joomla visitor
AuditorŪa
El Benemérito
Buscar Autor o Artículo
ÔĽŅ
PULSE LA TECLA ENTER
Voces Diario
Banner
Noticias
389 Suplemento
Banner
Voces del Periodista EnVivo
Banner
Radioteca
Posada del Periodista
Banner
Club de Periodistas
411
Banner
410
Banner
409
Banner
408
Banner
ÔĽŅ

Ver Otros Artículos de Este Autor

Edición 214

Si Juárez no hubiera muerto…

No hay terremoto capaz de destruir su mito

Mito no es una mentira: Es una inspirada construcción del espíritu.

¬†¬† Ahora, los sedicentes ‚Äúpresidentes de M√©xico‚ÄĚ (reyezuelos negros, les llamaba el fundador del Partido Acci√≥n Nacional, Manuel G√≥mez Mor√≠n) ambulan por territorio extranjero, exhibiendo y tratando de vender las √ļltimas ruinas del pa√≠s, pero en su tiempo, asesinado Hidalgo, Morelos cabalg√≥ con la apenas palpitante Naci√≥n a cuestas;¬† Ju√°rez abrig√≥ amorosamente a la perseguida Rep√ļblica, y C√°rdenas le otorg√≥ heroicamente la segunda independencia -la econ√≥mica, fortificando las instituciones del Estado. El gran expropiador, le llaman a√ļn sus seguidores supervivientes.

Maximiliano y Carlota¬†¬† Pero Benito Ju√°rez Garc√≠a (1806-1872) es hoy el imborrable icono de nuestra galer√≠a Patria, por m√°s que muchos sigan arrojando el √°cido vomitivo de sus entra√Īas sobre su imbatible estampa. El 18 de julio se cumplen 137 a√Īos de su fallecimiento. Los involuntarios organizadores gubernamentales de la agenda conmemorativa del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revoluci√≥n, transitan entre medrosos¬† y col√©ricos la amplia y luminosa avenida de la Historia, pretendiendo ol√≠mpico y despectivo disimulo¬† sobre la refulgente sombra del Indio de Guelatao a quien, como al h√©roe de la balada, ‚Äúmuchas veces lo mataron/ muchas se muri√≥/ sin embargo‚Ķ est√° hoy aqu√≠/ resucitando‚ÄĚ.

¬†¬† ‚ÄúJu√°rez entraba a Monterrey el 3 de abril. Maximiliano aceptaba la corona de M√©xico el 10 y desde luego celebraba el tratado de Miramar como soberano del nuevo imperio. Ya pod√≠an los sastres y las modistas de la capital trajear de gala a sus clientes, enloquecidos con la expectativa de los rigodones imperiales. Se recreaban de antemano con las delicias de una verdadera corte, con reyes que no hubieran nacido en la casa n√ļmero tantos de la calle tal de una ciudad michoacana. Poco se les daba, ante la fiesta de preparaci√≥n, que el venerable clero estuviese trinando bajo la bota de Neigre. Todo, hasta la imp√≠a Reforma, hasta la excomuni√≥n, siempre que pudiesen ver las pedrer√≠as de la corona. Tal corte para tal soberano. La una, pensaba en bailar: el otro, en organizar el baile.

¬†¬† ‚ÄúDesde ese d√≠a hasta pasado el 10 de mayo de 1867, bajo la lluvia de balas republicanas que ca√≠a en los muros de la Cruz, Maximiliano, siempre tuvo como preocupaci√≥n dominante detalles de ceremonial. Inteligente y sensible, culto, psicast√©nico, nacido para la dorada inutilidad en puestos de aparato, se arroj√≥ a los peligros de la ambici√≥n, sin ser ambicioso, sino por accidental dilettantismo y por sugesti√≥n. Inconsciente de sus responsabilidades, e imprevisor como un p√°jaro, hizo, piedra a piedra, la f√°brica de su infortunio. As√≠ era Hamlet, as√≠ fueron, as√≠ son casi todos ellos, tr√°gicos, interesantes y funestos. Mientras, Maximiliano acepta la corona, y despu√©s de firmar el tratado de Miramar, comulgaba en el Vaticano y se desayunaba con el Papa. M√©xico segu√≠a incendiado por la guerra; pero ya se cre√≠a pr√≥xima la pacificaci√≥n. ¬ŅSer√≠a posible? (Ju√°rez: Su obra y su tiempo. Justo Sierra.)

Denunciado como terrorista

“Ilumínate más, ciudad maldita,
ilumina tus puertas y ventanas;
ilumínate más, luz necesita
el partido sin luz de las sotanas‚ÄĚ.

