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Democracia que no da para comer,

no es democracia

Con su histriónico estilo declamador, en uno de tantos encuentros internacionales de jefes de Estado y de gobierno, el presidente venezolano Hugo Chávez la soltó de este tamaño: Los líderes políticos andamos de cumbre en cumbre, mientras que nuestros pueblos andan de abismo en abismo. Esta vez, en plácidos balnearios de la Riviera Maya, Chávez proclamó: Los latinoamericanos no son un coro arrodillado, “subordinado de Washington”.

Tono triunfalista, el del venezolano, no es ahora la voz del solitario en “el concierto de las naciones”, buscando el liderazgo de la región. Otros 32 gobernantes del hemisferio suscribieron la iniciativa que pretendería dar vida a un organismo multinacional a salvo del tutelaje de los Estados Unidos y Canadá, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños. Si los nostálgicos asumen que se recicla el discurso antiimperialista, vale poner el uso entre corchetes, habida cuenta que una nueva realidad planetaria, emergida de la crisis económica mundial, prima las relaciones internacionales en las que, frente al reciente supuesto de la unipolaridad de los Estados Unidos, bloques regionales variopintos hacen por dejar atrás el aislamiento nacionalista como generador de autarquías. Pero el coloso no duerme en sus laureles.

 

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No resulta apropiado adelantar vísperas, toda vez que el proceso impulsor de ese acuerdo hemisférico tiene que pasar por fases organizativas en 2011 y 2012 -Caracas y Santiago de Chile, respectivamente-, lapso en que los reacomodos electorales de algunos gobiernos en la geometría político-ideológica puede realinear a países suscriptores, pero el hecho de que la tentativa surja cuando repúblicas latinoamericanas conmemoran el bicentenario de su independencia, es un dato políticamente alentador.

Sin desdoro para los participantes en dicha “cumbre, no nos parece grosero emplear la figura aquella de que, cuando el gato está ausente, los ratones se ponen de fiesta, pues ilustra bien sobre la atmósfera que campeó en aquella costa mexicana, no sin rispideces, ciertamente. Sin embargo, el hecho de que particularmente la representación de los Estados Unidos haya sido excluida del evento, obliga a la alerta máxima, tomando en consideración el papel de perdonavidas que en otra regiones del planeta el presidente Obama le ha asignado a su jefa del Departamento de Estado, Hillary Clinton; instancia que, dicho sea de paso, se está ofreciendo como mediadora en el amago de crisis que enfrenta a Argentina con Gran Bretaña por la soberanía de las Islas Malvinas, tema que fue introducido en la agenda de los mandatarios reunidos en la Riviera Maya.

Como sea, los resultados de la “cumbre” confirman dos percepciones de suyo trascendentales: 1) que la Organización de Estados Americanos (OEA), en un tiempo reputada como ministerio de colonias de los Estados Unidos en función de un falso panamericanismo ideado por la Casa Blanca, ha dado de sí como instancia de negociación continental, y 2) que un histórico esfuerzo de unificación y defensa de América Latina y el Caribe frente al asedio extranjero, en el que México acreditó una diplomacia solidaria con el sur, ha recobrado su continuidad bajo los mejores auspicios.

Con independencia de las humanas tentaciones que empujarían a algunos de los actores de la “cumbre” a nominarse al Premio Nobel de la Paz o a la Secretaría General de la ONU, no deja de ser estimulante la voluntad conciliatoria que primó al final de las jornadas, tope en los exabruptos intercambiados por el presidente de Colombia, Álvaro Uribe y el propio Chávez, y que, casualmente, fueron allanados por Raúl Castro, presidente de Cuba, nación sobre la que aún pesa la proscripción de la OEA, instigada por Washington.

Silenciadas las fanfarrias del trópico, el desafío que queda latente para los presidentes firmantes del nuevo acuerdo, es qué es deseable y posible hacer con los pueblos que, ajenos a protocolos de la diplomacia continental, andan, como dijo Chávez alguna vez, de abismo en abismo. Cómo hacer que un resultado de democracia política en la cúspide de los iluminados, aterrice en democracia económica para el llano, donde sollozan y mueren las comunidades menos favorecidas.

 

La cuestión es más que ingente ya que, sobre las seculares estructuras de la desigualdad, la última crisis del sistema mercantilista ha agregado su nueva cuota al universo de parias que ambulan por el continente. Democracia que no da para comer, no es democracia, según interpretación libre que podemos hacer de las más recientes evaluaciones de la ONU en América Latina, según las cuales los pueblos preferirían una dictadura popular, equilibradora, a los gobiernos emanados de las urnas, enchufados al modelo neoliberal.  Preciso es que, la carta de navegación que se han dado los líderes políticos de la región, se traduzca en declaración de principios de la segunda independencia de nuestra madre América que alance, por fin, a los condenados de la Tierra.
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