Son pocas las personas
capaces de esbozar un cuadro de la situación actual del planeta. Pero eso no
quiere decir que no haya nadie que vea dicha situación. Aquellos que
disponen de información tienen más oportunidades de ver el presente, y
también una parte nada desdeñable del futuro.
De todos modos, es cierto que la gran
mayoría de la población, incluyendo a quienes toman decisiones y tienen
cierto poder, no disponen de dichas informaciones. ¿Por qué? Porque vivimos
en un sistema de comunicación, y no sólo de información, que no da noticia
del mundo en que vivimos, que incluso nos proporciona una imagen
completamente falseada y nos impide ver qué ocurre.

Pongamos un ejemplo. En Italia hemos conocido todos los
detalles del crimen de Cogne, el de aquella madre que posiblemente mató a su
hijo. Fue el tema principal de la prensa escrita, de los telediarios, de los
programas de cotilleo y de debates televisados. En fin, ha sido el
acontecimiento más comentado, analizado y discutido por los medios de
información durante los primeros meses del año 2002, y como resultado,
también por el público.
¿Qué hay en juego en este tema? ¿Tiene alguna influencia
sobre la «conciencia» colectiva? Sin duda alguna ejerce una fuerte
influencia en numerosos aspectos. Pero lo que está en juego salta a la vista
inmediatamente: al ocupar las primeras páginas de la prensa durante todo un
mes, la madre de Cogne (en esto, inocente) ha eclipsado el resto del
planeta. El mundo entero ha desaparecido bajo ese sudario, incluidos los
bombardeos estratégicos estadounidenses que ametrallaban por entonces los
valles de Afganistán.
Casos de ese tipo, incluso más sorprendentes todavía, son
innumerables. Pongamos otro ejemplo para ilustrar el hecho de que todo el
sistema de comunicación e información por completo está construido y
funciona para burlarse de todos nosotros y llevarnos adonde «ellos» quieren.
A mediados de noviembre, cuando los tadjik llegaron a
Kabul y la «conquistaron», la prensa escrita y los telediarios italianos más
importantes (y también los menos importantes), la Repubblica,
la Stampa, el Corriere della Sera, [los
telediarios] Telegiornale1, Tg2, Tg3, Tg4, Tg5, Tg6 y Tg7 nos
informaron de que las mujeres afganas se habían quitado «por fin» el burka y
que los hombres se habían afeitado «por fin» las barbas.
Ahora, ya lo sabemos, esas noticias eran falsas; pero con
eso no queda todo dicho. Tampoco basta con decir que los que las escribían,
las enunciaban y las publicaban tendrían que haber sabido que se trataba de
noticias falsas. Yo también soy periodista y me ha ocurrido haber dado una
información errónea, llegar demasiado tarde a un hecho, proporcionar una
interpretación falsa, pero eso ocurre una vez y le ocurre a una sola
persona.
¿Es posible que el conjunto de los periódicos y los
medios de comunicación de masas nos hayan dado por casualidad, por
negligencia, por incomprensión, durante semanas enteras, dos noticias
completamente falsas? No puede haber sido un error.
Los directores de todos los periódicos y los telediarios han movilizado a
sus mejores editorialistas para que nos cuenten esas dos patrañas durante
semanas enteras.
No es una casualidad. Es tan sólo la demostración más
notoria de que el sistema de comunicación en su conjunto no funciona sobre
la base de la verdad y de la información correcta, sino con el objetivo de
difundir noticias que proporcionan una cierta interpretación de la realidad
o de disimular ciertas partes de la realidad en beneficio de otras que hacen
mejor servicio a los mecanismos de la dominación y que son más cómodas de
contar.
Se podría argüir que siempre ha sido así. Pues bien, yo
digo que no ha sido siempre así. Lo que ocurre hoy día en este terreno es
muy, muy diferente de lo que ocurría en el pasado. Actualmente vivimos una
nueva época histórica, nos encontramos en un viraje decisivo de la historia.
Eso no ocurre a menudo. A menudo sucede que durante largos periodos de
tiempo no hay grandes cambios estructurales. En primer lugar, es esencial
entender esto. Y entender, en segundo lugar, que la comunicación y la
información constituyen los instrumentos decisivos de esta mutación
estructural histórica, constituyen los cimientos, la base.
