En el programa de televisión que comparten varios
comunicadores a quienes elogia una parte de su auditorio, mientras la otra
los reprueba ferozmente, a propósito de reformas y privatizaciones llegaron
al consenso centrado en una verdad toral que conduce a la reflexión.
Gobiernos van, gobiernos vienen que promueven panaceas y
recetas milagrosas pocas veces cumplidas y jamás aptas para aliviar. Está en
la retorta política el bálsamo que nos rescatará de la miseria por enésima
ocasión, pero desgraciadamente contraviene uno de los actos nacionales que
con razón se juzga sacrosanto entre los sacrosantos. Aquella decisión
admirable que dividió nuestra historia con el año 1938 como ecuador, y que
pudo haber sido el camino hacia la felicidad y la bonanza, o por lo menos
hacia el alimento del pueblo.
Con un sentido semejante al que Miguel Ángel Asturias dio
a su epíteto "hombres de maíz" para definir a la raza mezoamericana, en esta
tierra propendemos a considerarnos "pueblo de petróleo", por nuestra
ancestral reverencia al oro negro.
Presidentes tuvimos que no escatimaron dispendio en
torres de oficinas ni en incrementos de plataformas y ductos; pero a setenta
años de Lázaro Cárdenas, los veneros que con voz profética López Velarde
llamó escriturados por el Diablo, han engordado los tocinos privilegiados de
siempre; han comprobado una vez más la ineficiencia del Estado empresario y
ponen al régimen actual en la difícil disyuntiva de aceptar la intromisión
privada en el sancta santorum de nuestras esencias nacionalizadoras,
o permitir que las cosas sigan como van.
Imposible eludir el juicio severo a los manejos de
nuestros gobiernos, cuyo perfil tradicional, cualquiera sea el color
político que los cobija, no es otro que el de la ineptitud, la incuria y la
deshonestidad, cada día más reforzadas por la prepotencia leguleya que pone
en la picota a todo el que se atreva a externar su opinión. En otras
palabras, el petróleo mexicano se ha manejado con los parámetros ruinosos de
los que tenemos por ejemplo, entre otros, nuestros ferrocarriles que hoy son
pieza de museo.
En el foro periodístico que inspira estas líneas, se
pusieron en la balanza pesos y contrapesos. Pero lo más importante parece
haber sido la unificación de los participantes en el punto de vista que
puntualiza la definición de México como un pueblo que vive al margen de la
historia y sigue careciendo de la información elemental que le abra las
puertas a su participación en las decisiones trascendentes. Al mexicano se
le habla de opciones entre valores que desconoce y se le quiere convencer de
cuestiones fundamentales que contempla con el escepticismo propio de su
condición permanente de marginado.
Nuestra política metida a gobernar ha producido fenómenos
en serie, que están lejos de conducir a la congruencia. En un sano estado de
cosas, lógico parece que los gobernantes escuchen a sus gobernados en las
decisiones que los van orientando. Pero cuando ni unos tienen la voluntad de
atender, ni los otros la capacidad de dar opiniones enteradas, el equilibrio
está roto de antemano.
Sabemos los mexicanos que nos agobia el malestar
económico. Se nos dice hasta el cansancio lo mucho que nuestros gobiernos
trabajan para remediar tamaña enfermedad. Pasan los meses, los años y las
décadas. Cada mañana nos enteramos de que las mayorías populares siguen con
hambre, mientras unos cuantos medran a sus costillas. Naturalmente, esos
pocos no son los mismos que eran antes.
Privatizar aunque sea una parte de lo que era público,
puede ser visto como paso atrás o como tabla de salvación. Persistir por un
rumbo que está dando muestras de conducir al desastre, puede ser locura.
Los medios nos atiborran de noticias variopintas, que en
esencia sólo nos hablan de lo mal que va la humanidad y de lo mucho que los
hombres seguimos siendo nuestros propios lobos. Pero sobre todo —eso es lo
más grave—, nos comunican versiones alteradas por los intereses de tirios o
de troyanos.
Un vistazo veloz a la historia universal nos demuestra
que desde Egipto, desde Grecia y desde Roma, el pueblo ha sido el pueblo y
no se puede afirmar que quienes lo gobiernan han trabajado en favor de sus
necesidades. Independencia, Reforma, Revolución, forman parte de nuestro
repertorio nacional de conceptos cuya retórica corresponde en muy corta
escala al beneficio popular.
Con su reconocida habilidad de prestidigitadores, los
voceros del poder y del dinero defienden sus posiciones y mientras unos
dicen que los manejos del petróleo deben recibir el auxilio empresarial, los
otros propugnan el respeto a la Expropiación, para ellos sinónimo de
soberanía nacional. En el punto medio se aboga por la consulta popular, pero
según los periodistas del programa que se comenta, allí nos tropezamos con
el problema de que nuestra gente, o carece de opinión, o la tiene muy
torcida.
Porfirio Díaz se tiró el lance de afirmar que los
mexicanos no estábamos listos para la democracia, después de pisotearla
durante tres décadas; Venustiano Carranza expuso los riesgos de un régimen
parlamentario de representatividad popular, más o menos por la misma razón.
A un siglo de distancia vemos que la inmadurez ciudadana persiste y, peor
aún, se agudiza en aras de los mesianismos y de los ofrecimientos que no se
cumplen, porque nuestro sistema podrido desvirtúa las mejores intenciones.
De la encrucijada petrolera debemos sacar fortalecida una
enseñanza. La manipulación política, que parte de nuestra Independencia y
llega a nuestros días, ha estado lejos de propiciar el pensamiento popular.
Los mexicanos seguimos yéndonos por el lado de quien nos hace promesas, sin
discernir su factibilidad. Seguimos rogando a la Virgen de Guadalupe que nos
remedie y seguimos mirando desde la barrera un toreo donde los cornados
seremos nosotros. Se nos ha preparado muy bien para permanecer al margen de
la cosa pública. 