
Tenía razón Dante -no el jarocho: el florentino- nadie
mejor que un poeta de conductor para zambullirse en los calientitos rosales
del averno, aunque los bardos se mantengan a buen resguardo de la llamarada.
En la Revolución Mexicana, con su preámbulo y posteridad,
los rapsodas entre rimas y siluetas guían aún por aquellos andurriales de la
chamusquina. José Juan Tablada, introductor e intérprete del haikú,
veraneaba en los prolegómenos del averno, era uno de los consentidazos
creadores que tanto embecerró el porfiriato y el huertazo.
Fernando Benítez, en uno de sus tres tomos de Lázaro Cárdenas y la
Revolución Mexicana, relata cómo Tablada le atoraba con vikingo fervor a
las comelitonas que organizaban jorocones del latifundio; uno éstos, el
morelense Ignacio de la Torre, oficiaba frecuentemente de anfitrión del
escritor quien en la Feria de la vida, reseña las opíparas e íntimas
bendiciones de coñá que le prodigaba la burguesía pulquera.
Don Fernando, en la obra referida, se tropieza en más de
una ocasión, por ejemplo, su análisis acerca de Baja California y Ricardo
Flores Magón sitúa al revolucionario en calidad de instrumento imperial,
colma al ácrata grandioso de una inocencia canonizable lista a ser zampada
por la perversidad de un Houston reeditado que calcaría lo de Texas... Hay
trastabillares en otros acápites, empero, no son escasos los datos de
interés, entre los que descuella -para seguir en Morelos- la Laguna de
Tequesquitengo, en la actualidad centro turístico, que brotó cuando el
hacendado de San José Vista Hermosa hizo fluir en anegación la aguas contra
campesinos en rebeldía. Desaparecieron villorrios en el diluvio sin lluvia.
Ya se enterarán los bañistas que se refrescan las carnes sobre el grito de
un titipuchal de ahogados.
Enraizados en el estado del gran Zapata, no está de más
evocar que los De la Torre eran sus patrones y que a Nachito lo sorprendió
una redada con otros 40 contertulios que muy embigotados se transmitían
generosos la plática y el quicorete. De tal cateo, en 1901, proviene el
mágico 41de las desguarnecidas retaguardias.
Alfonso Arau, en su película "zapatista" redundante quiso
guiar con el guión de que Miliano y Nachito sostenían románticas
vinculaciones. Se inspiraba el cineasta en la señora Chapoy... y en la
deducción de que el joven De la Torre movió sus arquimédicas palancas, a fin
de rescatar de la leva porfiriana al extraordinario caballerango y domador
de cuacos.
No se atrevió el señor Arau. Emiliano Zapata es símbolo y
patrimonio colectivo. Don Alfonso se quedó con su "Divino" productor, quien
de saquear cuentahabientes se trasladó al beatificante fulgor de los
reflectores.
Entre cañaverales el cántico
Antizapatistas eran los versificadores chiqueados por el
régimen. En otra retobada se comentó que López Velarde, el de la estupenda e
innovadora Suave Patria, se ajustaba a la medida toda clase de
camisetas. Del grandioso Miliano don Ramón se expresaba prejuicioso; no
había variación en sus conceptos con los emitidos por el "Cuadrilátero" ,
parlamentarios que sin ser poetas en el aire las componían. De aquel
cuadrúngulo se desgajó el mote contra Zapata, el sujeto expreso, de "Atila
del Sur", expectorado en la tribuna por José María Lozano, quien al lado de
Querido Moheno, Nemesio García Naranjo y Francisco Olaguíbel, discurseaba en
tribuna tesis que hubieran hecho la delicia de Franco y Mussolini.
A Emiliano Zapata Salazar se le temía no por las "atiladas"
del cuadrado. El miedo de Díaz, Madero, Huerta y Carranza debíase a la
profunda transformación social del zapatismo. No al retorno hacia lo de "endenantes",
a lo precolombino, como infería Octavio Paz. Terror de clase causaba porque
Miliano in situ, como dicen los elegantes, esto es, en su aquí y su
ahora, entregaba tierras, administraba ingenios con eficiencia en una
economía comunista cuyos ingresos principales se destinaban a viudas y
huérfanos, el resto se dividía entre trabajadores y requerimientos de la
defensa revolucionaria. Este era el pavor que en sinonimia le manifestaban
crematísticos e incluso antiporfirianos y contrahuertistas. Algo similar
haría el Che Guevara en su ministerio económico y antes, en Sierra Maestra
contra Batista, formó -bajo control popular- un organismo que vigilara la
observancia de los principios de la Revolución, para evitar que algunos
luego se quieran cobrar a lo grande y en efectivo tanto sacrificio. Lo
mismito realizó el calpulelque en localidades liberadas. La propia población
cuidaba de que de sus filas no se le fueran a destapar cobradores.
