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Edición 382

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Aunque no pocos millones de electores quisieran verlos sepultados vivos, todavía es prematuro imaginarlos en sus correspondientes ataúdes.

El futuro negro del PRIANRD

Feliciano Hernández*

Luego de la golpiza electoral que merecidamente se llevaron los adversarios de Morena, han surgido inquietudes sobre el futuro que les espera al PRI, PAN y PRD, los tres partidos que en las últimas décadas condujeron en forma corrupta el destino de México.

FALTA VER QUÉ TAN BIEN LO HACE el partido del presidente Andrés Manuel López Obrador. No habrá que esperar mucho… Ni ser ingenuos. El riesgo de que sea infiltrado por los que combatió ya es un hecho.

ANTES de apartarles un lugar en el panteón político, hay que ver que a los partidos los hacen los líderes y sus circunstancias. El caso más claro lo tenemos justamente en el triunfador de los recientes comicios federales: AMLO fue el artífice del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), el partido que hoy gobierna al país.

Tan fuerte es la influencia del fundador del joven instituto político que se ha dicho –y con razón— que al menos hoy no está claro el futuro de Morena sin el liderazgo de López Obrador.

Así podrían enumerarse los factores que en su momento dieron origen a los demás partidos, por lo menos los más influyentes en la vida nacional. Mal que bien, los chiquipartidos ni responden a grandes proyectos y en estricto sentido ni vale la pena ocuparse de ellos, si acaso para afirmar que surgen por motivaciones mezquinas y personales de sujetos que ambicionan posiciones de poder antes que otras cosas y así como ven la luz pronto desaparecen.

LOS CASOS de PRI, PAN, y PRD —la triada que el sentir popular satíricamente denomina “PRIANRD”, por igualarlos en sus aspectos negativos—, ameritan algunas observaciones generales y específicas, por tratarse de organismos de interés público que manejan recursos federales y están supeditados a un marco jurídico también federal, luego entonces porque conciernen al interés ciudadano.

Hablar de los partidos políticos obliga a referirse al ente que los rige, el burocrático Instituto Nacional Electoral (INE).

Los partidos y el INE en conjunto, al margen de su cuestionable utilidad pública, han significado una pesada carga para los bolsillos de los mexicanos, más cuanto que su papel en favor de la democracia nacional ha dejado mucho qué desear, dicho esto por su desempeño concreto que han jugado y sus resultados.

El INE y los partidos en el proceso electoral de 2018 consumieron la inimaginable cifra de 24 mil millones de pesos de recursos públicos, más los gastos no reportados o camuflados. Si se sumaran las cantidades que cada año reciben, se conformaría una cifra impresionante. Y se ha dicho que, a nivel mundial, el sistema electoral mexicano es uno de los más onerosos.

EN CUANTO A SU credibilidad, los partidos y en conjunto el sistema electoral —incluido el Tribunal especifico, el TEPJF y sus similares en los estados de la federación—, figuran entre las instituciones que más desconfianza despiertan entre los mexicanos.

Uno de los inconvenientes cada vez más presentes en nuestro sistema electoral es el mercado de candidaturas que se genera en cada proceso comicial.

Antes eso era inexistente o al menos algo excepcional, pero ahora parece lo más normal que tanto los partidos como los interesados en alguna candidatura negocien una cantidad millonaria a cambio de recibir el abanderamiento. ¿Y quién pone el dinero y a cambio de qué?

Se puede afirmar entonces que los tres principales partidos perdedores del 1 de julio de 2018, enfrentan un panorama muy complicado hacia su fortalecimiento inmediato. Quedaron muy reducidos en votos, en triunfos, en distritos gobernados, en militantes y simpatizantes. Todo lo cual se traducirá en que, si sobreviven a sus propias pugnas internas, recibirán menos dinero público en los siguientes procesos comiciales.

¿Lenta agonía del PRI?

LAS DUDAS EN TORNO a futuro del nonagenario partido están latentes, por más que algunos de sus dirigentes quieran parecer optimistas. Apenas conocidos los resultados electorales, el Revolucionario Institucional entró en la que pudiera ser su mayor crisis histórica.

Lo más impresionante en el PRI es la desconfianza de sus militantes y dirigentes más jóvenes. Salta a la vista que estos últimos están desaparecidos del escenario y los viejos líderes son quienes se apresuraron a disputar los cargos o lo que sobrevivió al tsunami que los arrasó el uno de julio.

Es ese el dilema de hoy en el tricolor: que quienes pretenden insuflarle horas extras hacia nuevos comicios —ya no se diga rescatarlo— son los menos idóneos, por su trayectoria cuestionable en los cargos públicos que han desempeñado. Con excepción de José Narro Robles, que se apuntó para la difícil tarea, los demás poco favor podían hacerle al moribundo partido. En su pecado pusieron su penitencia, pues.

¿Podrá fortalecerse el PAN?

LA GRAN DIVISIÓN QUE vivieron los panistas el uno de julio fue el principio de sus malos resultados. Se perdieron entre apoyar a Anaya, a Margarita (Calderón) o a Meade. No han salido de ese atolladero y no les ayuda nada la eventualidad de que surja otro partido de derecha encabezado por Margarita y Felipe.

