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Edición 216

Lo absurdo de la muerte

HOY ENCONTR√Č, gracias a Dios, el cad√°ver de mi pobre hijito. Estaba irreconocible por la descomposici√≥n, pero lo identifiqu√© por detalles que no se hab√≠an perdido a√ļn. Con la rabia comi√©ndome las entra√Īas, el coraz√≥n salt√°ndome en el pecho congestionado por un llanto seco, me acerqu√© rogando que no fuera mi hijo ese cuerpecito hecho un ovillo en un hoyanco.


NO DEB√ćA SERLO, pens√© de inmediato, porque seguramente habr√≠a sufrido mucho antes de morir, y ese sufrimiento lo cargar√≠a yo mientras tuviera vida, como as√≠ habr√° de ser porque no veo c√≥mo superarlo. Me hab√≠an obligado a ponerme un tapaboca para evitar el olor f√©tido que desped√≠a, cuando lo que deseaba era terminar cuanto antes esa pesadilla, retirarme de all√≠ con la seguridad de que Juanito segu√≠a con vida, en alg√ļn lugar, esperando por m√≠ para llevarlo de regreso a la casa. Desgraciadamente no fue posible.

FabelaHab√≠a sido secuestrado tres semanas antes, al salir de la escuela, por tres tipos que nadie supo identificar. S√≥lo una vez se comunicaron conmigo, para decirme que lo ten√≠an en su poder y que deb√≠a pagarles un mill√≥n de pesos para devolverlo. No pod√≠a creer lo que estaba escuchando, la cabeza comenz√≥ a darme vueltas y perd√≠ la noci√≥n del tiempo. A punto estuve de mandarlos a la chingada, a√ļn pensando que se trataba de una broma de p√©simo gusto, pero el caso era que Juanito no hab√≠a regresado de la escuela, como siempre lo hac√≠a, y realmente est√°bamos muy preocupados su madre y yo. Me dispon√≠a a salir a buscarlo cuando son√≥ el tel√©fono. Descolgu√© el auricular, anhelando que fuera √©l, para decirme que se hab√≠a ido con alg√ļn compa√Īero a jugar.

Lo que sigui√≥ fue apenas el inicio de una pesadilla que no sabemos cu√°ndo habr√° de terminar. Al fulano que me llam√≥, le dije que jam√°s en mi vida podr√≠a reunir una cantidad como la que me estaba pidiendo. En el changarro que tengo apenas saco para los gastos, y a veces ni para eso por los tiempos como est√°n. Se lo dije con la esperanza de que recapacitara, se pusiera en mi lugar y obrara con un elemental sentido humano. Lo que sucedi√≥ fue todo lo contrario: se puso m√°s violento, comenz√≥ a insultarme y cuando se calm√≥ un poco me dijo que le diera cien mil pesos y con eso pod√≠a recuperar a Juanito. Intent√© hablar, pero ya fue in√ļtil: hab√≠a colgado.

Esperanza, mi mujer, se puso hist√©rica y a punto estuvo de contagiarme. Me sobrepuse, al pensar que deb√≠a conservar la cabeza fr√≠a para enfrentar el problema con menos riesgos. Hubo que llevarla al hospital, lo que me desv√≠o de mi plan prioritario que era la liberaci√≥n de Juanito, nuestro primog√©nito, en quien me sent√≠a reflejado y ten√≠a grandes planes. Fue in√ļtil la espera los d√≠as subsecuentes, ya no volvi√≥ el criminal a comunicarse conmigo. Al cuarto d√≠a acud√≠ a denunciar el secuestro, s√≥lo para comenzar el v√≠a crucis que todav√≠a no termina.

No me importa haber perdido mi changarro, tanto por la desatenci√≥n como por el mucho dinero que gast√© con los polic√≠as, el Ministerio P√ļblico y el entierro de Juanito. Estoy endeudado como nunca lo hab√≠a estado en la vida, con mi mujer cada vez peor, sin esperanza de que recupere sus ganas de vivir. Ahora hasta quisiera que se llamara de otro modo, pues lo que menos esperamos es recobrar un m√≠nimo de esperanza en el futuro. El tiempo se acab√≥ para nosotros. Por fortuna, Juanito era hijo √ļnico y ya no tenemos otra responsabilidad en ese sentido. Aunque pienso que tenerla es lo que ahora nos hace falta. Nos ver√≠amos obligados a superar este duro trance, cuando menos durante el tiempo que otros hijos necesitaran de nuestro apoyo.