En Zacatepec zafra y refinación resultaban tan
productivas como los comunitarios dividendos, trabajo fructífero en todos
los sentidos, pese al asedio de Victoriano Huerta, Juvencio Robles, Pablo
González -en distintos gobiernos- cuyas acciones de quemas de aldeas,
concentraciones masivas, torturas y asesinatos en masa, nada le pedirían en
términos focales a lo ejercido por los marines en Vietnam.
Zapata simbolizaba el desempeño popular en el que destacó
Manuel Palafox, administrador sin quijotadas de los ingenios, revolucionario
sin mácula de comillas a quien los mismísimos zapatistas destituirían ¡por
homosexual! Eufemio, hermano de Miliano, fue uno de los que más lo atacaron.
Yerro enorme. Los equívocos no puede silenciarlos ni la prisión de una
estampita.
El destituido buscó venganza en una proclama que decía
perseguir la pureza del Plan de Ayala, pronunciamiento dirigido
¡contra Zapata! Como ya se pormenorizó en otros Retobos Emplumados,
el propio Palafox había cometido a su vez una ingente equivocación al
intrigar junto a Antonio Díaz Soto y Gama en perjuicio de Otilio Montaño, al
que por cierto más de uno le atribuye la redacción del Plan de Ayala. Lo
acusaban de proclividades carrancistas, cuando en realidad lo que proponía
era una alianza con Obregón que ya despuntaba divergencias con don
Venustiano. La propuesta era inaceptable, mas no pasaba de mera proposición
que no se catapultaba desde la mala fe. Lo fusilaron. Miliano pudo desmontar
el paredón, pero de hecho rubricó la sentencia. Los errores pesan una
historia. Y más pesarosa todavía es la grilla en las entrañas de la
revolución. Antonio Díaz se convertiría en uno de los más almibarados
apologistas del Álvaro Obregón. Soto y Gama fue adulador también de ¡Hitler!
De veras que el fusilado inmemorial devuelve las descargas.
De la estrofa pólvora y polvareda
Con Miliano los poetas estuvieron despuecito. Germán List
Arzubide le dedicó varios cantos y una biografía. En la época hasta el
overol le instalaron a Zapata de muralla: obreros versus campesinos,
Batallones Rojos sometidos en el hechizo de un verbo quebrantado. Carranza
ordenó, Obregón estructuró y el Doctor Atl -Germán Murillo- encabezó la
concreción del convencimiento: trabajadores lanzados contra trabajadores,
operarios sucumbidos por el relumbrón de las promesas.
El pintor Dr. Atl, que asimismo le hacía al cuento y los
versitos, estaba becado en París, beca que le preservó la dictadura. Murillo
previó lo que hasta con los ojos cerrados se podría vislumbrar: la caída del
tambaleante Huerta. Y el "visionario" se arrimó a la inminencia de un nuevo
poder. En Francia editó una publicación con un destinatario centralismo:
Carranza, al que le entintaba su instantánea devoción constitucionalista.
Prendió su estratagema: fue llamado... y elegido para enfrentar tornos y
azadones. Al igual que Soto y Gama, el del lienzo y el pincel cubriría de
lisonjas al "führer" en los enmielados mareos de la melcocha.
No todos los artistas se tornaron carranclanes de
ocasión. Un polígrafo revolucionario sostuvo pie y pluma con los zapatistas:
Rafael Pérez Taylor, escritor afantasmado en enciclopedias, se le ningunea
cual espíritu enmudecido por el médium. Su arenga a evitar los Batallones
Rojos no se borra por muchos tallones de goma que endilgue el "historiador".
En efecto, sólo resta de la estrofa pólvora y polvareda,
tierra en espiral por la revuelta, conglomeración de poetas en el caserón
del remolino, el peruano Santos Chocano, por caso, enviado a México por el
presidente guatemalteco Manuel Cabrera Estrada, golpista derechoso que tuvo
por yerno al alemán Ernst von Mercker al que nombró secretario de
Gobernación, germano que sin dificultad ingresaría al Guiness porque más
tarde fue nombrado jefe policial en San Luis Potosí en la gubernatura de
Saturnino Cedillo.
Cabrera y Chocano estaban impresionados por las hazañas
de Pancho Villa. El bardo no sólo pudo conocerlo, le sirvió además
brevemente de secretario. Aquí pergeñaría un poema que le redundó mucho
prestigio: El idilio de los volcanes, extasiado por el descomunal
esteticismo de Izta y Popo. Es necesario asistir a Amecameca y comprobar que
el milagro queda al tiro de una mirada: La Mujer Dormida untada de
alboradas, el suelo de arenilla preciosa rociada con el vino tinto de un
cancionero, la hermosura que sin metáforas puede empuñarse en un guiño.
Chocano admiraba a Villa en su leyenda, no en su accionar
revolucionario. Por eso la única fidelidad del andino fue a las espadas. Por
eso de un balazo asesino a Edwin Elmore Letto, estudiante limeño. Por eso
Santos en Santiago de Chile, durante un trayecto en tranvía, pereció a manos
de un loco que a carcajadas le recetó una endecha. 