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editorial

Naufragio en

la ruina moral

Conforme entran a la etapa de definición -y evidentemente en la ruta de colisión- las candidaturas presidenciales para 2012, la atmósfera sucesoria se ensombrece en grado tal que parece retrotraer la formación de los poderes públicos a la época de las tres primeras décadas del siglo XX, en que la Presidencia de México estuvo estigmatizada por el crimen de Estado. Los nombres de Madero, Carranza, Serrano, Obregón, etcétera, lejos de significar dolorosos y denigrantes episodios históricos sellados, cabalgan de nuevo como presagio del retorno a la era del orangután.

 

El tránsito del feroz caudillismo al régimen de instituciones y de leyes; de éste a la institución del sistema de partidos y en su momento más promisorio a la apertura hacia la ciudadanización de los procesos electivos, parece desandado por quienes han hecho de la política un toma y daca de intereses cupulares bastardos, en el que lo que menos cuenta es el votante como individuo y como ser colectivo: Pueblo.

 

Todo un proceso de legislación impulsado por las cabezas más lúcidas que aprendieron de los errores del pasado, pretendiendo no volver a repetirlos; todo un esfuerzo de organización e insurgencia de masas que conspiraron para desalentar afanes autoritarios y desarmar vocaciones dictatoriales, entraron desde hace poco más de dos décadas a una etapa de regresión, para imponer de nuevo la centenaria exigencia de sufragio efectivo no reelección.

 

En ese aciago ciclo, pasamos de las candidaturas predeterminadas por el índice presidencial, al modelo de una convenenciera democracia contratada entre las oligarquías partidistas y la plutocracia privada, fundada en la simulación, que, sin embargo, garantizaba una dosis razonable de gobernabilidad, echada por la borda por los gobiernos de alternancia que no supieron guiar una incipiente apertura a la esperada y deseable transición.

toon

Que hasta personeros del partido en y del poder clamen porque la convivencia entre los mexicanos se sustente en la inteligencia y no en las balas, habla por si solo del retroceso institucional en que chapotea el régimen electoral, que caducó antes de alcanzar su etapa culminante de la que se esperaba el surgimiento de un modelo superior en el que el mexicano pudiera enorgullecerse, más que de su condición de votante, de la de protagonista político de pleno derecho.

 

La res pública de la que hablaban con toda propiedad los tratadistas del Derecho, ha sido reducida por los usufructuarios de la partidocracia a su sentido zoológico, que no tiene más destino que el matadero. Dicho en palabras del fundador del Partido Acción Nacional, don Manuel Gómez Morín, en México no hay política, sino escatología o teratología: “No el noble entendimiento o la pugna de hombres por afanes humanos, sino enfangamiento de corrupción, de ignorancia y de pasiones, o manifestación de monstruosos y diformes fenómenos colectivos”.

 

Más que un contrasentido, es una traición a los valores fundacionales de un partido -y a México- que esos monstruosos fenómenos colectivos sean el santo y seña del gobierno que se encumbró proponiendo como solución a un régimen depravado, la del humanismo político. Lo peor en nuestras actuales circunstancias, es que las opciones que se ofrecen a la sociedad mexicana no son mejores. Militantes en la teoría del caos, todos, o casi todos, se comportan como pescadores a río revuelto. ¿Democracia? Que va: Kakistrocracia.

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