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EL TERRORISMO EN MOSCÚ DELATA LA INEPTITUD GUBERNAMENTAL

 

LOPE DE IRIBAR


  • Los actos violentos recientes en la capital rusa, además de haber cobrado su cuota en vidas y materiales, ha dejando en evidencia la sospechosa como trasnochada dictadura que gobierna lo que queda de la otrora Unión Soviética.
  • 3medvedev_putin


Los hechos violentos, tan lamentables como reprobables a todas luces, además de la sangrienta y costosa cuota en vidas y bienes, ha dejado en descubierto algo que losa propios observadores rusos han puesto sobre la opinión pública nacional e internacional: la sospechosa y criminal ineptitud de las autoridades soviéticas para controlar y para evitar estos actos brutales.

En efecto, los analistas rusos, y alguno que otro extranjero, han puesto la mira sobre el hecho de que después de los ataques terroristas, de la procedencia o bandera que hayan sido reivindicados, no produjo la dimisión o las sanciones a que se hicieron acreedoras las autoridades policiacas y de seguridad nacional (también las de la capital), es decir, que los responsables de enfrentar estas acciones delictivas no le costaron el puesto a ningunos de los funcionarios encargados de “garantizar la seguridad personal de los ciudadanos”, como afirmó en una nota internacional el periodista Alberto Piris, al referirse específicamente de la violencia terrorista del pasado 29 de marzo en la moscovita.

Estos hechos rebelaron que ante la inepta actuación de las autoridades de seguridad pública de Moscú, no se tradujo de manera inmediata en lo que tenía que traducirse: una serie de explicaciones detalladas, renuncias de funcionarios y cambios en los mandos; un verdadero deslinde de responsabilidades y la toma de importantes medidas que sirvan para evitar actos futuros y parecidos a los reseñados por las prensa nacional e internacional. Nada, sólo silencio culpable, encubrimiento de alta burocracia y la virtual sospecha de que “algo se está cocinando en los intestinos del enorme y poderoso aparato gubernamental ruso”.

Todo esto viene a colación porque en casi todos los países del globo terráqueo, en donde se presume de un estado democrático (la mayor de las veces más ficticio que real, más nominal que fáctico), los actos de terrorismo son un reto abierto para recordar a los gobernantes que las cosas andan mal y que el Estado no está cumpliendo a plenitud con sus obligaciones, sus promesas políticas y sus deberes gubernamentales ante la sociedad que representan y para la cual laboran.

Sin embargo la realidad parece indicar que esta ineptitud oficial es auspiciada por los mismos funcionarios de alto rango, con un fin bastante lamentable, criticable y punible: permitir la difusión del terrorismo para tener los argumentos y los pretextos que les posibiliten el restringir ciertas libertades ciudadanas en aras de “asegurar y reforzar los mecanismos de poder”, esto es, permitir que el pánico social, el terror público les permita aplicar mayores medidas de control sobre la ciudadanía bajo la forma de una dictadura disfrazada de democracia. En otras palabras, siguiendo a pie juntillas el viejo aforismo de “ciudadano asustado, ciudadano obediente”, las autoridades correspondientes puede aplicar más y mejores medidas restrictivas bajo el pretexto de garantizar mejor la seguridad ciudadana.

Ejemplos de esto son el caso de Bush hijo y el llamado “11-S”, asunto tenebroso en donde todavía hoy se sigue ventilando por todo el mundo si fue en realidad un ataque terrorista islámico o todo un montaje de Washington y sus huestes (léase FBI, CIA, Pentágono y secuaces), ya que a partir de ese cruel e impactante momento, Estados Unidos vive bajo un clima de psicosis terrorista, lo que, desde luego, permitió al inefable Bush Jr., y halcones militares de la ultraderecha gringa que le acompañaban, crear todo un ambiente de peligro musulmán latente que exacerbara los clásicos sentimientos patrioteros yanquis, el miedo visceral a lo que oliera o pareciera árabe y una necesidad del pueblo estadounidense por apoyar con todo la militarización y la creación de un nuevo Estado policiaco en la Unión Americana para poder “defender la eterna american way of life, la seguridad de la nación y la protección de la democracia mundial, de la que se ha erigido, desde siempre el pesado y metiche Tío Sam”.

Volviendo al caso que nos ocupa, el de Rusia y su capital Moscú, las cosas macha por el mismo tenor y con la misma fórmula bushiana (aunque el no es el verdadero creador de esta estrategia maquiavélica y obscura). Ya con Vladimir Putin las cosas empezaron a mostrar de que color pinta el rojo y de que lado masca la iguana; varias “acciones terroristas” sucedidas bajo su mandato, le condujeron, le obligaron, le forzaron a tomar medidas pertinentes, progresivas y restrictivas a algunas peligrosas libertades ciudadanas como lo es la libertad de prensa, la de circulación ciudadana, la de reunión, etc. En la realidad lo que hizo Putin fue cambiar de fachada algunas cosas en materia de seguridad pública, al tiempo que reforzó al extremo la suya y la de los altos funcionarios de su gobierno.

 

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Con todo esto, el gobierno pasó a manos del novato Medvedev, quien a pesa de sus reiterados discursos de cambiar de fondo las cuestiones de seguridad pública, en realidad no ha hecho nada y ni siquiera se ha tomado  la molestia de prometer o mencionar una firme persecución de los terroristas, quienes quiera que sean. A lo más ha mencionado en tono bravucón, estilo Putin-Bush II, “que va a hacer todo lo posible para encontrarlos y destruirlos”, dejando un sabor  y un aroma de que lo hace en tono más de tipo electorero que de mandatario comprometido con su pueblo.

En concordancia con los analistas y críticos rusos, estas actitudes, pero más que nada, estas acciones sospechosas, demagogas y peligrosas (por los altos costos humanos y materiales), son pasos firmes y silenciosos, pero evidentes, para reimplantar o mantener en el poder a una dictadura que sojuzga al pueblo, a la ciudadanía por medio del terror, del miedo a salir a las calles, a reunirse en puntos públicos y a expresar ideas libremente. Si nos ponemos a analiza esta situación y la que prevalece actualmente en México con el desastroso gobierno calderoniano, con la derecha imponiendo sus viejas reglas, practicando sus viejas consignas, aliada a sus viejos socios “de siempre”, nos daremos cuenta de que se siguen los mismos pasos con la dichos guerra al narco, en donde la ineptitud militar y policiaca son sospechosas, no sólo por esta penetrados por la corrupción sino por la idea perversa de “meternos miedo” de salir a las calles, de opinar en contra, de protestar y de exigir el cumplimiento de obligaciones y responsabilidades gubernamentales.

¿A poco ustedes, queridos lectores, no tiene miedo de que al andar fuera de casa, al salir del hogar, al entrar en un lugar público o al llegar al trabajo, la escuela o la tienda, o al andar de paseo por carreteras y pueblos, no tienen cierto miedo de cruzarse con narcos, soldados o judiciales en plena lucha armada y les toque una bala? No estamos en Moscú, Washington, Cáli, Río de Janeiro o Madid, pero eso no nos liba de que nos estén aplicando el aforismo de: “ciudadano asustado, ciudadano obediente”·…

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