Fueron d√≠as interminables de un ir y venir infructuoso, rodeado de polic√≠as que me sacaron mis √ļltimas energ√≠as y el poco dinero con que contaba. Perd√≠ el apetito junto con las ganas de vivir al darme cuenta que no volver√≠a a ver a Juanito. Aunque nunca perd√≠ del todo la esperanza en Dios, un descre√≠do como yo, dispuesto a cambiar si mi hijo aparec√≠a con vida. Al paso de los d√≠as mi mujer se fue desmejorando al grado de que hubo necesidad de alimentarla v√≠a intravenosa. La visitaba todas las noches, para darle √°nimos que a m√≠ me faltaban. Llegaba con mis mejores intenciones de mentirle y hacerla creer que Juanito ya estaba en la casa, pero al ver sus ojos clavados en mi cara me daba cuenta que ser√≠a imposible mentir. Comenz√°bamos a llorar los dos, en silencio, sin saber qu√© hacer con nuestras vidas, hasta que una enfermera llegaba para decirme que deb√≠a marcharme.

Hasta que lleg√≥ el d√≠a de identificar un cuerpo hallado en el fondo de un barranco. Era alrededor del medio d√≠a cuando un polic√≠a se acerc√≥ para pedirme que lo acompa√Īara y externarme el motivo, sent√≠ ganas de golpearlo por lo que me estaba diciendo. No era posible que con tanta frialdad me estuviera pidiendo que fuera con √©l para identificar un cad√°ver. Me contuve al pensar que si fuera Juanito al fin podr√≠a saber su destino y mis cuitas terminar√≠an. Se me hizo interminable el trayecto por la carretera, yo en silencio, sentado en el asiento trasero en medio de dos sujetos que apestaban a rancio, escuchando sin escuchar las voces surgidas del aparato de radio del autom√≥vil, y la respuesta del agente que iba al lado del chofer, otro polic√≠a que parec√≠a disfrutar mucho de su trabajo, pues no paraba de chiflar y re√≠r sin venir a cuento.

Cuando por fin el vehículo se detuvo, sentí un inexplicable alivio. Me bajé como autómata, seguí a tres policías que caminaban con dificultad descendiendo una empinada ladera. Estuve a punto de caerme, pero uno de ellos me detuvo. No tuve ánimos de darle las gracias. Otro me dio un tapaboca que sacó de la bolsa de su saco después de colocarse otro. Me lo coloqué porque, en efecto, sentí un olor fétido muy penetrante que me hizo estornudar. Al observar el cuerpecito inerte, hecho un ovillo, en el fondo de la barranca, el corazón comenzó a saltarme. Reconocí lo que quedaba del uniforme de Juanito y uno de sus zapatos. La cara estaba desfigurada, tanto por el tiempo transcurrido como por la acción de los bichos del lugar, sin embargo su pelo era el de mi hijo, así como la mancha que tenía en la espalda, producto de una quemada que sufrió cuando apenas empezaba a caminar.

Estuve a punto de desmayarme, pero me sobrepuse al pensar que menos respeto me tendr√≠an los polic√≠as al regresar a la ciudad. Me limpi√© los ojos, inundados por las l√°grimas, y con un movimiento de cabeza les hice saber que el cuerpo all√≠ tirado era el de mi hijo. Sent√≠ deseos de correr y tirarme al fondo de otro barranco a√ļn m√°s profundo, no lo hice porque deb√≠a darle cristiana sepultura a Juanito, lo que de √©l quedaba. Hubiera querido abrazar los restos, pero la fetidez que emanaba de ellos me contuvo. Di media vuelta y comenc√© a subir por la empinada cuesta, sin importarme el da√Īo que me estaba haciendo a mis manos, que pronto comenzaron a sangrar. Al llegar al borde de la cima me recost√© en el suelo y comenc√© a llorar sin recato alguno.

