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No es nuestra guerra…

pero si son nuestros

los muertos

MA. ESTHER PIÑA SORIA

 

 

Poco, muy poco tendría de que estar orgulloso el sseñor Felipe Calderón; ya bastante avanzado el último tercio de su una presidencia que obtuvo, según sus propias palabras y su muy particular uso del idioma español: “haiga sido como haiga sido”, no ha sido capaz de cumplir una sola de sus promesas de campaña.

 

El que presumía sería recordado al final de su sexenio como el presidente del empleo debería de darse por bien servido por haber podido conservar el suyo; muy otra será la memoria que se guardara de este sexenio, en la que la planta productiva no ha podido siquiera mantenerse, que los empleos formales han disminuido drásticamente en relación a la población con edad y aspiraciones de trabajar, una deuda pública que prácticamente ha duplicado la que tenía cuando, casi a escondidas, le colocaron la banda presidencial.

 

Mexico

Inconmovible.

No estará en la memoria por el empleo, porque no se ha generado, tampoco por el progreso económico, pues las cifras que presentan son tan poco apegadas a la realidad que las plastas de maquillaje se le caen como la carne a enfermo de lepra en etapa terminal; no por el bienestar social, entre ellos el que corresponde a la salud, pese a los más de 40 millones que ostenta como logro de afiliados al seguro popular, porque el resultado ha sido una espectacular caída de la calidad de la atención médica… ya ni siquiera existen en las farmacias de los hospitales públicos las medicinas de uso más común para la trata de dolores o infecciones…. Escuelas?, balanza comercial?, combate a la corrupción?, justicia?, democracia?… no, definitivamente por nada de ello le recordaran, serán otras las razones por las que será evocado Calderón Hinojosa.

 

En el recuento de su paso por Los Pinos estarán los casi 10 mil cadáveres que han ensangrentado a nuestro país en cada uno de sus años de ejercicio. Cuarenta mil hasta ahora, más los que aparezcan en fondas clandestinas, más los miles de desaparecidos de quienes ni siquiera denuncia existen, más los que sean “levantados” en las próximas horas, más los “daños colaterales”. Y es grave no sólo por ser cifras a las que no se acercan países en estado de confrontación bélica como Irak, Afganistán, Pakistán o Libia, ni siquiera en países con el doble flagelo de traficantes de drogas y conflictos sociales armados, para decirlo con nombres, ni Colombia en los peores años de auge de los carteles y las guerrillas juntos.

 

Casi cuarenta mil muertos reconocidos porque ahí están los cadáveres, hombres y mujeres en su gran mayoría menores de 28 años que aparecen en calidad de desconocidos en al menos la mitad de ellos, pero que tenían nombre y apellido, familias de las que provenían o las que procrearon; jóvenes ellos y ellas en amplia proporción que aparecen con el “sanbenito” de muertos por pugnas del crimen organizado, aunque muchos de ellos no lo sean, aunque el ejecutivo esté empeñado en tapar la realidad con discursos, aunque muchos medios de comunicación hayan optado por una autocensura disfrazada de supuesta mesura.

 

Los muertos ahí están y el ejemplo del hijo del periodista y poeta Javier Sicilia, es más que elocuente, los medios tuvieron que volver a hablar de ejecuciones, de levantones, de nuevos nombres que se suman a los miles de muertos.

 

Ahora hay una diferencia, el joven tenía nombre y apellido y un padre y una familia con acceso a los medios de comunicación y el valor para llegar a ellos a denunciar, con palabras que algunos medios consideraron altisonantes y por lo tanto las omitieron o censuraron, como si el crimen cometido en contra de su hijo y otros siete inocentes fuera menos grave que una mentada.

 

Tras el poeta Sicilia y su justa indignación decenas de miles de mexicanos se manifestaron,  acciones replicadas en al menos 24 ciudades de nuestro país, en embajadas y consulados mexicanos tanto de nuestro continente como en la Unión Europea, miles y miles de ciudadanos de todas las edades gritando al mismo tiempo:¡Esta guerra no es nuestra!

 

JavierSicilia

Javier Sicilia.

Ha sido hasta ahora nuestra la sangre, nuestros los jóvenes abatidos mietrnas que los responsables se pasean convenientemente blindados por las calles, se resguardan en sus bunkers, disfrutan de los beneficios que les da el poder y la impunidad; es la guerra de ellos pero son nuestros jóvenes quienes están pagando con su vida.

 

Frente a esta guerra que no es nuestra es tiempo de juntar nuestra voz a la campaña impulsada por los moneros. “No más sangres”, basta ya, queremos y merecemos vivir en paz, si las autoridades federales o estatales no son capaces de brindarla es tiempo de que, como clama la voz del escritor al que le han asesinado junto con el hijo a la poesía, que se vayan los que no pueden o no quieren… ya… ahora.

 

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