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Editorial


Paulette: El festín


Harto arriesgado, resulta especular editorialmente sobre el insondable tránsito de la moral al relativismo moral y a la inmoralidad plena. Cuestión, esa, corresponde a los sicofantes de la religión o a los expertos en siquiatría.

Aludimos el tema, porque tiempo hubo -no muy remoto-, en que ciertos conspicuos personajes clero-partidistas se rasgaban las vestiduras y demandaban la hoguera purificadora contra quienes, a su juicio, atentaban contra la moral y las buenas costumbres. Pero no sólo contra los réprobos clamaban castigo, sino contra aquellos que parecían glorificarlos con sólo aludir los hechos condenables y condenados por los nuevos inquisidores de cuello blanco.

A modo de ilustración, citemos tres referencias tomadas al azar: 1) En la todavía reciente historia del periodismo impreso, bandas adiestradas en las sacristías incursionaban por calles y plazas asaltando puestos de periódicos para confiscar y dar fuego a ediciones de la revista Alarma, que de manera descarnada presentaba la nota roja; 2) hacia 1976, el pleno de la Cámara de Diputados federal -de mayoría priista-, recibió, puesto de pie y en prolongada ovación, al asesino, entonces recientemente liberado, Goyo Cárdenas. Los legisladores fueron imputados de hacer apología del crimen y, 3) hace poco menos de tres años, Ricardo Ham presentó su libro México y sus asesinos seriales. Voces indignadas presentes en el evento, lo acusaron de incitar a la violencia y a la idolatría de las bestias.

En esos detestables episodios, la reprobación surgía, entre otras fuentes, del Partido Acción Nacional, a cuya iracunda reacción brindaba pantallas y opinión solidaria, el concesionario televisivo dominante. En semanas recientes, agotado relativamente un capítulo más de la perversa historia de Marcial Maciel, como  macabro pero suculento platillo desapareció y  reapareció el cuerpecito inerte  de la niña Paulette.

 

editorial 2

No diremos más que lo que algunos comentaristas, que combinan la imagen audiovisual y la tinta, han dicho complacidos: “Todo un éxito de taquilla” (que produjo “dolor del bueno”); otro: “Temporada I: Paulette tiene rating… ha resultado un caso rentable”. Un sedicente sociólogo, alarmado por la manipulación electrónica del instinto de la muchedumbre -a la que se convierte en tribunal condenatorio antes de que actúe la autoridad competente-, quiso recordar, a propósito de Semana Mayor, cómo, por aclamación, la chusma  liberó a Barrabás, asesino confeso, y se gratificó con el calvario de Jesús. El cuarto, escritor: “Uno no sabe qué es peor: si caer en las manos del procurador Bazbáz, o cruzarse en el camino de los vociferantes líderes de opinión…”.

La duda subyacente -expresada entre personas que no se complacen con la tragedia ajena, ni con las ganancias económicas de las que, a su costa, otros hacen ostentación-, es si los medios concesionados por el Estado obran por iniciativa propia o reciben “línea” de un gobierno que, sin embargo, exige a las voces críticas que hablen bien “de México”. Lo insidiosamente curioso es que, algunos de los mismos que hicieron macabra mercadotecnia con la niña Paulette, expectoran su santa indignación porque, en reciente portada de Proceso, don Julio Sherer García apareció retratado con el narco Ismael El Mayo Zambada y, haciendo uso de su “autoridad profesional y moral”, esos censores cuestionan el  rigor periodístico del viejo e indómito colega. ¿Dónde está el término medio en el ejercicio de la ética; si es que este imperativo puede ser “promediado”?

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