Sin esta base, este cambio no hubiera tenido, y no
tendría, tanta importancia histórica. Es importante entender todo esto,
porque o bien somos capaces de hacerlo (y entonces podríamos defendernos), o
bien no somos capaces, y entonces estaríamos vencidos.
Por otra parte, como dichos procesos se desarrollan tan
rápidamente, hay que comprender rápido, por así decirlo. El tema de la
comunicación, y el de la democracia en la comunicación, se ha vuelto
esencial para cualquier lucha que intente defender la democracia de nuestro
país. O somos capaz de tratarlo, o perderemos la democracia.
Una comunicación indecente (es decir, desprovista de
valor intelectual, de decencia, de cultura) y manipulada (es decir,
engañosa, bajo las múltiples formas que pueden inducir al error a aquellos
que la reciben) priva a la población de medios intelectuales para
defenderse. Un país no se puede considerar una democracia si una gran
mayaría de su población está sometida a una comunicación manipulada y a una
información fundamentalmente falsa.
El cuadro que tenemos ante nuestros ojos nos muestra que
están a punto de robarnos la democracia, aunque no nos impidan ir a votar.
Mejor; así seguiremos yendo a votar sin darnos cuenta (u olvidando) que el
ejercicio de la democracia es algo muy distinto del ejercicio del voto. Este
último no es más que una parte necesaria, pero no suficiente, para que se
pueda calificar a una sociedad de «democrática».
Pero es evidente que el ejercicio del voto pierde todo su
sentido y se convierte en un procedimiento puramente formal si los votantes
ya no están cualificados para elegir, para ver la diferencia entre las
variantes, entre los programas, entre las opciones. Y la información es lo
que nos permite saber qué nos conviene elegir.
2. El 11 de septiembre y el fin de la soberanía nacional
Respecto al 11 de septiembre, resumiré la situación del la siguiente forma:
nunca conoceremos la verdad sobre el 11 de septiembre. No la conoceremos a
lo largo de los próximos cien años, como dice Noam Chomsky.
Pero de lo que podemos estar seguros por ahora, sin el
menor riesgo de error, es de que la versión que nos han proporcionado es
falsa. Incluso lo podemos demostrar. He reunido toda la información posible,
y no ha sido fácil. No por que hubiera poca, al contrario, había mucha. Pero
se encontraba enmarañada con un montón de estupideces e incoherencias tan
numerosas como manifiestas. Tenía que desenmarañar el enredo de
contradicciones antes de establecer unas circunstancias más bien simples.
Así fue cómo llegué a la conclusión de que el 11 de
septiembre tiene causas y orígenes muy, muy diferentes a las que conocemos,
las que conocéis, y que el Enemigo, el Satanás del que todos debemos
protegernos no es Osama Bin Laden.
Para ser más exactos, no es sólo Osama Bin Laden.
Este último probablemente haya participado en la
operación, o bien estaba informado de algún modo, directa o indirectamente.
En todo caso, no lo hizo solo, no desde la gruta afgana donde se encontraba
confinado, no como protagonista, sino, eventualmente, como personaje
secundario. Todo lo que se ha podido reunir para encontrar una explicación
indica que el enemigo no es el Islam, sino algo más complejo, tan complejo
que es difícilmente explicable a los millones de individuos que están
obligados a sufrir las consecuencias y que no lo podrán comprender jamás.
Un fenómeno típico en las operaciones de terrorismo de
estado es su carácter complejo y la multiplicidad de los personajes que
actúan unos a espaldas de otros pero como concertados, unidos por mil hilos
y al mismo tiempo condicionados por unas estrategias que sólo unas cuantas
personas en la cumbre conocen integralmente. Mientras que, por debajo de
ellos, los subalternos empleados en distintos niveles tienen una idea
parcial, y en el nivel más bajo, los ejecutantes lo ignoran todo respecto a
los propósitos de quienes los dominan y dirigen, pero han sido convencidos
de antemano de actuar por el interés exclusivo de la causa a la que sirven.