          Ignacio Manuel Altamirano

¬†¬† ‚ÄúAclamado y denunciado como terrorista, Ju√°rez fue confundido con la mentalidades m√°s diversas, moldeados en su imagen, y apropiado para sus fines: Cada cual hablaba de la feria como le iba en ella. La soberan√≠a sentimental de Maximiliano enfureci√≥ a los doctrinarios radicales -raza bien representada por Georges Clemenceau, en cuyos labios brotaban ya las cerdas del Tigre. ‚Äė¬ŅC√≥mo diablos √≠bais a suponer que deb√©is compadecer a los Maximilianos y las Carlotas? - escribi√≥ a una dama, desfog√°ndose con la boca rabiosa y rebosante de regimaquia. ¬°Dios m√≠o! Gente encantadora, ya lo s√©: desde hace cinco o seis mil a√Īos siempre fue as√≠. De acuerdo. Tienen la f√≥rmula de todas las virtudes y el secreto de todas las gracias. Sonr√≠en -qu√© tan bonito! Lloren- ¬°qu√© tan pat√©tico! ¬ŅNos permiten vivir? -qu√© bondad m√°s exquisita! ¬ŅNos aplastan? -es culpa de su desgraciada posici√≥n. Pues bien, eso os voy a decir:


¬†¬† Todos estos emperadores, reyes, archiduques y pr√≠ncipes son grandes, sublimes, generosos, soberbios y sus princesas, todo lo que es plazca; pero yo les odio con odio despiadado, como se odiaba en el 93, cuando al imb√©cil Luis XVI se le llamaba execrable tirano. Entre nosotros y estas gentes hay guerra a muerte. Ellos han hecho morir, entre torturas de toda clase, a millones de los nuestros, y pongo yo que no hemos matado a m√°s de dos de los suyos. No tengo ninguna piedad para esa gente: compadecer al lobo es cometer un crimen contra el cordero. Maximiliano quer√≠a cometer un verdadero crimen y los que √©l quer√≠a matar le han muerto. Muy bien, estoy encantado. Su esposa, me dec√≠s, est√° loca. Nada m√°s justo: esto casi me basta para creer en una Providencia. ¬ŅLa ambici√≥n de su mujer incit√≥ al imb√©cil? Lamento que ella haya perdido la raz√≥n y no puede comprender que su marido muri√≥ por ella, y que tenemos aqu√≠ a un pueblo que se venga. Si Maximiliano no fue m√°s que un instrumento, tanto vil resulta su papel, sin que por eso resulte menos culpable. Lo v√©is, soy feroz, y lo que es peor, intratable; pero no pienso cambiar; eso no. Creedme: Todas estas gentes son iguales y se dan la mano las una a las otras. Si bien es imposible, si existiese el infierno y no hubiera una olla predestinada para ellas, el buen Dios perder√≠a mucho en mi estimaci√≥n. Dudo mucho que haya otro ateo que tanto lamente la falta de una Providencia: Todo lo abandonar√≠a yo a la justicia suprema, y esto me dispensar√≠a de odiar. Pero es triste pensar que todos esos miserables duermen con el mismo sue√Īo de los buenos‚ÄĚ (Ju√°rez y su M√©xico. Ralph Roeder.)

¬†¬† Retomemos a Sierra: ‚ÄúJu√°rez fue siempre religioso: Cuando lleg√≥ a emanciparse, la Patria, el Deber, la lucha por realizar un ideal de justicia y de raz√≥n no fueron en √©l un fanatismo, no: no fue ni un alucinado, ni un profeta, fue un consciente, pero tomaron en su esp√≠ritu la forma de un mandato superior, de la obediencia a un decreto del Alt√≠simo; y as√≠ han sido y ser√°n cuantos sirvan de n√ļcleo y gu√≠a a los hombre. Ju√°rez fue un n√ļcleo; pero puso todos los elementos constitutivos de la psicolog√≠a de su raza, la astucia, el recelo, el tes√≥n, la reflexi√≥n lenta, pero firme y decisiva; en la realizaci√≥n de la obra, cada vez tomaba ante √©l aspecto m√°s complicado y grandioso, ensanchando el horizonte del convento hasta convertirlo en el del Seminario y el horizonte del Seminario hasta esfumarlo y perderlo en el Instituto, en el del Estado, en el de la Patria, en el de los grandes ideales de libertad, de transformaci√≥n pol√≠tica y social que dieron a su empe√Īo el alcance de una empresa humanitaria y mundial. (‚Ķ) ¬°Gran Padre de la Patria! Es justo que ya que nos acercaste a vivir para presenciar la resurrecci√≥n definitiva de la Patria en la prosperidad y en la paz, asistas a esta gran √©poca, unido al cerebro y coraz√≥n de cada mexicano que ame a su pa√≠s. Y nadie lo am√≥ como t√ļ; por eso nadie tiene mayor derecho que t√ļ a que sus errores ‚Äėle sean perdonados‚Äô. Todos estamos contigo. Ser√° in√ļtil injuriarte o rebajarte: La diatriba ser√° un remusgo que har√° espuma en torno al arrecife inconmovible, y pasar√° y morir√°‚ÄĚ.

