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Salvo por excepción, los presidentes priistas
solían hacer la purga de su gabinete después de las elecciones
federales intermedias de su sexenio, para descartar pretensos
presidenciables y asegurar la unidad de mando con vistas a su
sucesión. Práctica del partido "casi único", es una táctica
generalizada entre los hombres de Estado que pretenden dar
continuidad a su formación política en el poder y a sus programas de
gobierno. En México, ese blindaje se explicaba, además, dado el
impedimento de la reelección.
Con los presidentes panistas, ese proceso de
ajuste -que inspira sospechas de inestabilidad- se ha venido dando
sin fecha ni calendario. Vicente Fox, con su estilo desbocado, llegó
a Los Pinos anunciando que él contrataba a sus colaboradores por
seis años, e hizo incluso alarde hiperbólico cuando presentó a su
gabinetazo, término que intentó revestir de calidad y
excelencia a los secretarios encargados de despacho. Pronto, la
primera estructura administrativa empezó a derruirse, apareció el
fenómeno de "la sucesión adelantada" y el mandatario perdió, en la
hora crepuscular, la candidatura presidencial de su partido.
El presidente Felipe Calderón, apenas cumplido
año y medio de su mandato, se ha desembarazado de cuatro de sus
secretarios originales: los de la Función Pública, de Gobernación,
Desarrollo Social y recientemente el de Economía. Vista la
mediocridad profesional y política que caracteriza al equipo de
gobierno en general, frente a los desafíos de las políticas públicas
a su cargo, se da por aceptada la explicación de ineficiencia e
ineficacia, por no decir que ineptitud, como motivos de la remoción,
salvo en el caso de la Secretaría de Gobernación, en que los
observadores dieron por descontada la eventualidad del delfín
sucesorio.
Si, como acostumbran decir los absolutistas,
nadie es indispensable en una nómina de colaboradores, esas
decisiones no le quitan el sueño al ciudadano común, Pero en el caso
del secretario Eduardo Sojo se plantean dos implicaciones. La
primera: los empresarios, que no se sienten gente común, suelen
incomodarse cuando les quitan una posición administrativa dócil, con
la que se sienten a sus anchas en función de sus intereses de clase.
La segunda es menos simplista. Sojo era una pieza heredada del ex
presidente Fox. Que sea separado de su encargo en semanas en que el
ex jefe nacional del PAN, Manuel Espino, convierte la controvertida
elección de julio de 2006 en piedra de escándalo, hace pensar que,
al fin, se inicia la ruptura entre antecesor y sucesor, espectáculo
que el público esperaba ansioso.
Pero, aunada a la transferencia de Sojo a una
dependencia de tercer o cuarto nivel, se presenta la
reestructuración nominal del área federal de procuración de
justicia. En este caso convergen dos hipótesis: La reciente y
pública evidencia de conflicto entre los titulares de la PGR y la
Secretaría de Seguridad Pública, que revienta la urgente
coordinación entre ambas instancias cuando se tiene por perdida la
guerra contra el crimen organizado. La otra versión sería que en Los
Pinos y la antigua casona de Cobián cedieron a las exigencias del
Congreso de los Estados Unidos, que condicionó los recursos para la
Iniciativa Mérida, a "la limpia" de los aparatos de
justicia y seguridad pública. De ser así, se había dado por buena la
imputación de corrupción de congresistas estadunidenses en esa
esfera.
Como sea, es facultad expresa del jefe del
Ejecutivo nombrar o retirarle su confianza a quienes integran su
equipo de gobierno. No es ese el punto a discusión. El punto es que
las fallas en la estrategia de comunicación deja vacíos que llena la
especulación, de la que se alimenta el demonio de la
ingobernabilidad. Bien que se renueve un aparato de gobierno, si es
para elevar su nivel de competencia, sobre todo ahora que se sabe
que México perdió cuatro puntos en el índice de competitividad. Mal
si los relevos se dan por meras intrigas palaciegas y en ellos no se
observa experiencia profesional ni política. La Republica no es una
sindicatura o una comisaría. Se asocia a un Estado que está bajo
acecho. Si su jefe no acredita astucia para manejarlo, poco se podrá
esperar de aquellos a los que se delega responsabilidades
prioritarias para el desarrollo del país. |