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Edición 211

 EN EL ESTILO FACCIONAL de gobernar, ya no el “personal” al que se refería el difunto Daniel Cosío Villegas, asumido por los tres más recientes presidentes de la República, más acusadamente por los panistas Vicente Fox y Felipe Calderón, se han introducido trampas en la medición del Producto Interno Bruto (PIB) -que es el valor total de la producción nacional-, consistentes en integrar mañosamente a ese concepto, por ejemplo, las remesas en dólares de los mexicanos transterrados que producen para economías extranjeras, el ingreso por los variados tráficos ilegales, principalmente el de narcóticos, diluido en el cómputo acumulado de divisas; y el registro de exportaciones sin desagregar el costo de las importaciones de más de 90 por ciento de los componentes de la industria maquiladora. Aun así, comparado con otros países de América Latina, en los últimos nueve años el crecimiento real del PIB ha sido insatisfactorio para la economía en general y para el mexicano en particular, al que las estadísticas le asignan un producto per capita absolutamente ilusorio, dada la monstruosa concentración de la riqueza en nuestro país.

Desde una perspectiva éticamente realista, un presidente de México, movido por los imperativos de la integridad intelectual, la honestidad republicana y la responsabilidad política -o al menos por el de la simple sensibilidad social- debería iniciar su mandato constitucional haciendo, desde el punto de vista filosófico, un ajuste de cuentas con el pasado, si de veras tiene una auténtica vocación y, sobre todo, genuina voluntad de servicio a la Nación. Desde el gobierno del “priista” Ernesto Zedillo, ni por mero instinto de supervivencia se ha simulado, siquiera, esa intención.

En los primeros meses de 2008, evidentemente pensando más en las próximas elecciones (calendarizadas para 2009) que en las próximas generaciones, al presidente Calderón, sin tomar en serio la incesante erosión de la economía mexicana -que no es sólo variables macroeconómicas-, ni los latentes signos de descomposición y cataclismo de la economía global, se le dio la ocurrencia de patentar el spot electorero Vivir Mejor, que se convirtió en logo publicitario en la estampa mediática y en la correspondencia oficial.

Como en la desafortunada autopromoción del “presidente del empleo”, Vivir Mejor ha devenido gran burla ya no sólo para el mexicano del llano, sino aun para aquellos plutócratas aliados electoralmente al mandatario en 2006, que han visto frustradas sus ambiciones de hacer los grandes y fraudulentos negocios que lograron realizar durante los gobiernos desde el hoy arrepentido Miguel de la Madrid hasta el demente Vicente Fox.

Sin arrodillarse frente a la tempestad económica que devasta México y  hace astillas un programa anticíclico sí, y otro también, el presidente Calderón pretende “levantar corazones” (fundadores del PAN dixit), expectorando un mensaje triunfalista que quiere difundir la sensación de que la crisis mexicana ha tocado fondo, e implantar la impresión de que en los “próximos trimestres” -¿cuántos?- la pesadilla habrá terminado.

En ese tenor, con dedicatoria especial a los medrosos pero lúcidos inversionistas extranjeros, que están desviando sus proyectos hacia América del Sur, particularmente a Brasil, apenas la semana pasada el Presidente blasonó que México es uno de los “países más competitivos del mundo”. Lo hizo, unas cuantas horas después de que la consultoría Alixpartens difundía un estudio que coloca a México como “el más barato” en el rango de producción manufacturera, desplazando a China e India, que en 2008 ocuparon el primero y el segundo lugar, respectivamente.

Lamentablemente, no parece haber contradicción entre una y otra afirmación, si asumimos que el grado de atracción de México para los inversionistas extranjeros radica en lo que genéricamente se conoce como “ventajas comparativas”, que no son otra cosa que una mano de obra castigada por los bajos salarios y la negación de prestaciones socioeconómicas al trabajador, ahora por añadidura sujeto al sistema de subcontrataciones obrero-patronales, trianguladas con la ruin tolerancia de las autoridades del Trabajo y la corrupción de los sindicatos. Un modelo, dicho por los especialistas, de corte semifeudal, en el que el Estado ha abandonado la tutela de los derechos de y al trabajo prevista por la Constitución.

Es el caso -vale la pena recordarlo y subrayarlo- que, durante su periodo de vertiginosa irrupción en los mercados globalizados, China ha sido acusada sistemáticamente por sus competidores en foros como el de la Organización Mundial del Comercio (OMC), de explotar una mano de obra casi esclava, que le permite competir con su producción a precios de dumping, insostenibles por las potencias industrializadas que enfrentan la acción reivindicatoria de los sindicatos en favor de sus agremiados.

De acuerdo con los factores que la consultora citada toma en cuenta, la baratura de México estriba en que la industria manufacturera tiene aquí un costo laboral de menos 25 por ciento respecto de los Estados Unidos (obviamente, la encuestadora se queda corta), cuando aun para China el diferencial es de seis por ciento. Si ese es el criminal costo que la clase trabajadora mexicana tiene que pagar por el galardón, a pesar de los falsos enunciados igualitarios del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), los compatriotas están fritos. Y no obstante esa cruel “ventaja comparativa”, la Confederación de Cámaras Industriales acaba de anunciar que en 2009 se perderán hasta 700 mil puestos de trabajo. Si sólo nos basamos en ese referente, ya vemos, pues, lo que significa en México y para los mexicanos Vivir Mejor.    

 

 

 

 

  



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