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RETOBOS EMPLUMADOS

Revolucionario recorrido familiar

(Algunos Díaz)

PINO PÁEZ


Al Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra, por su ejemplo.

 

Qué mejor manera de transitar por vericuetos de la historia... que adherirse como sombra extemporánea a los dorsales de quienes allí estuvieron, para reinterpretarles la cartografía de cada huella.

 

Casorios porfirianos

No se trata de reseñar bodorrios en el porfiriato, sino arrancar en pos de aquella impronta conducidos por los dos enlaces matrimoniales de Porfirio Díaz Mori, quien tenía una propensión indeclinable hacia la fémina juventú en cuestiones de pasión, por ejemplo, a su primera consorte le llevaba 15 años de carnosidad experimentada y a la segunda más del doble: ¡34 abriles! de carne reacia ya a los hervores.

 

Su primer casorio fue con una sobrina directísima: Delfina Ortega Díaz de Díaz, en carrusel interminable de mayúsculos Díaz, pues era hija de Victoria Díaz Mori, hermana de padre y madre de quien aún no alcanzaba el don... el don Porfirio “inventor” del verbo “maiciar” que con curulitas, becas o ministerios llenaba el buche de gallináceos “opositores” o en lugar del metafórico y desacentuado maiz, en vez del grano... a granel reclinaba enemigos en quemantes paredones que se construían y reconstruían con la canícula porfiriana del “¡Mátalos en caliente!”.

Más que una digresión, acudir a este par de siguientes parrafitos hacia otros Díaz, es persistir en la esencia del periplo, en el que ahora se avizora a Salvador Díaz Mirón, hijo de Manuel Díaz Mirón que al igual que su vástago era poeta y periodista. El afamado creador de Lascas, acerca del fulminante “¡Mátalos en caliente!” retó a un duelo a muerte a Luis Mier y Terán por cumplir tal mandato a cabalidad de genocidio.

 

 

DelfinaOrtegaDiazdeDiaz

 

Don Luis era gobernador veracruzano cuyo padre, Manuel Mier y Terán, combatió por la independencia y contra la sublevación en Texas, por cuyo fracaso, se suicidó ¡haciéndose el harakiri con su propia espada! El virrey porfirense aceptó el desafío... hasta que su gubernatura culminara. Una vez ex, don Luisito no quiso batirse con el argumento de que la anuencia a balearse ocurrió durante un cargo que ya no tenía. Algo similar -en otro contexto- aconteció con el salvadoreño nada salvador, Eduardo Sancho, quien tras alquilarse al imperialismo que antaño combatiera en las siglas del FMLN... más amnésico que un mártir de la cruda... negó su pretérito farabundista porque eso acaeció con su sobrenombre de Fermán Cienfuegos, del cual ni una briznita quedó tras la chamusquina.

 

De vuelta devuelta Delfinita

Delfina era una joven bella e inteligente a quien tío Porfiriote enamoró sin importarle en demasía chismorreos de avispero que -sin miel pero con hiel- zumbaban aguijoneadas contra el incesto. El novio y cercanísimo pariente había conseguido el generalato mas sus ambiciones rebasaban cualquier rango militar. A la núbil civilmente desposada, le tocó atestiguar en grado primerísimo cómo el cónyuge elaboró el Plan de la Noria contra el presidente Juárez bajo el lema de “Que Ningún ciudadano se imponga y perpetúe en el ejercicio del poder, y ésta será la última revolución”. Le achacaba a don Benito 14 años en la presidencia, sin mañosamente explicar circunstancias de tal duración: guerra sazonada por conservadores que desde la soledá de sus respectivas alcurnias hicieron “presidente” a Miramón; tampoco señaló el “Planeador” que ese periodo incluía el republicano resistir a la intervención francesa y su maximilianada.