Como educaba a sus hijos

¬†¬† Ahora, los sedicentes ‚Äúpresidentes de M√©xico‚ÄĚ, depositarios de las nostalgias de aquellos que so√Īaban con rigodones imperiales, y se calzan en sus secretas noches sus pelucas empolvadas, llevan furtivamente a sus hijos a los estadios y a los balcones de los recintos patrios, y los obligan a vestir desde las playeras futboleras hasta uniformes de ‚Äúcoronelitos‚ÄĚ. Les dicen que la juventud se pierde y muere porque no cree en Dios.

Juárez escribía a sus hijos:

¬†¬† * ‚ÄúTuve la desgracia de no haber conocido a mis padres Marcelino Ju√°rez y Br√≠gida Garc√≠a, indios de la raza primitiva del pa√≠s. En las escuelas de primeras letras de aquella √©poca no se ense√Īaba la gram√°tica castellana. Leer, escribir y aprender de memoria el Catecismo del Padre Ripalda era lo que entonces formaba el ramo de la instrucci√≥n primaria (‚Ķ) Llegada la hora de costumbre present√© la playa que yo hab√≠a formado conforme a la maestra que se me dio; pero no sali√≥ perfecta porque yo estaba aprendiendo y no era profesor. El maestro se molest√≥ y en vez de manifestarme los defectos que mi plana ten√≠a y ense√Īarme el modo de enmendarlos s√≥lo me dijo que no ser√≠a y me mand√≥ castigar. Esta injusticia me ofendi√≥ profundamente, no menos que la desigualdad con que se daba la ense√Īanza en aquel establecimiento que se llamaba La Escuela Rural, pues mientras el maestro en un departamento separado ense√Īaba con esmero a un n√ļmero determinado de ni√Īos, que se llamaban decentes, yo y los dem√°s j√≥venes pobres, como yo, est√°bamos relegados a otro departamento, bajo la direcci√≥n de un hombre que se titulaba ayudante y que era tan poco a prop√≥sito para ense√Īar y de un car√°cter tan duro como el maestro.¬† ¬†

Agustin de Iturbide.* “Iturbide, abusando de la confianza que, sólo por amor a la patria le habían dispensado los jefes del ejército, cediéndole el mando y creyendo que sólo a él se le debía el triunfo de la causa nacional se declaró Emperador de México contra la opinión del Partido Republicano y con disgusto del Partido Monarquista que deseaba sentar en el trono de Moctezuma a un Príncipe de la Casa de Borbón, conforme a los tratados de Córdoba, que el mismo Iturbide había aprobado y que después fueron nulificados por la Nación.

* ‚ÄúFue la constituci√≥n de 1824 una transacci√≥n entre el progreso y el retroceso, que lejos de ser la base de una paz estable y de una verdadera libertad para la naci√≥n, fue semillero fecundo y constante de las convulsiones incesantes que ha sufrido la Rep√ļblica, y que sufrir√° todav√≠a mientras que la sociedad no recobre su nivel, haci√©ndose efectiva la igualdad de derechos y obligaciones entre todos los ciudadanos y entre todos los hombres que pisen territorio nacional, sin privilegios, sin fueros, sin monopolios y sin¬† odiosas distinciones; mientras no desaparezcan los tratados que existen entre M√©xico y las potencias extranjeras; tratados que son in√ļtiles una vez que la suprema ley de la Rep√ļblica sea el respeto inviolable y sagrado de los hombres y los pueblos, sean quienes fueren con tal de que se respeten los derechos de M√©xico, a sus autoridades y a sus leyes; mientras finalmente que en la Rep√ļblica no haya m√°s que una sola y √ļnica autoridad: la autoridad civil del modo que lo determine la voluntad nacional sin Religi√≥n del Estado y desapareciendo los poderes militares y eclesi√°stico, como entidades pol√≠ticas que la fuerza, la ambici√≥n y el abuso han puesto enfrente del poder supremo de la Sociedad usurp√°ndole sus fueros y prerrogativas y subaltern√°ndolo a sus caprichos.