        En Acción Nacional el pragmatismo finalmente acabó aplastando al idealismo de los fundadores. Vicente Fox podría ser considerado como el que finalmente puso el mal ejemplo en ese partido, tradicionalmente más apegado a principios y doctrina en general. Pero las ansias del guanajuatense de llegar al poder para enriquecerse, más que para otra cosa —eso ya no se discute—, estimularon una gran corriente en el mismo sentido.

Los neopanistas encabezaron una corriente de jóvenes políticos sedientos de ocupar los cargos públicos a costa de enterrar los principios, con demagogia y corrupción, con alianzas anti natura con el “izquierdista” PRD y, peor, con dinero sucio del narcotráfico, “moches” y extorciones. El colmo fueron las acusaciones de lavado de dinero contra el candidato presidencial Ricardo Anaya. Antes de eso, toda la corrupción que prohijaron Fox y Felipe Calderón finalmente pegó hondo en los votantes.

Hoy lo que se ve en el PAN es una mala copia del PRI. La posibilidad de que resurja el blanquiazul como fuerza nacional prevaleciente queda supeditada al desempeño principalmente de Morena y a que se frustre el engendro calderonista.

El PRD, peor en todo

El más castigado de todos, el partido del sol azteca, paga un alto costo por sus errores; la elección del uno de julio fue el empujón que le faltaba hacia su tumba.

Si no pasara algo extraordinario antes del cierre de esta edición –hablando en sentido figurado—, ese partido habrá muerto ahogado en el descrédito; por sus divisiones internas y fuga de militantes, por sus alianzas con su antípoda el PAN, por sus deudas, por su incapacidad para captar nuevos cuadros.

Lo peor para la credibilidad del sistema electoral mexicano es que sobreviva con oxígeno artificial y para servir a quien sabe qué intereses.

Neopanistas encabezaron una corriente de jóvenes políticos sedientos de ocupar los cargos públicos a costa de enterrar los principios, con demagogia y corrupción

Más reformas legales

LOS RECIENTES procesos electorales, incluido el del uno de julio han mostrado las debilidades y fortalezas del sistema electoral mexicano. Con toda esa cosecha como anticipo ya debe apuntarse la agenda de nuevas reformas electorales. A ver si ahora sí se encaminan hacia una estabilización de todo el entramado legal en financiamiento, órganos reguladores y procesos de impugnación; derechos y obligaciones de votantes y candidatos, así como de sus partidos y de los aspirantes independientes.

Uno de los más criticables defectos es lo costoso que resulta. Ya se ha insistido desde muchos flancos que eso debe reducirse al mínimo indispensable, para que recupere credibilidad. Ya AMLO pidió al Congreso que se les reduzca el financiamiento público, éste ya lo anuncio, pero está en veremos; a la mera hora siempre se salen con la suya.

        Otro proceder inaceptable de los partidos es su recurrencia a coaliciones y alianzas de conveniencia aun entre antípodas, como las del PAN-PRD, que nada tienen en común que no sea asegurarse puestos públicos.

Deben ser inaceptables los cada vez más frecuentes casos de compra venta de candidaturas, con millones de por medio y ante la vista de las ineptas o cómplices autoridades (fue el caso de Cuauhtémoc Blanco, de quien se dijo en los medios que negoció ocho millones de pesos por aceptar la candidatura a la alcaldía de Cuernavaca por el partido que lo postuló. Y de ahí a la gubernatura).

Resulta ingenuo pensar que desde el Congreso podrían adoptarse medidas contra el sistema electoral, tal como lo padecemos en la actualidad, puesto que los que llegaron ahí fue en su gran mayoría por sus plataformas partidistas, y no van a actuar contra ellas; si acaso en la reducción de financiamiento y prerrogativas, y esto porque es un exceso a la vista de todos.

Pero el cambio se tiene que impulsar desde todos los angulos, pésele a quien le pese, por convenir a la mayoría ciudadana y para darle credibilidad y perdurabilidad. Esa sería la madurez que México necesita como nación y que se le reclama dentro y fuera del país.

¿Pero está vacunada Morena contra la infiltración de lo peor del sistema político actual? Ya vimos que el partido del presidente creció rápido con desprendimientos de otros. Era inevitable para asegurar su triunfo contundente e inapelable. Lo que debe asegurarse ahora es que los guadalupanos mantengan el control sin contaminarse; algo improbable pero la observación cabe.

Por hoy, bien harían los partidos en apoyar al gobierno de AMLO, primero porque son observados por todo el país y el amplio respaldo que tiene momentáneamente el tabasqueño los expone a ser mal vistos o como obstáculos contra el cambio verdadero que anhelan los millones que le dieron el voto el uno de julio; y segundo, porque son corresponsables del desastre social que le heredaron al nuevo gobierno.

Pocas probabilidades tienen los partidos de sobrevivir como llegaron al uno de julio. Muchos veríamos bien que respaldaran al nuevo régimen, sin protagonismos, con buena voluntad, sin entregar sus principios ni sacrificar sus plataformas; ante todo en busca de sacar del rezago social al México excluido y darle viabilidad en mejores circunstancias.

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