 

La señora Ortega Díaz de Díaz testificó asimismo el Plan de Tuxtepec que su marido rubricó contra el sucesor de Benito Juárez García: Sebastián Lerdo de Tejada, en un levantamiento que tuvo al mismo tiempo tres declarativos presidentes del país: don Sebas que huía, José María Iglesias que por su puesto de titular de la Suprema Corte ¡por supuesto! “asumió” la presidencia... y el levantisco divisionario.

 

Una buena parte del primer cuatrienio del esposo lo transcurrió junto a él la señora Ortega Díaz de Díaz, limitada su función por aquellas lenguas de alfiler que bien ensalivadas picoteaban la incestuosa unión... y que a doña Delfina su padre, el botánico Marco Antonio Ortega (con quien aquélla jamás convivió), le diera su apellido ¡tres décadas después! a cambio de una senaduría que el yerno le obsequiara. Murmuraba la güena sociedá que en el acta de nacimiento de la mujer-sobrina de don Porfirio se estipulaba su origen de “Padres incógnitos”, como si hubiese arribado al mundo parapetada en una interrogación.

 

 

porfiriodiaz

 

El vínculo marital Delfina-Porfirio supera mitos al estilo de comentaristas faranduleros, verbigracia, que moribunda la esposa rogó al inminente viudo convencer a jerarcas de la Iglesia Católica que en postrer aspiración recibiera los santos óleos, a lo cual accedió el arzobispo de México Labastida y Dávalos... supeditado su permiso a que el presidente Díaz por escrito abjurara de la Constitución del ’57. Agónica la mujer fue receptora del servicio espiritual... una vez que el marido y casi deudo redactara su palinodia, esto es, la retractación -como primer mandatario- de sus travesuras liberales.

 

Mito grande es mitote

Aquello de la firma para conseguir el firmamento, es mitificación pura o impura mitotelogía, lo real estriba en que el dictador y la cúpula eclesial se estrecharon como estampilla y postal, no para hacer papiroflexia con la Constitución de 1857, sino en tornar obesa la mirada para su cabal incumplimiento; no en regresar al prejuarismo de las manos muertas, sino en dejar intocadas limosnas, bienes y oraciones de la cúpula religiosa, a la que además se le respetarían latifundios no en la antieconómica mortandad de extremidades, sino explotándolas por la más expoliada vía de los labriegos.

 

Porfirio Díaz tuvo un nexo extramarital con Rafaela Quiñónez, una jovencita guerrerense de caderas celestialmente bamboleantes y ojazos más negros que un eclipse. Tuvieron una hija hermosa como la mamá que desde el alumbramiento mismo se constituyó en la máxima adoración del padre, quien le puso Amada en una concordancia más allá del santoral.

 

Amada Díaz simboliza un hilo conductor que guía hacia la multifacética crueldad del progenitor... y a los enlaces de éste en materia de macroeconomía con la burguesía foránea y la subordinación de socios de la periferia.

 

Amada Díaz tuvo por segundo agregado el Ortega en lugar de Quiñónez, pues el dictador se la quitó a la madre, a la joven Rafaela, e impuso que la también joven Delfina la tuviera legalmente entre los hijos de la pareja, de los cuales cuatro fallecieron poco tiempo luego de nacidos, sobreviviendo dos. Durante el matrimonio, la sobrina-esposa transitó del hogar a ginecología y de ginecología al hogar, en pesarosa peregrinación de alumbramientos... hasta que la complicación del último parto en doliente paradoja le apagó la vida cuando apenitas tenía treintaytantos.

 

Marqueses del tlachique se aburguesan

Amada, tras un brinquito de pubertad, tuvo más pretendientes que una nómina asediada de aviadores. Fallecida la madre adoptiva, bajo su cuidado estuvo la siguiente consorte de don Porfirio, Carmen Romero Rubio (segundo casorio que se abordará en el próximo Retobos Emplumados). Aparte de guapa, era la descendiente predilecta del dictador y un sí garantizaría a enamorados zambullidas al erario... hasta dejar las arcas nacionales más secas que un breñal.

