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En 2012: Sólo aliento

para las plegarias

Una forma actual de leer el destino manifiesto monroista es que, cuando el Coloso del norte estornuda, a México le da pulmonía. Si a México le da pulmonía, genera el efecto tequila del que no escapa ni Wall Street, de donde nos envían el virus primario. Dicho de otra manera, más que un círculo vicioso o virtuoso -imposible-, es llanamente un círculo viscoso, baboso y enconado.

 

La leyenda negra -historia real, monda y lironda, dicho sin poltronos eufemismos-, dice que, en México, no hay una sucesión presidencial sin que pase por los filtros de la Casa Blanca. Es una manera de decirlo protocolariamente porque, si al Salón Oval llega un ungido, tiene que serlo por los amos de la élite bélico-financiera. Láncese un globo de sonda con el nombre de un liberal como precandidato a la presidencia USA y, según la reacción del piso de remates de la Bolsa, la élite obrará en consecuencia. Si es así, como así es, no es el peregrino del Potomac el que digita a un candidato mexicano, sino sus capataces.

 

Después del estrépito del decrépito PAN y su esdrújulo descrédito inédito en su primera gestión presidencial, de no ser así, hubiera sido imposible el arribo de Felipe Calderón a Los Pinos. Sólo el peso (dólar) dinerario de las franquicias gringas en México -CMHN, CCE, Coparmex, Concanaco, Concamin, Anierm, CG y hasta el UC y el RC, etcétera, para no hablar de la CEM; diferentes siglas, pero la misma familia plutocrática- y la concupiscencia de consejeros y magistrados electorales, allanaron una presidencia cuyo titular, después de mil 500 días en la silla, no le encuentra aún  la cuadratura al círculo, ni siquiera para un  escape honorable antes de que se cierre el ciclo de inmunidad que otorga el fuero presidencial.

 

 

 

PARAVOCESDEL

 

De lo que se trata, es de recordar que el próximo 2 de noviembre -Día de los muertos en México-, en los Estados Unidos se realizarán elecciones para 435 miembros de la Cámara de representantes (baja), 37 de 100 senadores y 37 gobernadores. A ese proceso, el presidente emanado del Partido Demócrata hace dos años, Barack Obama asiste con un handicap indeseable para quien desee reelegirse: Las últimas encuestas -allá las creen serias y las toman en serio- indican que el 52 por ciento de los estadunidenses no quiere al Presidente.

 

Que quieran, o no quieran, al presidente Obama, es asunto soberano de los estaunidenses, depositarios del destino manifiesto y del sueño americano, convertido en pesadilla en el corto plazo de dos años. La cuestión es que, para salvar a México, el presidente Calderón, en pleno bicentenario de la Independencia nacional, ha confiado la dependencia de su gobierno a lo que el presidente Obama logre para reactivar la economía de los Estados Unidos, y recibir en México las migajas de la recuperación; lo que el presidente Obama obtenga de El Capitolio en el tema migratorio, para abrir otra vez la válvula de escape al desempleo convertido en potencial agente subversivo en el campo electoral; lo que el presidente Obama otorgue en dádivas de lo que sobre del presupuesto de guerra que asigne el Congreso a Afganistán e Irak, para financiar la remolona Iniciativa Mérida, derrotada ya, incluso en el ánimo de las Fuerzas Armadas mexicanas. Esa es la gran cuestión, repetimos, que está en la orden del día inmediata.

 

Es absolutamente probable, que la correlación Casa Blanca-Capitolio se redimensione a partir de noviembre. Si Obama queda arrinconado, como es posible, traerá la piedra de Sísifo en sus lomos. ¿A qué interlocutor gringo acudirá Calderón para tratar de elucidar sus cuitas sucesorias? Hasta en estos menesteres -en los que Miguel de la Madrid ni se despeinó-, el michoacano carga con una lápida -tiempos de bicentenario- más pesada que la que cargó El Pípila (Juan José de los Reyes para más señas, borrado de la historia por capricho de Ernesto Zedillo) para incendiar la Alhóndiga de Granadita. ¡Ánimo, cobardes!, gritaba el dinamitero. En 2012 ya no habrá aliento más que para la plegaria.

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