Explicar, desvelar todos los pasajes, toda la pirámide,
es imposible en pocas palabras. Pero es la emoción lo que vuelve más difícil
todavía hacer un análisis imparcial. Emoción alimentada por explotar y
magnificar el dolor y el miedo reales. Emoción nutrida por la agresividad
que se desencadena contra todos aquellos que intentan discernir lo verdadero
de lo falso y a quienes acusan de blasfemos por no doblegarse a la versión
oficial: la más "evidente", la más "lógica", la más "simple", pero no por
eso la más verdadera.
Nos han anunciado el comienzo de una guerra que se
prolongaría durante toda una generación. Lo ha dicho Dick Cheney, lo ha
dicho Donald Rumsfeld, lo ha declarado George Bush. Y cuando los escuché
pronunciar esas frases, sentí un estremecimiento de inquietud:
¡Pero qué diablos! ¿Han perdido la cabeza? Nos están
diciendo que moriremos todos en tiempo de guerra o moriremos todos en estado
de guerra. Pero, ¿dónde están mirando estos señores? ¿En una bola de
cristal? ¿Puede creerse alguien que para vencer a Osama Bin Laden haga falta
una guerra que dure toda una generación? ¿Habéis oído alguna vez a un mando
militar llamar a su pueblo a las armas anunciando previamente que no podrá
poner fin a la guerra durante los treinta años siguientes?
Al inicio, esta guerra fue llamada "Justicia Infinita".
Daos cuenta de que los atributos infinitos sólo pertenecen a Dios. Así que
nos enfrentamos a discursos religiosos, no políticos. Por lo que parece,
estos señores piensan (o nos quieren hacer creer que piensan) que están
investidos de una misión moral, de un magisterio religioso.
Aquello no fue un error, fue un lapsus. No sé cuál de las
dos cosas es peor: ese lapsus o el anuncio en paralelo, repetido
obsesivamente, de que la guerra iba a durar "toda una generación". ¿Y para
qué? ¿Contra quién? ¿Para qué se están preparando? ¿Por qué quieren
aterrorizarnos? Como pienso que no están locos, ni borrachos, no puedo
pensar otra cosa sino que están hablando en serio.
Los hechos lo confirman. Veo al presidente de los Estados
Unidos (a quien a partir de ahora llamaré «Emperador sustituto»), quien a
mediados de noviembre de 2001 emite un decreto anunciando: que el presidente
de los Estados Unidos de América, basándose en informaciones transmitidas
por sus servicios secretos, instituye tribunales militares secretos; que
éstos podrán juzgar (sin obligación de presentar pruebas al acusado, y menos
aún al público) a ciudadanos extranjeros capturados en cualquier lugar,
incluso fuera de los Estados Unidos, que serán juzgados en cualquier lugar,
incluso fuera de los Estados Unidos, sin tener derecho a elegir un abogado
defensor; en fin, que podrán ser condenados sin apelación a la pena de
muerte por el voto de dos jueces militares estadounidenses de los tres que
constituyen dicho tribunal especial.
Yo leo los periódicos estadounidenses y reflexiono. ¿Qué
se le pasa al Emperador por la cabeza cuando promulga un decreto de ese tipo
que significa, pura y simplemente, el fin de toda legalidad internacional
salvo la del Emperador? Significa que se acabó nuestra soberanía, la
soberanía de Italia, de Francia, de Alemania, de Pakistán, de Irak, de quien
sea. En otras palabras: hemos perdido nuestra soberanía.
3. El enemigo chino
Si a alguien la cabe la duda de que allí, en Washington, estén de broma, que
no se haga ilusiones. Intentaré ahora mostraros el cuadro que se me presenta
en toda su evidencia mientras trabajaba en la redacción del libro La
Guerra Infinita. Hasta el momento no he encontrado a nadie que haya
podido dar una reconstrucción, una interpretación a la medida de desmentir
mi tesis o de refutar sus aspectos de fondo. Empecemos con una pregunta
esencial. ¿Quién provoca un escándalo por atreverse a poner en cuestión lo
que los bienpensantes consideran como adquirido? ¿Quién es el enemigo?