 

Un cortejador de Amada fue Fernando González Mantecón, hijo de Manuel González, a quien don Porfirio encargara un ratito la presidencia. El galán fue rechazado debido a la prodigalidad de su silueta que hacía honor al segundo apellido. La boda hipotética no le sonaba mal al padre de la pretendida, sin embargo, tanto la quería que no intervino en azucaraditos y cursilísimos cardiogramas que sólo competen a la Doctora Corazón.

 

Amada aceptó los sicalípticos merodeos de Ignacio de la Torre Mier, con quien tendría un boda de harto caché que congregó en pleno a la aristocracia pulquera del porfiriato, magnates imperiales del petróleo, banquerazos de las afueras con todo y locales prestanombres, cuerpo diplomático en pleno, “legisladores”, virreyes-gobernadores y el gabinete corto y ampliado, hijos todos de Polakia embecerrados a las diluviantes ubres del erario.

 

La liturgia de tal enlace fue oficiada por el citado Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, ex obispo de Puebla y encabezador ,al lado del pro monárquico Haro y Tamariz, de la sublevación contra las Leyes de Reforma bajo la clave golpista de “Religión y Fueros”. Al fallarles la asonada, el prelado se refugió en el Vaticano donde el papa Pío IX ¡lo designó arzobispo de México!, pontífice por cierto sentado no a la diestra, sino a la extrema diestra del señor... de todo señor de terrenales y poderosas minúsculas; el jefe del catolicismo mundial inventó la “infalibilidad papal”, aparte de excomulgar a la Asociación Internacional de Trabajadores y, contrariamente, bendecir -en su periplo hacia el solar azteca- a don Max y a la señito Carlotita.

 

 

ignaciodelatorreymier

 

La unión Mier-Díaz significó para lo que don Porfirio representaba... mucho más que una homofonía de ramo de azahar tirado al azar o repentina lloviznita de arroz. El yerno era heredero de Máximo de la Torre Carsi, terrateniente y banquero español que en lares mexicanos acumuló dinerales. Asimismo poseía oficinas de exportación para su productos agrícolas y estaba asociado con un respetable gangster de la Bolsa y de la Banca, el suizo Jean Jecker, en el bufete “De la Torre-Jecker”, mancuerna en rubros de agiotismo y la muy redituable especulación financiera en los 60’s del siglo antepasado. De la Torre Carsi manejaba, a través de sus propios despachos de venta al exterior, entre otras mercancías, caña de azúcar, fructíferamente compitiendo con ingenios cubanos o de Hawai, potencias en menesteres de la zafra. Esta latifundaria burguesía era la representación ideal del porfiriato.

 

Antes de culminar aquí esta retobada que proseguirá, hay que recordar que Jean Jecker (su hermano, León se casó con Josefina González Urquijo, que se convertiría en dama de compañía de doña Carlota) fue quien le prestó al “presidente” Miguel Miramón millón y medio de pesos, sólo la mitad en efectivo el resto en bonos prefobaproa, a cambio de recibir con intereses en plazo más breve que una tosida y ahora sí todo en efectivo ¡quince millones! Empréstito que fue el pretexto de Napoleón III para invadir México, tras nacionalizar francés a Jean Jecker con la velocidad de una trompetilla.

 

Alueguito del triunfo republicano, Jean Jecker se fue a la capital francesa donde lo sorprendería, en 1871, la Comuna de París. Los comuneros lo apresaron y tras un juicio público, lo destinaron al paredón, entre otros cargos, por haber explotado al pueblo mexicano. Ignacio de la Torre y Mier, amén del legado multimillonario... adquirió un suegrazo, tuvo tratos con los hermanos Zapata y hasta le atribuyen la creación del 41 que se re-cuenta a besotes de bigote con bigote. Con todo ello, con todos ellos, sombríamente volveremos a retobar encaramados sobre tanta huella.

 

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Comentarios (1)Add Comment
0
Miguel
agosto 29, 2010
189.135.234.122
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Hola estoy haciendo un arbol genealogico de mi familia, tendra mas inoframción de Fernando Gonzalez mantecon ?
Saludos

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