Contumacia en
el autoengaño
Tiempo ha que algún perspicaz sociólogo insertó a
los mexicanos en la categoría de ladinoamericanos,
dándole a éste a adjetivo el sentido de sagaz, astuto. Esto es que,
lejos de ser engañado, el mexicano, como ser colectivo, por el
contrario, posee dotes para disimular, según las circunstancias en
que se mueva.
Esa consideración de orden psicológico viene al
caso, verbigracia, por el precario modelo de publicidad que el
gobierno de la República ha adoptado para infundir en la sociedad
credibilidad en su discurso y, por esa vía, revestirse de
legitimidad. El ejemplo más falaz son los mensajes electrónicos
sobre los supuestos beneficios del Tratado de Libre Comercio de
América del Norte (TLCAN) o los éxitos en el combate al
narcotráfico.
En ese cuadro se inscribió en determinado momento
el infantil triunfalismo del presidente Calderón a la vista de la
debacle económica internacional, que integrantes del llamado
gabinete económico se han encargado de rectificar, basados en
análisis realistas, documentados, sobre la vulnerabilidad de la
economía mexicana. Al respecto, el secretario de Hacienda, Agustín
Carstens Castens -en un rapto de lucidez y sinceridad- hizo la
semana pasada un reconocimiento que, arrastrado por la demagogia,
parece haber pasado desapercibido: En los últimos años, sostuvo, el
ahorro interno no sólo se ha recuperado, sino que ha mostrado un
saludable crecimiento. "No hemos visto hasta ahora un crecimiento
de la inversión privada productiva semejante al ahorro
interno". Con eso está dicho todo.
El escenario en que el titular de Hacienda
planteó esa reveladora convicción, fue el acto en el que el
Presidente firmó el decreto por el que se crea el Fondo Nacional de
Infraestructura (Fonain), que de inmediato -como era de esperarse-
las ruidosas fanfarrias de los corifeos anunciaron como panacea para
capotear la crisis que amenaza, pues, según los ecos del discurso
presidencial, cumplirá los objetivos de creación de empleos y el
abatimiento de la pobreza.
Al decantarse la optimista información, sin
embargo, lo que se descubre es que el Fonain no es más que la simple
versión recalentada del zedillista Fideicomiso de Apoyo para el
Rescate de Autopistas Concesionadas (Farac, mejor conocido, para
efecto del gasto público como "rescate carretero"), que sirvió para
meter en el costal de la impunidad las trapacerías los
concesionarios muy escasos de escrúpulos.
Según los explicadores oficiales del Fonain,
independientemente de la partida para infraestructura previstas en
el Presupuesto de 2008, el fondo tendrá como soporte activos del
Farac por unos 40 mil millones de pesos.
Pero en el exaltado proyecto aparecen cuatro
ingredientes que no cuadran en esa indigesta sopa de letras: 1)
carreteras rescatadas por el Farac a causa del incumplimiento de sus
concesionarios, cuyos compromisos contractuales vencerían hasta
2017, serán re concesionadas -en el sexenio pasado, violando
la ley, se permitió a empresarios puestos en la lista negra de entes
rescatadores, participar en licitaciones de bienes relacionados-; 2)
los recursos generados por las re-licitaciones se aplicarán
a pago de deuda y sólo a partir de 2017 ingresarán al Fonain;
3) se prevé un esquema de bursatilización de las cuotas de otras
carreteras; esto es, estos recursos serán expuestos al mercado
especulativo, y 4) en cuanto a nuevas obras licitadas, que no son
cosa del otro mundo -si bien va-, empezarían a construirse hasta
diciembre de 2008.
Puesto que los ladinoamericanos no
mastican las ruedas de molino que ponen a su alcance los demagogos,
lo que tenemos a la vista es un repetido ejercicio de auto-engaño de
nuestra contumaz tecnoburocracia. ¿Hasta cuándo ésta andará errante
con su manido discurso? Hasta que sea demasiado tarde.