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buhedera

 

Los hijos de puta

 

El libro se titula “Hacia una teoría general sobre los hijos de puta” (Tusquets, 2011), y se describe como “un acercamiento científico a los orígenes de la maldad”. El autor es Marcelino Cereijido, un científico de fuste (doctor en fisiología, investigador en el CINVESTAV del IPN), quien en “esta provocadora y lúcida investigación replantea una de las dudas existenciales más antiguas de la humanidad: ¿por qué existe el mal? Cereijido examina la hijoputez como ‘infamia universal’ (y encuentra que) el afán por causar daño al prójimo es mucho más que un comportamiento cultural o psicológico, y responde a pautas y patrones que permiten un estudio de la maldad desde un punto de vista biológico… Mucho más que el estudio de una ‘grosería’, este ensayo pone en el centro del debate un término que muchos ni siquiera se atreven a pronunciar.” Mi ejemplar quedó lleno de subrayados, anotaciones, y señalamientos como esta cita de Catalina A. Rotunno: “La escalera al poder es como la escalera a la infamia: en cada escalón se van dejando jirones de dignidad.” Entre docenas de espeluznantes ejemplos históricos de hijoputeces en todo el planeta y en todos los tiempos, Cereijido desliza comentarios no menos inquietantes como éste derivado de una obra de Dürrenmatt: “Tamizado por expertos, todos tenemos culpas suficientes como para ser condenaos  muerte.” Gulp, es cierto, todo lo que hace falta es un fiscal medianamente cabrón y muy minucioso, para mandar a la horca por “delincuente peligroso” al ciudadano más inofensivo de la comarca. O la referencia al pediatra mexicano Max Schein, quien en su libro El niño precolombino “recogió testimonios del trato monstruoso que las culturas mesoamericanas daban a sus niños; baste mencionar que solían enterrar un bebé vivo en los cimientos de sus casas en construcción, para propiciar la buena suerte.” Y si ahora nos horroriza la presencia, en las calles de algunas ciudades asiáticas (según la web), de cadáveres de bebés a los que nadie mira siquiera, Cereijido nos recuerda que: “William Langer señaló que en el siglo XVIII no era raro encontrar cadáveres de niños y bebés en las calles de o en los tiraderos de bosta de Londres y otras grandes ciudades.” La conclusión de Cereijido es tan críptica que te obliga a leer todo el libro anterior: “La hijoputez consiste en tomar un atributo biológico que nos permite sobrevivir ‘lícitamente’ y transformarlo en pechina perjudicial.”

 

El científico Marcelino Cereijido.

 

ENFERMERA GANGOSA

Sale la enfermera del quirófano y anuncia muy seria: “Famidiades ded señod Fednandez, se des infodma que ed señod ha muedto.” Se le acerca la esposa y grita: “¡No me joda!” Y le contesta la enfermera: "No me joda ni mejodó ni mejodadá. ¿No le digo que se mudió?”

 

¡UFFFFFFFFF!

Y yo que creí que esta súper-hiper-archi barrabasada era exclusiva de prófugos de la primaria. Acabo de leer en la página 4 de la edición del 2 de setiembre del periódico Publimetro (cuyo sudoko facilito no perdono jamás porque me hace creer inteligente, y cuyo crucigrama es el único que le gusta a mi madre), esta imperdonable aberración: “Cerrados los casinos, haber ahora donde venderá quesos Jonás Larrazábal.” Así, tal cual, sin acento en “donde” y, ¡abominación de abominaciones!, poniendo “haber” donde corresponde “a ver”. ¿Dónde están los correctores de estilo del periódico? Entiendo que las erratas son omnipresentes y siempre disculpables, ¿pero las abominaciones gramaticales de este tamaño?

 

14228446

Edificio del CINVESTAV del IPN

DE PASO

Me dice un paisa: “De Mazatlán a Teacapán es marcada la afinidad fonética a statu quo cuando decimos ¡Tate quieto! En cuanto a los hoteles de paso, aquí en Mazatlán ya hay algunos que anuncian su tarifa por hora, haya evento o no. Digo, cuando llega a fallar la pistola, ¿no?”

 

PUNTO G

Para todo aquellos hombres ignorantes que no saben nada de nada acerca de cómo satisfacer a una mujer, les informo que el punto G de la mujer es tremendamente efectivo para ello y está ubicado exactamente al final de la palabra shopping.

 

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