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Herida sin cicatriz el 68 numera

 

(Para Alejandro López Mejía,

un Pascual cooperativo y dialéctico

que sigue aunque ya no esté)

 

Cómo el 68 enhebra datos memoriales a guisa de parvadas que lentamente descienden transmutadas en confeti: El general José Hernández Toledo, al frente de tanques de guerra e infantería es enviado a “defender la patria” contra los que se armaron sólo de talento y de consignas; el mismo militar -en otros temporales de azufrina resonancia- integrante de la iglesia de La Luz del Mundo, preparó una devotísima milicia fascista a los jerarcas de su secta, una copiosa y abnegada legión de guaruras pa´que entre rezo y disparo protegieran a los santos patrones sin aureola.

 

1

La iglesia de la Luz del Mundo.

 

Sus generales con grado y apelativo memoriosamente degradado

 

El macabro Gustavo Díaz Ordaz usó completitos sus generales con águilas y estrellas estrelladas, aparte de íntimos apelativos que la historia degradó. A su secretario de la Defensa Nacional, Marcelino García Barragán, gustábale en demasía rememorar la etapa en que fue gobernador de Jalisco (durante el sexenio de Manuel Ávila Camacho) cuando le tocó recibir en Guadalajara a Fulgencio Batista, quien en “aquellos endenantes” guajoloteramente henchía orgulloso el pectoral… al ser presentado en plazas y tribunas latinoamericanas, en calidad de prototipo y personificación de la democracia, pues desde la modestísima posición de sargento… convocó y fue seguido sin punto y aparte, por una población que derrocó un gobierno made in USA, sin adivinar que el convocador superaría en clon y clown lo derribado.

Don Marcelino era muy proclive a las evocaciones, por ejemplo, su estancia en el henriquismo donde participaron el general Múgica y el gran Rubén Jaramillo, junto a dos jóvenes defensores de derechos humanos a los que ninguna cartomanciana les pudo leer las cartas de un futuro cercanísimo, porque los naipes del destino se hallaban empapados de alcantarilla: ¡Arsenio Farell Cubillas! y ¡Mario Guerra Leal!, en efecto, traían mojadísima de cloaca la baraja que da lectura al devenir.

El divisionario García Barragán, asimismo, hacía reminiscencias, rascándose sus inquietas aguilitas de metal: El presidente Alemán ordenó a su secretario de Gobernación, Ángel Carvajal (padre de Gustavo Carvajal Moreno, presidente del Partido “Revolucionario” Institucional), sin happy end darle fin al henriquismo. Decenas y decenas de muertos, decenas y decenas de heridos, testificaron que don Ángel luciferino era un obediente pupilo de la institucionalidá.

 

LEA don Luis cómo sus siglas sangran

 

Otro chiqueadísimo morador de Bucareli fue Echeverría Álvarez, en cuanto se puso lucidor su arsenal de guayaberas. A mímicos manoteos de palomar, monologaba una añeja experiencia suya en la SEP, aunque se mostraba reacio a relatar su lapso de inquilino en Gobernación, y furibundo poníase si alguien le inquiría algo referente a la muerte piramidal en la plaza de las Tres Culturas, por cuyas escalinatas de juventud ascendería don Luis a la Presidencia.

LEA es uno de los paradigmas de los maeses de La Grilla, de él muchos aprendieron y aprehendieron los valiosos horarios del mutismo, y el “timing” exacto de destilar alabanzas… o de hundir con certeza la nada metafórica puñalada. Colmaba neblinas de vaho a sus espejuelos al charlar que fue secretario particular del general Rodolfo Sánchez Taboada, el mismito al que le achacan haber dirigido los pelotones ocultos en Chinameca aquel 10 de abril del 19, que contra el cuerpo del grandioso Zapata escupieron un diluvio de proyectiles.

 

2

Aquel inolvidable 1968, entre represión y olimpiada.

 

Don Luis echaba miraditas muy a lo alto al hablar de su rodolfiano impulsor en los trampolines del hueso, relataba el señor Echeverría cómo le sirvió de delfín a Sánchez Taboada desde que éste fue presidente del PRI, y también en su gubernatura en Baja California, y en la titularidad de Marina nombrado por Ruiz Cortines, y…

El señor Echeverría Álvarez se hizo charlista contumaz hasta conseguir -sin doble sentido- apoltronarse en la grandota, pues antes apenitas externaba monosílabos. Cuánta eficacia la suya en saber cuándo y cómo desenredar la papilosa y cuándo y cómo la espalda debe doblarse en lambiscona escuadra… o erguirla bien espigadita en majestá de cárnico monumento.

El presidente LEA no hacía mención del 2 de octubre, limitábase a recontar la forma en que desplazó a otro catedrático de Polakia, a uno de los que cabían a plenitud en el dedazo disparador de don Gustavo: Enrique Martínez, abuelo del nene Jorgito, accionista principal del Partido “Verde” S.A. de C.V.

