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retobos

 

Faunos extemporáneos

La vejez acentuada, lo que se denomina ancianidad tras celebrar 60 abriles de abanicar al mundo con la intimidad de los resuellos... no cancela la continuidad de la personal historia, menos aún, el dialéctico pecar indulgencias sobre un colchón.

 

No hay raboverde sino madurez inmarchitable en el meneo

Lo criticable del premier italiano y el titular del FMI, no es su envejecida cachondez, lo inaceptable de ambos es el abuso que desde su cargo cometen, desde la polvorienta sensualidá del poder, amén (con todo y pecado concebido), del agio que representa mesié Strauss y el rancio buqué fascista del signore Berlusconi, en un partido que a Mussolini reivindica, en el que por cierto milita también una sobrina nieta del “duce”, la cual saluda al estilacho ave césar del ancestro, aunque en lugar de plúmbeas blusitas, luce escotazos que en jariosa jauría congregan a los sedientos.

 

A José López Portillo la antelación misma de la presidencia le resultó afrodisíaca; separado ya de la señito Romano, en cuanto el dedazo de LEA -en siglas monumentales- leyó el pensamiento (intención de maximatarse sin Calles ni paredones). A partir de ahí fue presuroso en pos de secretarias de suculenta anatomía, a las que no cejaba de corretear, pese a la flebitis y las recomendaciones de su gerontólogo...

 

Desde que el índice aquél tocó el despoblado cráneo de don José... éste se convirtió en una especie de caguamo escapado de Casa Mundet, libidinosidad acentuada al arroparse su arrugadito pectoral con una calientita sabanita de tres colores. Su erotismo de sabrosísimos achaques devino implacable tolvanera, una Rosa de silueta delineada para la condenación de los mirones, al viejecito presidente le dio muchísima Luz y Alegría, a la que en retribución agradecidísimo hizo primera secretaria de Estado, en los internos anales de Polakia.

 

Una vez ex, el señor López Portillo mantuvo prendidito el oxidado boiler de la lascivia, desde su silla de ruedas se matrimonió con doña Sasha, quien -según lenguas de alfiler- comentaba que su septuagésimo y septuagenario maridito... amaba con todos los pecadotes en la pasión de las chopitas.

 

Calendarios que deshojan todo excepto los jadeos

El escritor francés, André Maurois, sugería a la mujer joven ser generosa a los coqueteos de señores inmersos en la senectud, realizar un acto de piedad con los betabelitos que en cachorrez antediluviana en la desolación de sus encías endilgan  sonrisas desiertas, hacerles piojito en sus veteranísimas cabecitas de tejocote deshidratado, guiñarles un ojazo de amazona, embalsamarlos de jolgorio enviándoles altruistas besitos desde la catapulta de una mano...

 

Para Goethe, líder del clasicismo y autor de Fausto, no hubo piadosas reacciones a sus devaneos. Gretchel, poseedora de una hermosura impresionante, lo enclaustró en los tambos de la depresión con un ¡NO! de estereofonías demoledoras, negativa fincada nada más porque ella ya tenía sensualmente repartidos 19 añotes y el literato apenas había cumplido 80 añitos.

 

PARAPINO

Contrariamente, Pau Casals, el gran chelista de El Pesebre, recibió un celestial ¡SÍ! de seráficos decibeles, al proponer casorio a una belleza de insinuantes sinuosidades, la que no puso reparo a la mínima minuciosidad de que ella portaba 17 primaveras y él sólo, pero no solo, 90 inviernos.

 

Situación que no ocurrió al gran Demetrio Vallejo, quien a la edad de setentaitantos se enamoró de una guapísima de veintitantos, militante de la misma organización partidaria de aquél -PMT- que rehusó invitaciones de compartir una estancia en un king size, sin más monarquía que los contoneos.

