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Edición 277

EDITORIAL

Pemex: ¿Por quién
doblan las campanas?

NO POR SABIDO, ESTORBA REPETIRLO: Si el Partido Acción Nacional (PAN) fue constituido para tratar de revertir la obra nacionalista del general michoacano Lázaro Cárdenas del Río, en el centro de gravedad de ese perverso leitmotiv permanece la expropiación petrolera el 18 de marzo de 1938, exaltada desde entonces como la Segunda Independencia de México: La económica, como consustancial de la independencia política.

editorial

Durante medio siglo, el PAN bregó en solitario en esa misión autoasignada. Fue hasta que en 1988 firmó su alianza estratégica con el usurpador Carlos Salinas de Gortari en que el partido -desde su fundación denominado partido del retroceso- tuvo como acompañante en ese objetivo a la tecnoburocracia desnacionalizada y desnacionalizadora.

Según actas consultables en El Capitolio de los Estados Unidos, Salinas de Gortari -en las negociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN)- aceptó secretamente incluir entre los sectores sujetos a liberalización el del petróleo. Se tuvo entonces cierta reserva en el tema, habida cuenta el mandato constitucional en materia de hidrocarburos, definidos como bastión estratégico de México. Los negociadores estadunidenses, sin embargo, la minimizaron argumentando la falta de escrúpulos de los mandatarios mexicanos, duchos “en darle la vuelta a la Constitución”.

A lomo en el mismo carril neoliberal, Ernesto Zedillo Ponce de León, agobiado por las atroces consecuencias del maquinado error de diciembre de 1994, aceptó ante el presidente Bill Clinton exponer la factura petrolera como garantía de pago del colosal salvataje financiero organizado por la Casa Blanca. Zedillo consintió, con la complicidad del Senado, la fijación de nuevos límites en aguas territoriales y de la zona económica exclusiva de potencial petrolero en el Golfo de México, desapareciendo incluso la Isla Bermeja como cuadrante de referencia. Zedillo impulsó también la fragmentación de Petróleos Mexicanos (Pemex) para facilitar su desmantelamiento, y un modelo de contratos anticonstitucionales para facilitar la incursión privada en actividades primordiales de la industria.

A la aciaga historia de la alternancia partidista en la presidencia de México -en una etapa de explosivo auge en los precios internacionales del crudo-, corresponde el monstruoso saqueo de la renta petrolera, que ha bajado a Pemex en el top 10 mundial y simultáneamente la ha convertido en una de las empresas del ramo más endeudadas del planeta.

El panista michoacano Felipe Calderón presidirá dentro de unos días, por última ocasión, la efemérides conmemorativa de la nacionalización petrolera. Antes de hacerlo, para satisfacer los resabios fundacionales del PAN, el mandatario aprovechó la reciente reunión de cancilleres del G-20 para dar a Washington otro motivo de congratulación, haciendo firmar a su canciller Patricia Espinosa un Acuerdo para la Exploración y Explotación de Yacimientos Transfronterizos, con la jefa de Estado USA, Hillary Clinton, acto en el que sibilinamente se ofreció como “testigo”. Nuestra industria insignia para el desarrollo económico, reducida a asunto de secretarias.

Conocido el entreguismo calderoniano hacia los Estados Unidos, huelga hablar del contenido de ese documento. Baste subrayar dos elementos: Dada la asimetría tecnológica en materia petrolera entre ambos países, no se requiere ser adivino para saber quién se llevará la parte del león. De otro lado, lo que para el régimen constitucional de los Estados Unidos es un simple “acuerdo” -casi de orden administrativo- para México -como ocurre con el devastador de Libre Comercio- es un tratado, lo que impone a la parte más débil condiciones depredadoras.

Del Senado mexicano, poco se puede esperar en su carácter de Cámara de sanción de ese tipo de desarreglos, como el TLCAN. Por lo demás, los senadores del PRI conocen la posición de su candidato a la presidencia, Enrique Peña Nieto, en cuanto a política petrolera. No es casual, ni gratuito, que sea el Instituto Americano del Petróleo, agencia representante de las petroleras estadunidenses, la primera en echar las campanas a vuelo por tan sabrosa noticia. Sólo resta acompañar al clásico: ¿Por quién doblan las campanas?



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