No al imperio de las cavernas
Carente de un concepto y una instrumentación democrática
propios en materia de seguridad nacional, a no ser los que le dictan los
designios imperiales, el Estado mexicano ha asumido el combate al crimen
organizado de manera fragmentaria y coyuntural. Esto es, a la vista del
árbol, pierde la noción del gran bosque en el que se refugia el
bandolerismo, ejercido ora por especimenes francamente lombrosianos,
ora por elegantes bandidos de cuello blanco.
Macabro producto de esa incurable miopía, son los
recurrentes y estrepitosos fracasos que se han acumulado desde que la
violencia institucional y la economía criminal sentaron sus reales en
nuestra Patria, arrojada indefensa a las garras del neoliberalismo, a trote
del cual se han inventado toda laya de mastodontes burocráticos que no han
servido más que para disparar el gasto corriente del sector público y
levantar el espectro de la ingobernabilidad.
Entre esas rémoras burocráticas, están las comisiones
"defensoras y protectoras" de los derechos humanos, cuya correspondiente
nacional fue un ardid del salinato para arrebatar la
iniciativa a la sociedad civil, con sobrada razón mortificada por la
incesante violación al Estado de derecho en México. Restringidas a un ámbito
de intervención selectiva -no entrometerse en la conculcación de los
derechos económicos, laborales o electorales, por ejemplo-, estas
instituciones surgieron y actúan sin "dientes", y muchas de ellas -con
honradas y honrosas excepciones que confirman la regla-, han devenido
satisfacción de tripa de mal año de desempleados que no encontraron en otro
mercado ocupación más honorable.
De ello se dio y dio cuenta recientemente, en visita a
nuestro país, la alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos
Humanos, Louise Arbour, quien culminó sus encuentros con diversas instancias
civiles y gubernamentales con la recomendación de que se asuma la
delincuencia organizada en toda su integralidad: feminicidios, asesinatos de
periodistas, redes de pornografía y pederastia, narcotráfico, etcétera.
En su amplia agenda, la distinguida y preocupada
visitante tuvo contactos directos con el Presidente de la República,
ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y funcionarios de las
secretarías de la Defensa Nacional, Gobernación, Seguridad Pública y
Relaciones Exteriores. De ahí que merezca destacarse una de sus conclusiones
que tiene el valor de una palmaria acusación: "Los militares han cometido
violaciones a derechos humanos en el combate al crimen organizado
-violaciones de mujeres y adolescentes, asesinatos, detenciones arbitrarias,
robos y saqueos-, que deben ser investigadas por la justicia civil. Los
abusos perpetrados por militares", reafirmó, "deben ser atendidos por
tribunales civiles, y no sólo por la disciplina del Ejército".
Conviene subrayar la alta autoridad e imparcialidad que
revisten las funciones de la comisionada de la ONU, ajena a filias y fobias
políticas de actores domésticos, cuyas denuncias, precisamente por esas
características de su militancia, son desoídas y desestimadas por las
esferas del poder institucional, llamadas a preservar y proteger las
garantías constitucionales de los mexicanos.
En la recomendación de extender la jurisdicción de los
tribunales civiles en la sanción a los militares transgresores, existe, sin
embargo, un claro signo en la percepción de la señora Arbour que, acaso por
discreción, no planteó en toda su perversa dimensión: la desconfianza
ciudadana en los jueces, magistrados y ministros en los casos en que éstos
atienden las denuncias de las víctimas, también civiles; es decir, cuando a
los infractores y sus juzgadores no los protege el fuero castrense.
Por eso no puede echarse en saco roto la cuestión capital
de la proposición de la alta comisionada, en el sentido de que gobierno y
legisladores acometan y concreten la reforma de la Constitución y del
sistema de justicia penal, para que las normas de derechos humanos adoptadas
y firmadas por México en los tratados internacionales, "reciban el rango
constitucional y sean aplicadas como ley suprema en los procesos que se
llevan ante los tribunales".
Esa humanista prescripción, no por ilusoria -dado el
hiriente y humillante estado de cosas que priva en México- deja de ser más
oportuna: Los detentadores de los poderes públicos que postulan la Reforma
del Estado, lo han hecho rezando sólo para su santo, dejando a la comunidad
nacional como convidada de piedra en el banquete de los señores. Si los
arrogantes mandarines del gobierno no atienden voces como las de la ONU, la
angustiosa conclusión es que todo está perdido para la sociedad civil,
sujeta al imperio de las cavernas, de lo que se colige que la democracia es
mera quimera. ¡Qué pena!