A lo lejos escuch√© c√≥mo uno de los polic√≠as accionaba el radio del veh√≠culo para hacer saber el resultado de la identificaci√≥n. Minutos despu√©s se me acerc√≥ para decirme que deb√≠amos regresar, que no ten√≠a caso esperar a la ambulancia f√ļnebre, cuyos tripulantes se encargar√≠an de recoger el cad√°ver y llevarlo a la morgue donde me ser√≠a entregado despu√©s de hacer los estudios y peritajes acostumbrados. Obedec√≠ como aut√≥mata, aunque mi verdadera intenci√≥n era quedarme con Juanito, pero muerto para no saber ya nada de este mundo horripilante.

Dos polic√≠as tuvieron que ayudarme a levantar del suelo, al ver que no ten√≠a la intenci√≥n de hacerlo por mi cuenta. Me condujeron al autom√≥vil y me aventaron al interior, donde permanec√≠ en silencio, como desmadejado y ajeno a todo lo que ocurr√≠a alrededor. Para los polic√≠as lo ocurrido era cosa de rutina, en cambio para m√≠ era el final de mi familia, que con tantas ilusiones hab√≠a comenzado a formar. No ten√≠a ni siquiera el deseo de buscar venganza, vivir para liquidar a los monstruos que hab√≠an acabado en forma tan perversa con la vida de mi hijito. Entre sue√Īos escuch√© decir a uno de los polic√≠as que las manos de Juanito estaban atadas por la espalda con cinta canela, como si hubiera sido un adulto al que hab√≠a que inmovilizar.

Ganas me dieron de exigirle que se callara, no lo hice finalmente para seguir atorment√°ndome con los sufrimientos que debi√≥ haber padecido mi pobre hijo a manos de semejantes criminales. Me hubiera gustado en ese momento ser millonario para haberles pedido a los polic√≠as se dedicaran √ļnica y exclusivamente a buscarlos para darles la muerte que merec√≠an. Sab√≠a que habr√≠an aceptado con gusto, y darme cuenta de ello me hizo sentir m√°s rabia contra el mundo. No pod√≠a darme esa satisfacci√≥n, la √ļnica que ten√≠a alg√ļn significado. Mi desdichada Esperanza me hab√≠a dicho la noche anterior que hab√≠a so√Īado a Juanito cayendo a un profundo barranco, y que nadie pod√≠a ayudarlo a pesar de sus gritos pidiendo auxilio. Antes de despedirme me dijo que estaba segura de que no volver√≠amos a ver a nuestro hijo con vida. Dijo estar resignada, pues era la voluntad de Dios. Yo le dije que no perd√≠a la esperanza de hallarlo y tenerlo de nuevo en la casa para no separarnos m√°s de √©l. Movi√≥ la cabeza y me dio la espalda.

Cuando le dije que su sue√Īo hab√≠a resultado una premonici√≥n, en vez de llorar como yo lo supon√≠a, agach√≥ la cabeza y no dijo nada. Dio media vuelta y se meti√≥ a la rec√°mara de Juanito, donde permaneci√≥ encerrada el resto del d√≠a. Yo no la segu√≠ porque me hubiera desgarrado el alma ver los objetos de mi hijo ya sin su presencia en este mundo. Por mi parte me fui a la cocina a rumiar nuestra desgracia bebiendo caf√© hasta la madrugada. Pens√© todo el tiempo en el infortunio de Juanito de haber nacido en M√©xico en esta √©poca tan inhumana. Yo hab√≠a tenido la fortuna de nacer en tiempos mejores, cuando no hab√≠a problemas de tanta inseguridad como ahora. Me lo reproch√© en silencio, como si hubiera sido culpable de una circunstancia ajena a m√≠.

El poder recuperar los restos de Juanito represent√≥ otro v√≠a crucis, que pude sortear con el poco dinero con que contaba. Tuve que pedir prestado dinero a mi suegra para poderlo enterrar. Por fin ya descansa en paz, lo que me consuela, porque al menos yo nunca ya podr√© hacerlo, interesado como estoy en mover cielo y tierra hasta dar con los criminales que no tuvieron un m√≠nimo destello de humanidad al momento de quitarle la vida a mi pobre hijo. No busco venganza por el af√°n de hacerlo, sino para evitar que otros ni√Īos indefensos sufran lo que sufri√≥ Juanito a manos de unas hienas insensibles que seguramente ni se deben acordar del crimen que cometieron. Apenas contaba con diez a√Īos mi pobre Juanito.



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