A veinte años del
terremoto político
En escenarios de libertad, por
supuesto que es legítimo que aquellos que quieren cuadrar la realidad a modo
de los intereses del poder demanden para México una izquierda "políticamente
correcta". Falta, sin embargo, el virtuoso que, por encima de la semántica
elemental, nos convenza del significado de corrección.
Remitamos la memoria, para efectos
de ilustración, al 15 de agosto de 1988: Las calles y las conciencias de los
mexicanos estaban estupefactas por el multitudinario clamor cuyo centro de
gravedad era la denuncia del fraude electoral en las elecciones del 6 de
julio de aquel año. Ese día de agosto se iniciaban las sesiones del Colegio
Electoral de la Cámara de Diputados para la autocalificación de los miembros
que formarían la LIV Legislatura federal, órgano al que después le
correspondería dictaminar la elección presidencial.
En un ambiente de crispación,
enervada por las rigurosas medidas de seguridad, en la explanada del Palacio
Legislativo de San Lázaro y luego en las galerías del salón de plenos,
aquella mañana irrumpieron coléricos grupos de manifestantes al grito de
¡Viva Cuauhtémoc! ¡Cárdenas presidente! Obviamente, se referían a Cuauhtémoc
Cárdenas Solórzano, candidato del Frente Democrático Nacional (FDN) a la
primera magistratura del país, para quien sus seguidores reclamaban el
reconocimiento del triunfo electoral. El propio Cárdenas Solórzano estuvo
presente en ese episodio.
Esa era la expresión tumultuaria
externa en una de las cámaras del Congreso de la Unión. Pero en su interior,
a menos de hora y media de instalada la sesión, y en el momento en que se
llamaba a los integrantes de las tres comisiones dictaminadores del Colegio,
el primer desaguisado lo provocó el diputado electo ex priista Ignacio
Castillo Mena, de la Corriente Democrática, para objetar la participación en
esas comisiones de los representantes acreditados por el Partido del Frente
Cardenista de Reconstrucción Nacional encabezados por Rafael Aguilar
Talamantes. Intercedió Pablo Gómez Álvarez, del Partido Socialista Mexicano,
para recomendar que no se hicieran discriminaciones gratuitas. Las tres
denominaciones, con la del Partido Popular Socialista, pertenecían al FDN
que apoyó a Cárdenas Solórzano. La variopinta composición del Frente no
obstó para que al michoacano se le considerara por los analistas políticos
como el hombre de las izquierdas mexicanas.
Dos datos más: Mientras el
disturbio llegaba a la agitada tribuna del salón, un cuarto personaje -del
Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM), también integrado al
Frente-, Carlos Enrique Cantú Rosas, vociferaba su amenaza de separarse del
FDN, rompiendo el compromiso unitario. Ecuánime, pero enérgico, el virtual
diputado del Partido Acción Nacional, Carlos Castillo Peraza abogó por
mantener unido el bloque opositor. El coordinador de los panistas, Abel
Vicencio Tovar, coincidió con la conminación del yucateco. Días después,
Vicencio Tovar movilizaría a su bancada en una violenta tentativa de acceso
a los paquetes electorales. A mayor abundamiento, el candidato presidencial
del PAN, Manuel de Jesús Clouthier del Rincón, se impondría a la directiva
del Colegio Electoral para ser escuchado por las comisiones dictaminadoras.
Antes de que se abordara la orden
del día, el recinto todo transpiraba barbarie: pintas, improperios,
escupitajos, mentadas, forcejeos, lanzamiento de monedas a los ya
sospechosos de Judas traidores. Un grupo de diputados -entre ellos los
escritores don Andrés Henestrosa y Jaime Sabines- tuvo el cuidado de llevar
una lista de epítetos vejatorios. Sumaron más de 2000. Ese grotesco
espectáculo se prolongó en San Lázaro hasta el 10 de septiembre en que la
minoraría mayor del PRI impuso a trompa talega la declaración de Presidente
electo en favor de Carlos Salinas de Gortari.
¿Quiénes fueron entonces los
"políticamente correctos"? ¿Los de la izquierda? ¿Los de la derecha? ¿Los
del centro? ¿Los candidatos presidenciales Cárdenas, Clouthier y doña
Rosario Ibarra de Piedra? ¿Quiénes fueron los políticamente incorrectos? No
encontramos al sabio sinodal que nos de una respuesta de aceptación
universal.
Lo trascendental de esa historia,
más allá de las calificaciones arbitrarias a los actores electorales, es
que, ni el sistema político mexicano ni el PRI nunca han vuelto a ser lo que
fueron hasta antes del 6 de julio de 1988. De esa noche, tiempo después el
entonces presidente, Miguel de la Madrid Hurtado, le dio lectura a la
conmoción electoral como un terremoto político entre la caterva
priista, reacción a bote pronto que alcanzó signo profético cuando, después
del paso de Salinas de Gortari por Los Pinos, se hace recuento de los daños
inferidos por su gestión -peores que los sismos de 1985-, que no acaban de
repararse; por el contrario, se han profundizado devastadoramente en los
primeros veinte años de salinato, ayer pintado de tricolor;
hoy de azul. Pedir corrección en la lucha de los contrarios en sistema
despótico como el mexicano, es una invitación a confinarse en la paz y el
silencio del convento y dejar que la barbarie tecnocrática neoliberal siga
gobernando bajo la técnica de tierra arrasada. ¿Por qué no mejor un tiro en
la cabeza?
