivido en carne propia el horror de una violencia sin par que no quiero para Colombia, para M√©xico ni para ninguna naci√≥n del planeta. Fui testigo, al igual que mi pa√≠s, de una guerra sin cuartel del narcotr√°fico contra el poder del Estado que no gan√≥ nadie, pues s√≥lo quedamos como mudos testigos los miles de hu√©rfanos y viudas de todas las esferas de la sociedad. La violencia no discrimina.

Comprend√≠ que aun en las m√°s segregadas familias ‚Äďcomo la nuestra hay padres, hijos, hermanas, abuelos, etc. Ah√≠ tambi√©n hay sentimientos por encima de lo machos que pretendamos ser ante otros en la vida. Veo en mi esposa a diario el fiel reflejo del tes√≥n del pueblo mexicano. Respeto la dignidad de cada persona y no distingo entre uniformes o nacionalidades, s√≥lo veo a ciudadanos de la raza humana y a nadie m√°s. S√≥lo veo a hombres con su voluntad de sobrevivir en un ambiente donde las oportunidades son escasas y donde el hambre abunda, as√≠ como los deseos de brindarle la m√≠nima dignidad a nuestros seres m√°s queridos. Algunos est√°n dispuestos a matar para no vivir en la indigencia, pero no puede haber excusa v√°lida para generar violencia hacia nuestros hermanos a costa de nuestras necesidades o ambiciones personales.

En Medellín, mi ciudad natal, la presencia de la arquitectura y el urbanismo aplicado desde el Estado ha comenzado a aportar ejemplos de exportación de estas ideas para el mundo como una esperanza de paz para brindar dignidad, seguridad, cultura y oportunidades a los más marginados.

Creo en la arquitectura como una herramienta capaz de transformar la realidad a partir de hechos arquitectónicos concretos. Es definitivamente una herramienta eficaz para la paz. Por ello no me dedico a la política.

En nuestra vasta familia latinoamericana solemos heredar las virtudes y los pecados de nuestros padres, y es bajo esta excusa que vivimos por d√©cadas enfrascados en unos c√≠rculos de violencia y venganzas generacionales que se repiten incesantemente. Yo no fui ajeno a esto, de hecho, al enterarme de la muerte de mi padre, a mis 16 a√Īos, ca√≠ en esos c√≠rculos y armado de ira e intenso dolor amenac√© p√ļblicamente con matar a quienes hab√≠an dado muerte a mi padre.

Sin embargo, ahora agradezco a Dios que 10 minutos después me hizo reflexionar y transformar el odio para no perpetuar este aparente estilo de vida que -les aseguro es más de sufrimientos y de persecuciones que de placer.

Un ejemplo? Un día la policía dispuso, sin saberlo, un control rutinario en alguna calle de la ciudad justo frente a la casa donde yo me escondía con mi padre. Ese control policial comenzó un domingo y duró siete días frente a nuestro escondite. Se nos terminaron los víveres y estábamos solos pero rodeados de millones de dólares. Aguantamos hambre mientras comprendí que el dinero del narcotráfico no servía para nada si no te podías comprar siquiera una libra de arroz con él.

La muerte de mi padre no afect√≥ en absoluto el tr√°fico de drogas en el planeta, la violencia y las drogas ya estaban afincadas en Colombia y en el mundo antes de su nacimiento, y siguen lamentablemente estando a√ļn hoy, hasta que elijamos perdonarnos unos a otros desde nuestras m√°s √≠ntimas fibras.
La guerra consume y derrocha inconmensurables recursos humanos y p√ļblicos. Distintos pa√≠ses y los enemigos de mi padre gastaron m√°s de 3,000 millones de d√≥lares para perseguirlo a √©l y su organizaci√≥n. Mi padre us√≥ toda su fortuna para la guerra y para defender sus intereses, y lo que queda de ella est√° destruido por completo o en manos de las m√°s diversas autoridades. Miles de millones de d√≥lares que podr√≠an haber sido gastados para asegurar salud, educaci√≥n y un futuro mejor y m√°s digno para el pueblo colombiano.¬†
La paz, en cambio, ¡es gratis!, pues sólo se requiere de nuestra humana voluntad de hacerla.



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