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editorial

México ante el vacío de poder

DESDE QUE EL salinato tomó por asalto el poder político  y los tecnoburócratas clamaron por que se tomara a título de fe su supuesta excelencia en el ejercicio de sus disciplinas economicistas en la gestión del Estado mexicano -habida cuenta los dudosos pergaminos que les otorgaron universidades estadunidenses-, se hicieron evidentes sus pretensiones de infalibilidad. No fue casual, entonces, que, obnubilado por los masajes al ego que le aplicaban durante su estancia en Los Pinos sus aduladores, a la pregunta inducida sobre si creía haber cometido errores en el transcurso de su administración, Vicente Fox Quesada respondiera impávido: “¡Ninguno!”.

editorial Instalados, pues, en sus poltronas e inaccesibles torres inalámbricas, esos tecnoburócratas, levitando en las cumbres del poder donde los aires enrarecidos provocan serios vértigos,  se obcecaron en su resistencia contra la serena conseja  que advierte que “conocimiento no es sabiduría”. La alienación les hizo renunciar a la autocrítica de sus propios actos, para transformarla en crítica a los de los demás: a los que creían, ingenuamente, que, en un sistema medianamente democrático, sus disidencias debían de ser escuchadas y tomadas en cuenta.

Atrapado también por el síndrome de la infalibilidad -cuestionada ya incluso en el propio pontífice romano-, el presidente Felipe Calderón opta igualmente por asumir la posición del avestruz frente a los grandes problemas nacionales e internacionales, y en últimas fechas, sobre todo al divulgarse su adhesión a la cesión de soberanía del gobierno  de Colombia para que los Estados Unidos operen bases militares en territorio colombiano, le ha dado por exigir objetividad a los medios de comunicación, primero, y a los mexicanos todos más tarde. “Hablar con objetividad”, les demandó a los compatriotas, “de las cosas buenas que tiene México; hablar con ponderación de las ventajas que sí ofrece nuestro país y no (de la impresión en el exterior) de que aquí hay un enorme caos y una enorme inseguridad: que la gente sufre los efectos de la violencia”. Nótese que “México” y “el país” se adoptan como figuras de transferencia de los señalamientos que, en primera y última lectura, se hacen a la ineficacia presidencial.

La fascista tentación de implantar el pensamiento único, que con tanta abyección cultivan sobre todo los sovietizados medios electrónicos, con excepciones que confirman la regla, se agigantó casualmente cuando -por un lado- organizaciones de la sociedad civil hicieron un sombrío balance de los resultados del primer año de los Acuerdos para la Seguridad Pública, la Legalidad y Justicia suscritos en Palacio Nacional por el propio Presidente; y -de otro lado-, cuando conspicuos agentes del Estado y miembros del gabinete presidencial mismo, reconocieron los brutales impactos que el histórico shock que resiente la economía ha descargado sobre la sociedad mexicana.

No obstante sus repetidos llamados al diálogo a las fuerzas políticas y sociales, es el caso que, en cada solitario, cotidiano y cada vez más desesperado monólogo, el michoacano invoca el principio de objetividad como obligación del otro y no deber de sí mismo. Dicho en términos rancheros, que “la voluntad de Dios se cumpla en los bueyes de mi compadre”. No es ese, por supuesto, el mejor argumento para una interlocución plural en la lucha de los contrarios que permita construir los consensos mínimos para encontrar las soluciones idóneas, que no simples salidas coyunturales, a los enormes desafíos estructurales de la realidad nacional. Así no funcionan las cosas en una deseada democracia.

De ese trágico y peligroso aislamiento presidencial y del cada quien se rasque con sus propias uñas de los partidos frente a la necesaria e impostergable unidad de acción, viene que, otra vez, la ocasión de la instalación de la nueva legislatura federal y del tercer informe de Gobierno,  el tema de la comparecencia del Presidente en la sesión de Congreso General se convierta en juego diversionista que, como ha ocurrido en anteriores ocasiones, a nada constructivo conduce, si no es que a la exhibición de la indolencia y la frivolidad de los legisladores federales, capaces de reformar la Constitución, pero no su propia Ley Orgánica, para esa agenda que tiene como leitmotiv conocer desde el poder el estado que guarda la administración pública, que no es, ciertamente, dicho de una vez, el más esperanzador para la República.

Si cada quien, como estatua de sal, en su soberbia atalaya o en su mezquino cubículo,  permanece subyugado frente al espejo negro de Tezcatlipoca, México seguirá anclado en la parálisis y se confirmará, como ya lo diagnostican algunos analistas políticos, que por primera vez en casi tres cuartos de siglo, se da el fenómeno de un Presidente de la República que agota su mandato en tres años, y no en un sexenio como lo establece la Constitución. De ello se desprende la más plástica de las estampas: La del vacío de poder. Que siempre encuentra aventureros dispuestos a llenarlo. Grave cuestión.

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