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Edición 217

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Mensajería mortal en cuatro tiempos

EL PODER A GRAN ESCALA -imperialismo, periferia, trasnacionales, autóctonas oligarquías, alta sociedad y más alta suciedad- sin carteos ni chateadas se intercomunica, da posturas y ordenamientos implícitos, en ocasiones “concede” un pellejito cuando siente que le puede ser confiscada completita la zalea, con frecuencia envía notificaciones “subliminales” al tumulto a través de una estratégica selección a los cadalsos.


Tiempo primero: Acteal o la muerte en entrega inmediata

En aras de esa “comunicación” sin líneas pero con línea, Manuel Buendía, el periodista de mayor influencia, fue baleado en plena luz del día, para que los no influyentes de la tecla percibieran bajo el sol la intensidad de su propia sombra; a Óscar Arnulfo Romero, obispo de El Salvador y patrimonio de todos los pueblos y hombres y mujeres de buena fe, incluidos los libre pensadores... lo asesinaron en plena eucaristía, a fin de que creyentes e incrédulos, corroboraran que la transubstanciación, el sacrificio y mutación de la carne en pan y de la sangre en vino, aún es símbolo y martirio.

Sacrilegio y crimen a la vista de todos, en particular de los impestañeables ojazos de la historia, parangones y disimilitudes en época y lugar, aunque lo medular de la advertencia, el macabro estolespuedepasar se mantiene incólume, en verbigracia (que no es verbo ni menos gracia), lo acaecido en la capital salvadoreña y en Acteal: que los otros, que las multitudes, se reflejen en los espejos destrozados de la vida, tal el mensaje e intención de que la muchedumbre recule, obedezca y apechugue, lo que bajo sus íntimos designios aquel poder a gran escala contra la comunidad diseña.

Lo de El Salvador y Chiapas, ilustra don Perogrullo, tratóse de política de Estado, allá les urgía silenciar una voz en la que todos los pobres cabían, crucificarlo a balazos atrás del propio cáliz... hasta que la feligresía viese en los testimonios de tanta herida en un solo cuerpo que los horarios de la muerte también suenan a incienso y sacrilegio. Acá, los verdaderos criminales con dedicación prepararon su jauría, no era asunto na’más de asesinar, había que aullar una pleonástica lección de alarido desde las sonoridades de la pólvora; sus sicarios de alquiler tenían que generar víctimas en racimo, mutilarlas, a las embarazadas -una con ocho meses de gestación- desventrarlas y al pequeño destazarlo a culatazos. No fue una acción de locos, era la táctica del poder y el correo de la muerte en entrega inmediata, que los zapatistas se vieran en ese espejo de intensa purpurez, que la masa que no se uniforma se reflejara en la masa informe, que el gentío oyera el recadito timbrado en genocidio...

pinoTiempo segundo: los matones de postín están detrás de un escritorio
El señor Zedillo alcanzó la gran silla subido a los hombros de un cadáver, fue don Ernesto jefe de campaña impuesto a don Luis Donaldo, el que le advirtió en una cartita nada sublime pero sí subliminal lo que podría pasarle si no se ajustaba al libreto del señor Salinas, más que a tinta, a calibre 45 todavía huele la epístola redactada por el señor Ponce de León, quien se equiparaba con Agustín Lara porque éste siendo defeño era jarocho por elección y aquél también originario del edén de los imecas presumía el gentilicio bajacaliforniano igualmente por íntimo albedrío, sin embargo no fue a Baja California, no estuvo en Lomas Taurinas, aunque sí envió por air mail a los señores Murat y Schiaffino, priístas encargados del acto los cuales junto al general Rodomiro García fueron premiados por poner a todo volumen La culebra que amenizó y amenazó con retóricos simbolismos del reptil, para alueguito perder su ondulada metáfora de redoba y acordeón en el turno amusical de los disparos.

Párrafo y perífrasis para reubicar al señor Zedillo en Acteal ¿no fue él  por ventura, o mejor dicho por desventura, quien redujo a polvorón su mismísima palabra en los Acuerdos de San Andrés?, ¿acaso no quesque “despasamontañó” a Marcos y anunció una orden de arresto contra el subcomandante?, ¿alguien dudaría que en tales hechos entre líneas leíase la inminencia de una masacre?, ¿no escurren aún de Aguas Blancas los mensajes de don Ernesto, quien pretendía diluir responsabilidades plagiando a Zepillín y a Capulina?