* ‚ÄúMe ocupe en trabajar la ley de administraci√≥n de Justicia (‚Ķ) Imperfecta como era esta ley, se recibi√≥ con grande entusiasmo por el Partido Progresista; fue la chispa que produjo el incendio de la Reforma que m√°s adelante consumi√≥ el carcomido edificio de los abusos y preocupaciones; fue, en fin, el cartel de desaf√≠o que se arroj√≥ a las clases privilegiadas y que el General Comonfort y todos los dem√°s, por falta de convicciones en los principios de la revoluci√≥n (de Ayutla), o por conveniencias personales, quer√≠an detener el curso de aquella, transigiendo con las exigencias del pasado, fueron obligados a sostener arrastrados a su pesar por el brazo omnipotente de la opini√≥n p√ļblica. Sin embargo, los privilegiados redoblaron sus trabajos para separar del mando al General √Ālvarez. Hab√≠a muchos que aparec√≠an en el Partido Liberal como los m√°s ac√©rrimos defensores de los principios de la revoluci√≥n; pero que despu√©s han cometido vergonzosa defecciones pas√°ndose a las filas de los Retr√≥grados y de los traidores a la Patria. Es que unos y otros estaban mal definidos y se hab√≠an equivocado en las elecci√≥n de sus puestos.

* ‚ÄúEra costumbre autorizada por la ley en Oaxaca, lo mismo que en los dem√°s estados de la Rep√ļblica, que cuando tomaba posesi√≥n el Gobernador, √©ste concurr√≠a con todas la dem√°s autoridades al Te Deum se cantaba en la Catedral, a cuya puerta principal sal√≠an a recibirlo los Can√≥nigos; pero en esta vez ya el clero hac√≠a una guerra abierta a la autoridad civil, muy especialmente a mi por la ley de administraci√≥n de justicia que exped√≠ el 23 de Noviembre de 1955, y (el clero)¬† consideraba a los gobernadores como herejes y excomulgados. Los can√≥nigos de Oaxaca aprovecharon el incidente de mi posesi√≥n para promover un esc√°ndalo. Proyectaron cerrar las puertas de la iglesia para no recibirme, con la siniestra mira de comprometerme a usar de la fuerza mandando abrir las puertas con la polic√≠a armada y aprehender a los Can√≥nigos para que mi administraci√≥n se inaugurase con un acto de violencia o con un mot√≠n si el pueblo a quien deb√≠an presentarse los aprehendidos como m√°rtires, tomaba parte de su defensa. Aunque contaba yo con fuerzas suficientes para hacerme respetar procediendo contra los sediciosos y la ley a√ļn vigente sobre el ceremonial de los Gobernadores me autorizaba a obrar de esta manera, resolv√≠, sin embargo, omitir el Te Deum, no por temor a los Can√≥nigos, sino por la convicci√≥n que ten√≠a de que los gobernantes de la sociedad civil no deben asistir tomo tales a ninguna ceremonia eclesi√°stica, si bien como hombres pueden ir a los templos a practicar los actos de devoci√≥n que su religi√≥n les dicte (‚Ķ) A prop√≥sito de malas costumbres, hab√≠a otras que s√≥lo serv√≠an para satisfacer la vanidad y la ostentaci√≥n de los gobernantes, como la de tener guardias de fuerza armada en sus casas y de llevar en la funciones p√ļblicas sombreros de una forma especial.

* ‚ÄúTengo la persuasi√≥n de que la respetabilidad del gobernante viene de la ley y de un recto proceder y no de trajes ni de aparatos militares propios s√≥lo para los reyes de teatro‚ÄĚ.

Hombre de altura inoxidable

Ese era, es, el Ju√°rez fundido en bronce por el Sol en las agrestes monta√Īas y las hondonadas de Oaxaca, hecho acero y m√°rmol en plazas y alamedas de M√©xico, y noble y latente inspiraci√≥n en las cabezas de quienes piensan en que la restauraci√≥n de la Rep√ļblica es posible. ¬°18 de julio no se olvida!

Justo Sierra:‚Ķ Todav√≠a ser√° turbada la paz del reposo augusto, que ganaste bien, perenne batallador; pero no podr√° nadie arrancar tu nombre del alma del pueblo, ni remover tus huesos en tu sepulcro; para llegar a ellos, ser√° necesario antes hacer pedazos la sagrada bandera de la Rep√ļblica que te envuelve y te guarda:


More articles by this author

Urge restaurar el Estado constitucionalUrge restaurar el Estado constitucional
  Urge restaurar el Estado constitucional Abraham Garc√≠a Ibarra SI LE QUITAMOS algunas...
Friedman sigue hospedado en Palacio NacionalFriedman sigue hospedado en Palacio Nacional
  Friedman sigue hospedado en Palacio Nacional Abraham Garc√≠a Ibarra   CONSTA, en los...
Comentarios (0)Add Comment
Escribir comentario
 
 
corto | largo
 

busy
¬ŅQui√©n est√° en l√≠nea?
Tenemos 177 invitados conectado(s)
Tenemos visitas de:

224
Banner
273 Suplemento
Banner
407
Banner
406
Banner
405
Banner
404
Banner
403
Banner
402
Banner
401
Banner
400
Banner
399
Banner