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Asimetrías

Autoengaño,

Porras y Control

Fausto Fernández Ponte

“El mexicano suele vivir entre el autoengaño

individual y colectivo y, por ello, entre la infra-

realidad y la hiper-realidad”.

Octavio Paz.

I

Esa definición atribuida al único Nobel de literatura mexicano –postularíamos aquí a Carlos Fuentes e incluso a Elena Poniatowska-- aplícase puntualmente a ciertas conductas de los personeros del poder político que, como sabido bien es, son francamente plutocráticas.

Por plutocráticas nos referimos a la naturaleza y comportamientos, como poder político --y, ergo, gobierno— en subrogación de los ricos que, en el caso, sería la neoligarquía recreada por ese trío siniestro del México contemporáneo: Miguel de la Madrid, Carlos Salinas y Ernesto Zedillo.

Por supuesto, el caro leyente puede aducir con razón que ese trío se ha convertido en quinteto con la adición de Vicente Fox, célebre por su dislexia intelectual y simplismo vivencial, y Felipe Calderón, famoso ya por razones no distintas a las de don Chente, pero también por otras inéditas.

El mexicano raso –epicenamente casi todos los 110 millones que habitamos éste país y unos 20 millones en la diáspora migratoria--  vive así, entre ambas aguas: las de la infra-realidad y la híper-realidad.  Cree en lo increíble. Cree en lo que quisiera ser, más no lo que puede ser o lo que es.

Ello, sin duda, se refleja también en la psique del poder político del Estado y su patrón, empleador y cliente –tres atributos en una misma entidad-- que es hoy la neoligarquía, cuyo jefe ha sido desde 1988, el año del golpe de Estado técnico, el ubícuo y todopoderoso señor Salinas.

II

Así, el poder político, no estando (como es el caso actual) a la altura de las expectativas digamos laborales de la trinidad –la neoligarquía—se exprime la masa gris encefálica y nos dice que la feroz y atroz violencia fratricida en México (23 mil muertos) es un “mito genial” (Pedro Aspe dixit).

Y ante la estratificación societal y la parálisis civil causada, precisamente, por los afanes plutocráticos y por definición antisociales (y antipueblo) del poder político, la neoligarquía toma el asunto de cincelar y controlar la imagen de México en sus propias manos.

Y, así, diseña la Iniciativa México: premiar aquella “acción social” que permita controlar el proceso de la sucesión presidencial de 2012 e imponer candidatos a modo al poder político y blindar el modelo económico a influencias o actividades sospechosas de antineoliberalismo.

Hoy, el comercio organizado –es decir, los octópodos mayores de la intermediación abusiva de bienes y servicios— lanza su propia iniciativa, ésta para erradicar la imagen devenida de la espectacular violencia fratricida en México. Presentar al mundo a un México que no es.

Más no sólo eso: presentar ante los  propios mexicanos un México que quisiéramos que fuera, pero que no es. Fomentar el autoengaño . Aunque el país se esté cayendo a pedazos, astillándose, lo que se pretende es que no nos demos cuenta de ello. Los muertos –23 mil— no hablan.

 

 

MIGUELCARLOS

 

III

¿Piensan los promotores de la Iniciativa México y los megaconcananos –no todos losmiembros de la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio son macropulpos, sino sólo una minoría dominante, oligárquica--  en México y los mexicanos? No. Piensan en sus negocios.

Dicho de otro modo: esos ambiciosos neoligarcas sólo piensan en ellos, al promover una imagen de México que no corresponde a la realidad económica, política, social y cultural, como tampoco es congruente con la experiencia histórica del pueblo mexicano  Fomentan el escapismo.

Y el escapismo es un atributo idiosincrásico –v. gr., cultural— del ser humano, acentuadamente en los conglomerados urbanos en donde la enajenaciónalientante preside e incluso determina los comportamientos particulares y colectivos y los términos mismos de las relaciones sociales.

De esa guisa, al fomentar mediante campañas organizadas de autoengaño societal (el gobierno también realizará en breve su propia campáña, la enésima, pero nadie le cree ya), la neoligarquía parte de la premisa falsa de que el drama –la tragedia— de México se resuelve “echando porras”.

Ese es un plan de control social para fines de dominación y, por tanto, de opresión diseñado para no permitirle al oprimido caer en la cuenta de que vive así. Echándonos porras, simular nuestra realidad y nuestra percepción de sí mismos confirma que la dictadura perfecta aun existe.

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