
Hacia finales de 1969 y después de haber asistido como
espectador de primera fila en las confrontaciones ideológicas y bélicas de
América Central, las dos Coreas, las dos Chinas y las dos Alemanias, los
UNIVERSALES me instruyeron para viajar al escenario intensamente activo
de la guerra de Vietnam y para sondear en el Medio Oriente las posibilidades
de un camino en la búsqueda de la paz entre Israel y los países árabes, en
circunstancias en que Yaser Arafat era un indomable luchador por los justos
derechos de los palestinos.
Ese año y los anteriores había visto con mis propios ojos
la muerte de centenares de civiles y combatientes de los bandos en pugna, y
emocionalmente estaba impactado por tanto odio y locura humanas de utilizar
las guerras como la "ultima ratio", como la última razón, para buscar la
paz, una paz que desde luego, la misma guerra conjuraba.
Con justa razón los historiadores habían calificado al
siglo XX, como el "Siglo de las Guerras", en el que los dos grandes
conflictos mundiales del 14 al 18 y de 1939 a 1945, lejos de resolver los
grandes problemas de los pueblos, los habían complicado y habían disparado a
su vez una serie de "guerras de las postguerras".
Tal inmersa estaba la humanidad en los conflictos armados
en boga, Vietnam en primera fila, que muy poca atención prestó al
lanzamiento del Apolo XIII, con el objetivo de ser la tercera nave tripulada
que llegaría a los dominios de Selene y que las circunstancias de los
números trece trocaron en una en una odisea que de no haber sido por la
madurez y la experiencia de ese extraordinario astronauta Jim Lovell, (de
quien antes me había hecho amigo), el que circunvoló por primera vez la
Luna, en Apolo 8, se habría convertido en la primera tragedia en el espacio
lunar.
Emocionalmente impactado por las guerras en las que tal
vez sin quererlo sería espectador para los lectores de los UNIVERSALES,
iría a principios de 1970 al encuentro de un verdadero y auténtico paraíso
de la Paz, al encuentro de un continente de 14 millones de kilómetros
cuadrados en donde jamás el hombre había logrado disparar un arma con afanes
bélicos ni se había derramado bajo ninguna circunstancia la sangre humana
con fines violentos: ¡LA ANTÁRTICA!
Por eso la Antártica tiene para mi el eterno simbolismo
de la paz, el signo de la paz universal que como un frágil hilo pende en el
destino de la humanidad, tan obcecada en sus afanes bélicos y tan afanada en
su auto aniquilamiento, con la destrucción masiva y casi irrefrenable de los
recursos naturales, que son su único sostén de vida, lo que ha iniciado el
inexorable proceso del calentamiento global con su irreversible secuela de
macro daños y mega tragedias.
La Antártica es, como ya dije, el último eslabón en el
destino de la humanidad, es lo que fue el módulo lunar "Acuario" para Lovell
y sus dos compañeros del Apolo XIII, cuando su astronave quedó inservible
tras el estallido interior de uno de sus tres grandes tanques de oxígeno y
cuya salida de la Tierra había sido a las 13:13 horas, del once de abril, en
el vuelo Apolo 13.
Fueron científicos antárticos, y esto debe registrarlo la
historia contemporánea, los primeros en descubrir en los confines superiores
la aparición de "hoyos" o "huecos" en las capaz de ozono que protegen la
vida humana y la vida animal, en todas sus formas, del letal impacto de los
rayos solares ultravioleta.
Por ello ese continente separado de los otros continentes
por los tres grandes océanos y por las circunstancias de que no cuenta con
rutas comerciales ni áreas ni marítimas y cuyas condiciones meteorológicas
son y siguen siendo su mejor escudo contra la invasión humana, constituye lo
que yo llamaría la última aventura del hombres sobre la tierra.
Pero además, si el hombre persiste en su desmedida
ambición por las riquezas naturales y rompe el equilibrio
geológico-biológico y geofísico de la región antártica del planeta, lo único
que lograría sería acelerar su propia inmolación, como aquellos dramáticos
bonzos que se quemaban en las calles de Saigón, Vietnam, en un loco e inútil
afán de cambiar la naturaleza bélica del ser humano.

RADIACION ULTRAVIOLETA SOBRE LOS POLOS
La Antártica ha saltado al primer plano del interés
mundial de la comunidad científica como consecuencia de las graves
alteraciones que comenzaron a registrarse en el curso de los años 70as en su
atmósfera superior.
Durante mi viaje a esa lejana región austral tuve la gran
oportunidad de intercambiar puntos de vista con científicos de las
estaciones permanentes de McMurdo, Byrd y la principal Amundsen-Scott,
situada en el eje del Polo Sur y desde donde se observa con mayor precisión
cualquier evolución de la atmósfera, que se estaba advirtiendo cambios
extraños en la composición de la misma. Es decir, se formaban cíclicamente
en las temporadas de verano "hoyos o agujeros" en las capas de ozono.
Desde entonces se comenzó a decir que la capa de ozono
sobre el continente helado mostraba un inexplicable "adelgazamiento" en sus
fases atmosféricas.
A nosotros, los tres periodistas invitados como miembros
de la expedición coordinada por la Fundación Nacional de Ciencias de los
Estados Unidos, se nos dieron diversas explicaciones que francamente no
comprendimos plenamente entonces, pero si nos quedó claro que el ozono
superior se estaba deteriorando, para decirlo en términos más sencillos.
Además de trabajo científico en la estación polar,
satélites de la clase "Nimbus" había detectado la formación de los llamados
"hoyos o huecos" en la capa de ozono de esa región austral.
En los últimos años, y tal vez para no alarmar a la
población mundial, se ha hablado con mayor cautela del problema, pero el
hecho evidente e innegable es que "los hoyos" en la capa de ozono han
alcanzado millones de kilómetros cuadrados y mayores en tamaño que la
superficie de la nación norteamericana y Europa.
En el Polo norte, en medio del océano, también se han
detectado, y los científicos temen que esta cada vez más frecuente
perforación de la capa de ozono, produzca en un futuro cercano, daños a la
fauna tanto marina como terrestre, y en un efecto más amplio, podría
alcanzar el género humano, con el consiguiente éxodo de pueblos enteros.
Los estragos ya actuantes del calentamiento global, están
a la vista de millones de seres humanos y han desencadenado fenómenos
naturales trágicos para la vida humana, que nunca antes había ocurrido.
Todo esto evoca la imagen de una de las plagas
apocalípticas que preconizó el apóstol y profeta Juan, desde su destierro en
la Isla de Patmos y cuyo mensaje se registra en el capítulo 16 del libro del
último libro de la Biblia.
"El cuarto Angel derramó su copa sobre el sol, el cual fe
dado a quemar a los hombres con fuego… 