A finales del año 2002, el Pentágono difundió un
documento que llevaba una firma muy importante, la de Donald Rumsfeld. En
2002, Donald Rumsfeld no era todavía ministro de defensa, pero es importante
no perder de vista el hecho de que desde finales de 2002 el Pentágono
calculaba que en 2017 el enemigo principal de Estados Unidos sería China. Se
puede preguntar, ¿por qué en 2017 precisamente?

Respuesta: porque es el resultado de los cálculos y las
extrapolaciones efectuados por los centros de investigación militar. Basta
con introducir en el ordenador, como seguramente lo habrán hecho los
analistas del Pentágono, los datos de tendencias demográficas, económicas,
tecnológicas y militares de China para constatar que si el crecimiento de
China prosigue al ritmo actual de 7-8 por ciento de su producto interior
bruto como media anual (como lleva haciendo durante unas dos décadas), hacia
2017 mil 300 millones de individuos comenzarán a consumir "demasiado". Es
decir, que comenzarán a comer tanto pan como nosotros, a beber tanta agua
como nosotros, a poseer tantos coches como nosotros y a consumir tanta
gasolina como nosotros.
Y nosotros, los ricos (incluso si nosotros no somos todos
ricos y simplemente nos hemos aprovechado de las migajas que han caído de la
mesa de los ricos), que no somos más que mil millones de individuos, ya
hemos dañado gravemente la naturaleza que nos rodea por el tipo de
consumición que vamos arrastrando. Imaginémonos un poco lo que ocurrirá
cuando mil trescientos millones de personas adicionales hagan su aparición
en la economía de mercado para consumir con las mismas pretensiones de
derroche que nosotros. Es evidente que no habrá sitio para ellos y para
nosotros, a no ser que destruyamos el fundamento mismo de la vida sobre el
planeta.
Además, ya en el día de hoy, un solo país puede tomar
decisiones sin pedirle permiso a los Estados Unidos y a su presidente; ese
país se llama República Popular de China. Para evitar malentendidos, hago la
precisión de que no estoy emitiendo ningún juicio de valor sobre el régimen
político y social que dirige China en este momento. Me limito a constatar
los efectos actuales y potenciales de su desarrollo. Y si las cosas se
encuentran así, no se puede eludir una pregunta: ¿quién decidirá lo que
tiene derecho a consumir China? ¿Y les autorizarán a consumir tanto como
nosotros?
4. La guerra de los ricos
Hay una enorme tensión social en el mundo, que ha crecido más allá de todo
límite precedente, entre ricos y pobres. El número de ricos se restringe,
mientras se vuelven más y más ricos, y el número de pobres aumenta, mientras
se vuelven más y más pobres. Esto representa el primer elástico, un elástico
terrible que durante los últimos veinte años se ha tendido más allá de lo
soportable.
La diferencia entre la quinta parte de la población más
rica y la de la población más pobre se ha multiplicado por cuatro puntos y
medio durante los últimos veinte años. Una quinta parte sería el 20 por
ciento de la población más rica y la otra quinta parte, el 20 por ciento más
pobre. Cuatro puntos y medio por año. Es decir, que la globalización
estadounidense (la llamo así porque han sido los Estados Unidos quienes han
determinado esta fase de una manera absolutamente predominante) ha producido
una acumulación monstruosa de riqueza a manos de una cantidad ínfima de
personas.
De todos modos, esto sólo representa una parte del
problema. Hay una segunda parte mucho más importante. Es el hecho de que
hemos llegado hoy día a los límites del desarrollo. Eso tampoco había
ocurrido nunca antes. Hemos conocido un siglo y medio de desarrollo
(capitalista y no capitalista) que ha tenido un fuerte crecimiento en el
norte del planeta y un crecimiento débil o inexistente en el sur.
Sabemos el modo en que se ha desarrollado la humanidad y
lo observamos de forma distraída. Pero es nuestra vida cotidiana la que nos
tendría que hacer reaccionar. En efecto, en la historia de la humanidad
nunca había ocurrido que los hombres modificaran su entorno. Nosotros hemos
llegado justo a ese estado. Aquí no podemos analizar todas las causas. Una
vez más, me limito a constatar hechos. El límite, el techo de este
desarrollo nuestro, a penas está por encima de nuestras cabezas; si nos
ponemos de puntillas, rozamos el techo.
