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EDITORIAL

Fútbol como

doctrina calderoniana

Como no son seres idóneos para los fines de la mercadotecnia, poco sabemos del hacer de millones de mexicanos que auténticamente aprecian el deporte y lo practican o lo aconsejan como soporte y nutriente del espíritu. Sí sabemos hasta el hartazgo, en cambio, de aquellos que hacen del fútbol espectáculo-negocio-vandalismo. De esto se encargan quienes, desde las empresas privadas, particularmente televisivas, e instituciones supuestamente de asistencia pública, hacen de esa actividad una rentable división mercantil como propietarias de clubes, fabricantes de “estrellas”, facturadoras de publicidad y franquiciarias del corretaje de apuestas dinerarias, un nuevo nicho para el lavado de dinero.

 

Desde meses antes, años incluso, de cada Mundial de fútbol, en México como en el resto del mundo se desencadena una libertina e intensa campaña manipulativa de amplios segmentos del lumpen urbano, sobre cuyos instintos se depositan y enervan desde las más ramplonas hasta las más detestables, por violentas, reacciones de patrioterismo, cuyo catalizador son los símbolos y colores patrios, ahora con la coartada del bicentenario de la Independencia.

 

Ya en el curso del calendario de los partidos en los que participa el seleccionado mexicano, como lo hemos visto en días de junio, la histeria organizada es lanzada a las plazas públicas y a las calles, principalmente a la avenida de la Reforma de la ciudad de México, en donde la columna del Ángel de la Independencia es convertida en santuario para que bandas de salvajes porros den rienda suelta a sus destructivas pasiones, finalmente frustradas, que son presentadas en las pantallas de la televisión como demostraciones de júbilo solidario; no como las de aquellas otras marchas y mítines de movimientos sociales que sólo merecen mención por el caos vial que provocan y “los daños” al comercio metropolitano.

 

 

editorial

 

No son sólo los poderes fácticos que planean la agenda futbolera y se quedan con el santo y la limosna, los interesados en ese desmadre esquizofrénico. A fin de cuentas, su objetivo, ampliamente satisfecho, es la ganancia económica monda y lironda. Es también el sedicente poder público el que pretende beneficiarse con la alienación popular, desviando la atención, aunque sea transitoriamente, de los problemas existenciales que acongojan a la sociedad. El propio ocupante de Los Pinos muda la banda presidencial por la verde y declina las responsabilidades más graves de su mandato para poner en asueto a la alta burocracia, a fin de que se constituya en porra de larga distancia de la deportivamente improductiva selección.

 

Que corporaciones privadas hinchen sus estados de cuenta con los rendimientos de un enajenante espectáculo en el que los primeros desplazados son precisamente los actores de recientes hazañas mundiales (campeonísimos, les llaman en ladridos perrunos), vale según las reglas del mercado. Muy otra es la explicación del móvil de los detentadores del poder político, dicho por Alfred Crovoza y Thomas Leithauser en la presentación de El fútbol como ideología, de Gerhard Vinnai:

 

Dichos eventos son parte constituyente de un sistema que apatiza, manipulea y fragmenta cada vez más a las masas dependientes, al punto de que éstas apenas parecen aún hallarse en condiciones de iniciar movimientos emancipatorios en cuanto procesos de aprendizaje colectivos y conscientes de clase. A nuestro parecer, en los países industriales altamente desarrollados del capitalismo tardío se torna cada vez más perentoria la necesidad de perfeccionar las estrategias socialistas clásicas de expropiación y socialización por estrategias de comunicación; vale decir por estrategias de la reforma de la conciencia (Marx) y de revolución de las formas de trato burgués…”.

El autor del ensayo citado recuerda que el movimiento deportivo en la República de Weimar, cuyos dirigente llamaban a la guerra el más hermoso de los deportes, se pasó con las banderas desplegadas al fascismo. Uno de sus ideólogos, Eduard Spranger, filosofaba sobre  una cultura física inteligente como servicio que se presta a todo el pueblo, pero… “esta obligación es también con el Estado”. El eterno espartanismo de Spranger, “sin el cual el mundo simplemente no puede andar”, dice Vinnai, se preocupó en este sentido, “bajo la dirección de los camisas pardas, del acierto del dicho de Ernst Bloch: ‘Los ejercicios físicos sin los mentales significaron que quien comenzó como pendenciero, terminó siendo carne de cañón’.

 

Esa es la perversa doctrina con la que, por lo que se ve, Felipe Calderón pretende regenerar el Estado fallido. Pero si su instrumento estratégico es el fútbol “a la mexicana”, sería oportuno que sus consejeros áulicos vayan buscando una herramienta alternativa después del Mundial, cuando la hora de la verdad resuena sobre la realidad nacional. Recordar nomás: Todas las horas hieren; la última es la que mata.

 

 

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