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   ENTRE LAS MEDALLAS DE cobre conquistadas por el Partido Acción Nacional (PAN) durante sus primeros cien meses de ocupación  de Los Pinos está, en primer término, la del campeonato en ineptitud, revalidado a partir de 2006, a la que en el transcurso se han agregado diversos records mundiales en innumerables disciplinas, llámense culturales, económicas o sociales.

Existe, sin embargo, un liderato en el que el PAN ha resultado imbatible desde su fundación en 1939: El de un verbalismo procaz en el que el panismo ha instituido la diatriba y la insolencia como ruines armas  contra sus adversarios políticos, lo mismo si están en el poder que en la oposición.

Conviene, en abono a los padres fundadores del PAN, hacer una obligada distinción: éstos, poseedores de una cultura general que incluso les permitió producir pensamiento político y sociológico, usaron públicamente -en la lucha de los contrarios- la sátira política con cierto grado de elegancia y eficacia que hicieron a sus destinatarios morder el polvo del ridículo.

Hacia la década de los ochenta del siglo pasado, con el arribo del neopanismo, cuya expresión más enervada fueron Los bárbaros del norte, las bocas de ganso de ese partido se refugiaron en la clandestinidad para, desde ahí, generar, no un discurso, sino una exclamatoria soez, tope en lo cual el último ideólogo de esa formación partidista, el difunto Carlos Castillo Peraza, reputado como mentor ideológico de Felipe Calderón Hinojosa, no escatimó la calificación de victoria cultural a la lograda por el PAN con su ascenso electoral.

En el degradado y degradante tránsito de la moralidad a toda costa al relativismo moral, y de éste a la galopante inmoralidad política, el PAN se hizo eco de la cerril e injuriosa ignorancia de Vicente Fox Quesada, y llegó a pensarse -al menos los militantes históricos lo pensaron- que, en ese aspecto, en el sexenio pasado el partido había tocado fondo en su miseria intelectual. Pero faltaba aún que llegara a la jefatura nacional Germán Martínez Cázares para convencer de que aquella percepción, o esperanza más bien, era ilusoria.

Martínez Cázares viene de la subcultura parlamentaria que consagró los arreglos legislativos en lo oscurito de la entonces diputada y coordinadora priista Elba Esther Gordillo Morales (2003), quien, en la hora de la ruptura, de sus correligionarios partidistas más conspicuos solía decir que operaban desde los sótanos y las cloacas de la política. Como lo informa la conseja popular, el alumno ha superado ahora a su maestra, producto ella misma de las más inmundas ciénegas.

Con los antecedentes anotados (el hilo conductor de esa cafre-cultura del subdesarrollo político puede documentarse con creces en el órgano oficial del PAN, La Nación, o en los volanteos de campaña electoral), resulta ocioso culpar a los asesores mercadotécnicos extranjeros -sean gringos o gachupines- de la autodegradación del partido. Si acaso, éstos sólo pusieron al día la utilización de la propaganda negra patentada por los regímenes fascistas para denigrar al adversario, al que elevaron para sus aviesos fines al rango de enemigo.

Por supuesto, el empleo de la guerra sucia no es privativo del actual jefe nacional del PAN. Se le personaliza, porque es la representación de una formación que gustaba ser identificada como “el partido de la gente decente” y porque, sobre todo, es el partido en el poder. Cuando el PAN creía poseer el monopolio de la oposición, en cada proceso electoral reclamaba por sistema al presidente de la República en turno, priista desde luego, no hacer uso sectario, faccioso, abusivo pues, de una investidura instituida para el gobierno de “todos los mexicanos”, sin distinción de clase, credo o partido. Hoy, del otro lado de la mesa, el PAN echa mano de todos los recursos más innobles, ahora potenciados por la tecnología mediática, para perpetuarse a la mala en el poder, tan cuestionado desde su origen que sus detractores lo sustancian en una sola palabra: usurpación.

Es obvio, que cualquier exigencia de rectificación resulta ingenua, habida cuenta que partidos y autoridad electoral, administrativa o judicial, forman parte de un mismo entramado que tiene a la democracia por mera coartada. Eso no obsta para dejar constancia de un fenómeno de corrupción que parece haber llegado para quedarse. ¿Con qué cara se pide, entonces, que el ciudadano del llano hipoteque su confianza participando en la organización de las elecciones o emitiendo el sufragio, si los resultados finales se dejan sellados en paquetes blindados por un secreto más inescrutable que el bancario o fiduciario, bajo el cual se pretende encubrir todo el inventario de bellaquerías perpetradas desde el poder público?        


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