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   HACIA 2000, cuando el PRI perdió la presidencia de México, los publicistas de la “transición democrática” se entusiasmaron tanto que algunos de ellos empezaron a hablar de metapolítica; esto es, después o más allá de la política, suponemos que para significar la República ideal, de la que el ciudadano idealizado fuera la figura señera.

   De acuerdo con el sentido de esa desmesurada proposición, la nueva era se había iniciado en 1997 en que el PRI -que para entonces había entregado ya porciones territoriales en los estados al dominio de la oposición, especialmente al PAN- perdió el Distrito Federal y en el Congreso de la Unión quedó en equilibrio catastrófico. En 2000, con la derrota presidencial del PRI “en elecciones legales, competidas y libres”, según aquellos teóricos, se habría producido la ruptura histórica con el viejo régimen y se confirmaría la etapa de gobiernos divididos en los que, por fin, operarían los contrapesos al poder autoritario. La democracia brillaría en México con todo su esplendor, pues no sería posible gobernar sin consensos, ese neologismo incorporado al código sociopolítico mexicano.

   Son, precisamente, algunos de aquellos postulantes de la transición democrática y de la metapolítica -a la sazón convertidos en los analistas de cada proceso electoral en los medios electrónicos de preferencia- los que ahora se exhiben no sólo asombrados, sino francamente irritados por el retorno del PRI a la Cámara de Diputados federal y a varias gobernaciones estatales. Para el ciego, diría el clásico, “todas las cosas son súbitas”.

   Lo que ocurre, en estricto rigor, es que ciertos arraigados prejuicios les impidieron, a esos llamados politólogos, distinguir entre lo que ha sido el priismo histórico -el de las bases sociales y clientelares- y la burocracia centralista del PRI, y dejaron de lado el hecho de que, aun con la presidencia y la mayoría automática en el Poder Legislativo perdidas, el partido conservaba sus estructuras y su hegemonía en la mayoría de las entidades federativas.

   Del “retorno de los brujos” hablan ahora esos sedicentes y  desconcertados analistas. Retorna quien se ha ido y no es el caso para el proceso culminante el pasado 5 de julio. Si uno analiza los directorios del PRI, caerá en cuenta de que los altos mandos de este instituto iniciaron su trayectoria política en el mismo desde los años setenta; en la actual bancada priista del Senado y en la lista de candidatos triunfantes a la Cámara de Diputados de la próxima LI Legislatura federal se observan las mismas biografías. Todavía, en la elección de la dirigencia nacional del partido a principios de este siglo, una ex presidenta del CEN y actual senadora denunció que el triunfo de la planilla victoriosa fue producto “de la delincuencia organizada”.

   La hostil reacción antipriista de estos días nos recuerda a la de 1991 cuando, después del fraude electoral de 1988 y el surgimiento de una oposición parlamentaria que se creía consolidada de una vez y para siempre -lo que incitó a cantar responsos al PRI-, “sorpresivamente” el partido recuperó el terreno perdido, tendencia que conservó su curva en 1994, año del “voto del miedo”. No pocos de los miembros de las tres cámaras de diputados que se formaron en esa etapa, atrapados en un obsceno pragmatismo siguieron en el Congreso de la Unión o transitaron hacia puestos de dirigencia partidista, en las legislaturas o gobiernos estatales y municipales,   y acaban de pasar la nueva prueba el 5 de julio. No ha habido, pues, circulación de las élites en ese circuito cerrado de la oligarquía partidista.

   Si hacemos referencia al periodo abierto en 1988, la hacemos para subrayar que en el Poder Legislativo federal han venido actuando los mismos que dieron sus votos para validar las (contra) “reformas estructurales” que, con la revisión de la Constitución y la aprobación de leyes aleatorias, consagraron los dogmas neoliberales y, con el desmantelamiento del Estado, postraron a la sociedad mexicana al grado de transformarla en una generación de parias que, excluidos y desesperanzados, viven en la actual reproducción de un régimen semifeudal continuado por el PAN.

   “Nos dieron un nuevo chance”, dicen que dijo, eufórica, la actual dirigente nacional del PRI, que en no pocos casos el 5 de julio asistió a las urnas de la mano del populismo de derechas (pena de muerte, vales “patito” al portador para supuestamente cobrar servicios obligatorios del Estado, etcétera) encarnado por el Partido Verde Ecologista de México, o de la cacique sindical del magisterio que nominalmente fue echada del partido hace apenas unos años.

   ¿Un nuevo chance para qué? Para decirlo coloquialmente, árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza. A no ser que la nueva oportunidad sea para cobrar las descomunales dietas legislativas, no hay otra explicación al regocijo priista. Lo demás son vueltas a la noria.

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