En efecto, las premiaciones por la matanza en Chenalhó, por cierto en otro sitial de oración que los sacrílegos interrumpieron, fueron múltiples: el señor Ponce de León, por desnacionalizar ferrocarriles, se agenció en descarrilada bendición trasnacional un cargo ejecutivo de harto pedigrí; el señor Murat fue recompensado con un virreinato y una curul, el señor Schiaffino hízose la luz con el lumínico calcio de la grilla, entre otros fémures, una legislatura capitalina; al general García le añadieron una estrellita a su aguilota ensangrentada; al señor Chuayffet, ex de Gobernación en aquellos temporales, lo han puesto a recalentar diputaciones al precio mismo de las almorranas; al señor Jorge Madrazo, ex de la PGR, por la mortandad piramidal en Acteal y Aguas Blancas, lo recompensaron bien abrigadito en colchotas de impunidá; a los ex virreyes Ruiz y Figueroa no los tocaron ni con el pétalo oficioso de una presentación; a decenas de gatilleros denunciados por sobrevivientes de la chiapaneca inmolación, los excarceló la Suprema Corte de “Justicia” la cual revalidó que su verdadera esencia radica en las comillas...

Tiempo tercero: legible correspondencia en las heridas
Hay lecturas no escritas, sintaxis adivinadas en cuadernos de paredón, por ejemplo, los puestos con especial dedicación al macanazo de Rubén Figueroa, junior, ya fuese en calidad tundidora como subdirector del Metro, cuyo encargo consistía en la elaboración del charrazo versus un sindicato democrático y ascensión del señor Espino a los briosos lomos del jaripeo... o en la gubernatura guerrerense con todo el aroma de azufre que papi le legó, en la demostración infalible de la paremia, del dicho parafraseado: de tal palo tal jijo. Aguas Blancas estaban a la vuelta de una inundación, el mensaje era clarito y ahogador, con el sembradío de revólveres en la desocupada mano de los cadáveres.

El poder, Su Majestá El Hueso, no sólo hereda calcio: también las astillas, don Jelipe es legatario, además de la grisura de don Ernesto, de una especie de entenado putativo, de nombre Ely Flores, dizque “pastor” de almas, aunque su oficio real es criador de zopilotes, fungió de consejero presidencial del señor Zedillo y está vinculado como “pater spiritualis” a los grupos paramilitares que asesinaron 45 personas en Acteal.

Aparte de la de don Ernesto, el señor Flores asumió otra consejería: asesor de don Jelipe en la campaña del 2006, quien -siguiendo con el tema de la correspondencia- le correspondería con un suculento trocito del osario, la oficialía mayor, en la Semarnap.

La osificada retribución al ex consejero resultaba insuficiente, había que pagarle a don Ely, a lo que y a quienes representa, con algo más caro que el desangradero hacia el erario: la imposible amnesia por la matanza en Chenalhó, sellar Acteal de una sola silenciada, hacer de los muertos neblina en las lejanías del memorial.

Tiempo cuarto: sin recámara pero con disparador
Si sembraron pistolas en palmas semiabiertas de difuntos ¿por qué no sementar igualmente los olvidos?, es el recado sin mucho freudismo de los que pretenden cosechar la desmemoria. El señor Flores se desarrollaría más que en la decencia en la “docencia” y en un centro académico (CIDE) muy relamidito, con varoncitos y damitas muy atildados a la diestra, propuso revisar el “caso Acteal” con la mañosa consigna de Nosesabequésucedió, ni quiénes fueron los asesinos materiales o la nomenclatura de sus alquiladores, tampoco el origen del “enfrentamiento” (inventan el “combate” y patentan “inocentes”) , ni a quién sirvió tanta muerte arracimada. No hay conocimiento de nada y, en chafísima silogismo de la “duda” confabulada, no hay culpabilidad de nadie, todo es nebulosa, bruma que ninguno podrá desmadejar, brisa que silba solamente jeroglíficos...

Esa es la estratagema, la lectura monjeloquiana del nadiesabenadiesupo, archivar el genocidio, que del grito aquél tan colectivo no quede ni una briznita de reverbero, pero la historia -más ésta tan empapada de reciente sacrificio- posee ojos y palabras que no se pueden borrar de un plumazo, manque don Jelipe, los de la Suprema, los leyentes de la televisión que a pestañeos de telepronter re-citan teatrales el boletín, los académicos que desde su derecha machacan “preocupaciones” con tesituras de chotís... se afanen en sobreseer la sangre que les es tan ajena.

Los recaderos se ocultan en un cuarto sin recámara pero con disparador, garabatean con proyectiles el mensaje, creen que nadie se acordará de Acteal, de Aguas Blancas, de Tlatelolco, de Polo Uscanga, de Misael Núñez Acosta... pero la historia es memoria de los pueblos que no puede aniquilar el mensajero.



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