En todo el occidente ya estamos obligados a cerrar
nuestras ciudades porque no podemos respirar. Y ahora mismo, mientras
hablamos, hay mil millones de hombres que no tienen agua para beber. Los
cálculos indican que dentro de diez años habrá dos mil 500 millones de
hombres que no tendrán agua para beber. La alimentación de tres de los seis
mil millones de habitantes del planeta ya es un problema.
Hoy día. ¿Qué ocurrirá entonces cuando los mil 300
millones de consumidores a los que aludíamos antes entren en escena? A esas
personas que querrán consumir tanto como nosotros, ¿cómo se lo podremos
negar? ¿Y a los otros tres mil millones de personas que viven con un dólar
al día? ¿Y a los millones de niños que mueren de hambre? ¿Cómo les
explicaremos que no tienen derecho?
¿Y qué presidente de los Estados Unidos se levantará un
buen día y explicará a los doscientos cincuenta millones de estadounidenses:
«Queridos ciudadanos, no podemos seguir así. Tenemos que cambiar este
sistema de vida, debemos concertar con el resto del monde algún medio para
sobrevivir, tenemos que determinar con ellos nuestros niveles de
consumición, nuestra calidad de vida»?
Eso supone sentarse todos juntos a la mesa (los
representantes de occidente, de Europa, de América, de China, de la India,
del mundo árabe, todos juntos), sacarse las pistolas de los bolsillos y
dejarlas a un lado. Supone que comencemos a conversar de igual a igual,
honestamente, sobre el modo en que tenemos que vivir, salvar nuestro
planeta, evitar poner en peligro nuestros glaciares, nuestros recursos; que
nos pongamos a pensar en el futuro de nuestros hijos y de las generaciones
por venir.
Es una de las posibilidades. Desgraciadamente, no es la
más probable. ¿Cuál es la alternativa? La guerra. Por eso vamos a la guerra.
Vamos a la guerra porque el grupo que dirige los Estados
Unidos y todos los grupos dirigentes occidentales son incapaces de decir la
verdad sobre la situación actual del mundo. Estos hombres no tienen ni las
herramientas culturales, ni la intención de hacerlo. Quizá sea una tarea
demasiado grande, demasiado difícil, incluso peligrosa, ya que si un
presidente de los Estados Unidos se alzara para decir cosas de este tipo, es
probable que lo mataran al día siguiente.
Existen poderes igualmente fuertes que obtusos, cuyo único interés es
seguir así, como siempre lo han hecho, con la cabeza gacha, en busca de su
propio provecho. Pero hay que reconocer que en este asunto tampoco existe
una alternativa cultural de peso.
El aspecto esencial es que no se trata sólo de una lucha
entre los ricos y los pobres del mundo. Nos enfrentamos a una lucha
completamente inédita que no puede contrastarse más con las viejas teorías
del imperialismo, sino en términos más bien de supervivencia pura y simple
del ser humano.
Habréis entendido que nos encontramos justo en la meollo
de un viraje decisivo en la historia. Y sólo la complejidad de este terrible
viraje puede explicar que el presidente de los Estados Unidos nos haya
anunciado que entramos en una guerra muy larga, tan larga que durará una
generación entera, incluso más. Es la guerra de los ricos contra los demás.
Quieren llevarnos a esta guerra porque creen que saldrán victoriosos; no han
sabido entender que ni siquiera los ricos resultarán vencedores. Una guerra
sin vencedores.
Y yo os pregunto y me pregunto: ¿qué podemos hacer
nosotros para no entrar en esta guerra? Personalmente no le veo sentido a ir
a hacerse quemar, y menos aún, ir a hacerse quemar sin razón alguna. Porque
precisamente no estoy convencido en absoluto de que esta guerra (una guerra
que implica la matanza de cientos de millones de hombres) sea de ninguna
utilidad para el destino de la raza humana. Y no nos ayudará tampoco a
salvaguardar los valores occidentales de los que, puestos por escrito,
estamos tan orgullosos.