 

Elías Nandino, luego de ocho décadas de prolífico existir, creó un poema versificado en renglones de voluptuosidad, de sexo consistía el canto, de hombre y mujer empatados sin score en una sola corporeidad, del amor carnal que todo redime y purifica. Empero, el bardo construyó sus versos desde una descrita estación de la memoria, donde el fuego ardía de pura evocación, de purísima añoranza, en la hirviente nostalgia que algunos flamazos permite extraer, para chamuscar de regocijos una piel involuntariamente puritana.

 

Morir en pez

Copiosos almanaques, en ellas y ellos, en verdad que a la libido no finiquitan, con los aniversarios que en Atlas o en tameme se lleven a cuestas, el deseo persiste, se transforma, se apacigua, pero no se desvanece. Damas de caudaloso temporal todavía conservan en sus senos un incendio de rosal, a fin de que consuman un aroma los que quieran beber a Dios. Caballeros que ya rebasaron la media centuria, aún -más que oníricos: soñadores- empolvan colchas en su polución adormecida y, ya despiertos, a tientas -en soledad o aparejados- reinciden en beatificarse en otra grandiosa polvareda.

 

Hay, asimismo, personajes longevos, con aparentes prácticas de extrañeza y radicalidad, por ejemplo, Sergio Leyva Garrido, de 76 años, quien buscaba fallecer en éxtasis sin otra droga que paradisíaco clímax en hostal de mujer.

 

La búsqueda de don Sergio está cronicada en Escondrijo de Luciérnagas, periódico marginal, bajo la firma de un mayúsculo bisílabo: LIPU.

 

El señor Leyva no pretendía inmolarse para huir de su espejo, reseña la publicación, tampoco aspiraba apresurar ningún desenlace, nada tenía contra la vida, anhelaba únicamente (en términos quizá epicúreos) un final apoteósico, íntimo casi, con el testimonio solitario de la que recibiría su última avenida, el tránsito postrero, disfrute y corolario de un morir en pez, de un morir en paz, y, por estertor, la bendición del póstumo jadeo.

 

En portal antiguo caben todas las historias

Escondrijo de Luciérnagas aclara que el señor Garrido dejó en unos apuntes con ese rasgo autobiográfico, su necesidad de gozosamente despedirse, con la maravillosa sonata de un placenterísimo pujido.

 

LIPU redactó haber conocido a don Sergio: calvicie prácticamente total, acaso un manojito de crisantemo por los linderos de la nuca; ojos pequeñitos e intensamente oscuros, ojeras poderosas, similar a filósofos y apareados largamente retenidos en el desvelo; estatura promedio; boca chica y muy carnosa; patillas ralas como hebritas custodiándole el perfil; nariz mediana y retorcida cual alcayatita horizontal...

 

Agrega la crónica que el físico del señor Leyva lo hacía en exceso atractivo para doncellas y matronas, era uno de esos rarísimos seres a los que la vetustez da un toque de personalidad extraordinaria, la que no tuvieron en otras épocas; en contadísimas ocasiones, la profunda antigüedad cincela con buriles de milagro.

 

En su diario el señor Garrido, viudo y sin pareja fija, describía los pormenores de la búsqueda tan reseñada, en especial, lo concerniente al Olimpo efímero y consagrador de su derretimiento, así sea de arenal el derretir. Dejó igualmente manuscrito en un escolio que si una paginita de su cuaderno memorial aparecía completamente en blanco, exenta de fecha y logo, un dibujito que, a guisa de pubis femenino, ilustraba un higo abierto a la mitad... significaba que su búsqueda y despedida se habían concretado.

 

En la autobiográfica herencia de Sergio Leyva Garrido, las hojas finales permanecieron sin logotipo, albas y silentes, se informa en Escondrijo de Luciérnagas. LIPU culmina su redacción revelando que, a pesar de las páginas en blanco, la inspiración se lee en la estereofónica rúbrica de su póstumo jadeo.

 

pinopaez76ARROBAyahoo.com.mx

 

 

 

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