Si a don Luis las circunstancias, por ejemplo la prensa foránea, lo forzaban a emitir comentarios acerca de la represión al movimiento estudiantil, de plano y a toda plana responsabilizaba a su predecesor, mientras se embolsaba las manos para no tentar interlocutores a una prueba de parafina.

Prefería el señor Echeverría poner el acento de su inapagable conversación, en retrotraer una añeja anécdota suya como oficial mayor de Educación Pública, en las dominadoras eras del dominó de Ruiz Cortines (cargo obtenido por recomendaciones de su padrinote Rodolfito), proclamándose LEA paladín de la libertá de expresión, al permitir la circulación de la novela Hombre, de Adela Palacios, que había sido censurada por burócratas de menor pedigrí. Lo que callaba el presidente Echeverría era que como titular de Gobernación -por órdenes del señor Díaz Ordaz- dispuso que los rancios señoritos de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística intentaran por diversas vías, incluida la penal, impedir la circulación de Los hijos de Sánchez, del estadounidense Oscar Lewis.

El más atento escucha del señor Echeverría era su súbdito predilecto, Augusto Gómez Villanueva, quien vestía idénticas guayaberas de “El Señor”, aunque eso sí, muy arrugaditas, paque comparado con su chief, éste luciera fresco y planchadito.

De su jefazo, don Augusto tampoco nada externaba del 68, mas le tupía con frenesí a la temática de la Revolución Mexicana, en especial la imagen de Zapata, sin añadir el involucramiento de Rodolfo Sánchez Taboada en el asesinato contra el inolvidable Miliano, ni cuál fue la causa para que el presidente Echeverría diese su aval -quizá hasta el mandato- de que en su gobierno se proyectara la película Lucio Vázquez, protagonizada por Antonio Aguilar, quien por cierto de tantos elogios de almíbar que prodigó a don Luis, por poco y lo hace diabético.

En la cinta Lucio Vázquez, cuya dirección correspondió a Mario Contreras y el papel del gran Zapata a Jaime Fernández, hay una escena previa al crimen en la Chinameca en que el “capitán Sánchez” recibe con honores a Emiliano Zapata Salazar y alueguito, a una señal de sable desenvainado… la tempestad aquélla de proyectiles aterriza en toda la humanidad del Caudillo del Sur. ¿Algún recóndito y freudiano agravio de don Luis versus don Rodolfo? ¿El grillesco reloj aquél de guardar la miel y hacer salir en su momento justo el amargor de una cuchillada?

 

Juez que consigna con signo $

 

El juez que -a consignación- desgajó un alud de cargos contra los presos políticos del 68 (¡qué de juventud encarcelada!) fue Eduardo Ferrer MacGregor, un obedientísimo jurisconsulto a los designios de cualquier autoridá que se hallara por encima de su escritorio, y con un tímpano en extremo aguzado a los tintineos de las monedas. Lo señalaron de orquestar aullidos coyoteros y etiquetar cara la “justicia”.

 

3

Díaz Ordaz, la eterna impunidad
presidencial

En esta cronicada remembranza de variados desprendimientos, otros jueces dan el mazazo de sus sentencias en los polvorientos confines de la memoria, si el juez Ferrer, dócil y cumplidito apedreaba lapidaciones desde su cantera de pomadoso leguleyo, antes Luis Chico Goerne, quien sería rector de UNAM, exoneró autoviudos que adujeran que asesinaron pa’evitar que el calcio engañador dejara sus sienes de perchero; o el juez estadounidense Edward Jones, quien con un vistazo lombrosiano juzgaba “delincuentes natos”; o el tabasqueño Tomás Garrido Canabal que, en su nada juiciosa era de juez, ordenó que todos los curas se matrimoniaran; o el juez francés de apellido Caveux que inventó piromanías a los heroicos comuneros de 1871; o José López Portillo que de juez de un distrito escaló hasta agenciarse todos los distritos… y todas las cajas chicas y grandotas; o el “jueceo” juarense y de otros lares que en acaecidos Retobos Emplumados han sido detallados…

Don Jelipe hizo recientes referencias contrarias a la” verdad legal” respecto a la “verdad real”, en quejumbre contra el juecerío. Nada más que en su pucheril desahogo no agregó que su actual puesto no se lo debe a la mera verdad, sino a la puritita legalidá.

 

4

Echeverría, las manos ejecutoras.

 

Qué distancia entre esos jueces y el juez cubano Manuel Urrutia, quien en 1957 absolvió procesados antibatistianos, argumentando en su resolutivo que los ciudadanos tienen Derecho y Constitución a combatir dictaduras. Don Manuel sería el primer presidente del triunfante movimiento castrista… y uno de lo primeros también en irse a Miami a empujones de pueblo, cuando intentó destituir al primer ministro Fidel Castro, sin entender que éste, más allá de cargos y encarguitos, a la Revolución simbolizaba.

1968 enumera sin cicatriz la herida y, de la sangre que gotea, se desprende del mundo un historial que siempre termina por comenzar.

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