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Árbitro o político

 

EDUARDO LÓPEZ BETANCOURT

 

Mucha gente afirma que los políticos en México son jactanciosos, iletrados, presuntuosos, inaccesibles y descuidados a más no poder. Sin duda existen excepciones, pero por lo general se trata de seres innobles y execrables. Lo peor es que, entre más encumbrados estén, empeora la situación. Hay casos concretos, como el de un panista inexperto que ansía llegar a Los Pinos: Anda por ahí sintiéndose soñado, cuando no pasa de simple merolico de esquina. Otro personaje siniestro, es una mujer ominosa que fracasó en la Secretaria de Educación Pública y ahora quiere ser presidenta ¡Vaya descaro!

 

Aunado a lo anterior, resulta afrentosa la incultura que exhiben todos los denominados presidenciables ¡No han leído un sólo libro en su vida! Pero, eso sí, aparecen en las cámaras de televisión bien peinaditos, presumiendo de cultos, lo cual vimos no es así.

 

Un sector coincidente de la población asevera que los políticos y los árbitros mexicanos tienen mucho en común: Son cínicos y venales. Claro ejemplo en el arbitraje es un uruguayo nacionalizado mexicano de apellido Codesal, individuo que tiene como penoso antecedente la final de la Copa del Mundo de 1990, en Roma, Italia, donde inventó un penalti en contra de la selección argentina, dándole descaradamente el triunfo a Alemania.

 

De forma increíble, el tal Codesal vino a nuestra patria y se volvió director de los silbantes aztecas, teniendo como el mejor de sus discípulos, a un ente avieso al que apodan chiquidrácula, sujeto de pelo relamido cuya inmoralidad brilla a leguas, a quien sin más le pusieron a arbitrar la final de la primera división del fútbol nacional, entre los equipos Santos de Torreón y Tigres de de la UANL. El turbio chiquimarco, como también le llaman, a los pocos minutos de iniciado el cotejo, siguiendo las lecciones de su maestro Codesal, se “sacó de la manga” un penalti contra el Santos; además expulsó a su portero. En ese momento se acabó el partido, el público que pagó buena cantidad de dinero para ver un espectáculo completo, fue defraudado y salió decepcionado.

 

Todo por el protagonismo de un impresentable tipejo, quien inclusive llegó al ridículo de sacar al mismo tiempo dos tarjetas amarillas usando ambas manos a diferentes jugadores, algo que aparte de confundir a todo mundo, demuestra el protagonismo del árbitro, ya que ningún colegiado serio y profesional lo hace. Muchos se preguntan ¿cuánto cobraría por su deshonestidad el chiquidrácula?

2

Es obvio que uno de los deportes con mayor número de injusticias es el fútbol soccer, donde lo más lamentable es darle el poder absoluto a un silbante inepto con nulo criterio, quien hace de las suyas decidiendo prácticamente qué equipo triunfará, ya que al quedarse un conjunto con 10 o menos hombres, le da amplias posibilidades de ganar a la oncena oponente.

 

Hoy en día el uso de la tecnología en el deporte es esencial, pero en el balompié  se rehúsan a utilizarla. Ayudaría mucho la revisión de una jugada para  confirmar si un gol es bueno o no, si es fuera de lugar u otra falta; además, debería evitarse la expulsión de jugadores, ya que eso afecta no sólo a la escuadra que sufre la pérdida, sino al aficionado que compra un boleto para ver un cotejo en igualdad de condiciones. Evidentemente, el elemento que se porta mal debe ser sancionado con severas multas o dejándolo varios partidos sin jugar, inclusive echándolo de inmediato del terreno de juego, pero debiendo entrar en su lugar un suplente, algo imprescindible y fundamental para que el encuentro se lleve con justicia y no se arruine el espectáculo.

 

Tanto en la política como en el fútbol se reclaman cambios preponderantes; en ambos rubros se necesita la modernización, buscando a toda costa la honestidad, de lo contrario, en esas dos actividades seguirá presentándose de manera vergonzante la inmoralidad.

 

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