5.
La oposición a la guerra (nuclear) infinita
No estoy intentando vender esperanzas. Quien vende esperanzas en un momento
semejante no es más que un charlatán. Esperanza no hay más que una, la de
organizarnos para impedir que esta guerra continúe. Es muy difícil, sobre
todo porque tenemos poco tiempo en nuestras manos. La guerra contra Irak
todavía está humeando. Otras guerras vendrán, y serán guerras asimétricas.
Entre ellas, las habrá grandes y las habrá menores.
Después de Irak le tocará el turno a Irán. Los planes de Washington lo
exigen así porque los Estados Unidos tienen que eliminar a todo adversario
intermedio. A todos, antes de enfrentarse con China. O mejor dicho, para ser
más precisos, las guerras intermediarias tendrán como función mantener un
estado de tensión permanente que a su vez permitirá a los Estados Unidos
desarrollar un terrorífico programa de rearme.
China podría convertirse también en un adversario contra
el que no se luche, con la condición de que haya sido puesta previamente en
un estado de inferioridad absoluta y, en cualquier caso, en una situación en
que le sea imposible rivalizar con la potencia militar estadounidense y de
acercarse (incluso de lejos) a unas condiciones de igualdad. De ahí que la
destrucción de los obstáculos intermedios tiene por función el preparar
estratégicamente el gran enfrentamiento: de este modo podrá ser evitado por
la rendición del enemigo potencial. Rendición preventiva. Para ello hay que
derribar Irak e Irán.
El señor Bush no bromea cuando habla de los responsables
del «eje del mal». Ya los ha designado, enumerado y puesto en su punto de
mira. Ahora se trata de encontrar el medio y los pretextos para liquidarlos,
ya que resulta evidente que la verdadera razón por la que lo harán será
inconfensable.
La nueva doctrina nuclear de los Estados Unidos lo
confirma todo al declarar abiertamente que las bombas atómicas serán
utilizadas como armas convencionales. Nos lo dijeron en marzo de 2002. La
única condición impuesta a su utilización serán evaluaciones de interés
político, evidentemente no según un criterio militar. Incluso enfrentándose
a países que no poseen tales armas, el uso de las armas atómicas es libre.
Sin embargo existe una posibilidad para evitar esta
guerra. En Italia había un movimiento importante de la población que no
quería entrar en ella. Y también en Italia el 93 por cinto de los diputados,
incluidos los de centro-izquierda, votaron a favor de la guerra contra
Afganistán, cuando todo lo que veo y siento al recorrer el país es que una
gran parte de la población no deseaba esta guerra. Así que podemos sacar la
conclusión de que el parlamento italiano no representa de modo alguno a la
mitad (una mitad abundante) de la Italia real. Hay un enorme vacío de
representación democrática.
Hay que empezar por ahí con el fin de prepararnos para el
futuro. Por ejemplo, debemos pedir a todos los futuros candidatos de todas
las futuras elecciones, en todos los niveles institucionales (desde el
consejo del barrio hasta el parlamento italiano, y hasta el parlamento
europeo) que nos digan antes de ir a votar qué tienen la intención de hacer
si resultan elegidos, qué compromisos están dispuestos a adoptar para con
nosotros. Y ya que la guerra continuará y se multiplicará, tendremos que
obligarlos a firmar un pacto con nosotros.
Nunca más a favor de la guerra. A los que no acepten
firmar dicho pacto los consideraremos adversarios políticos, sean cuáles
sean los partidos o las coaliciones a las que pertenezcan. Y tendrán que
firmarlo públicamente, porque tenemos que combatir contra todo aquel que se
declare a favor de la guerra, con todas las fuerzas de las que dispongamos y
con la mayor intransigencia, por el respeto debido a las reglas
democráticas. En fin, dicho de otro modo, tendremos que apoyar a todo aquel
que se comprometa a no defender la guerra. Creo que el tema de la guerra y
de la paz es fundamental, y a partir de ahí debemos comenzar a construir
nuestra defensa. Esta es la primera tarea que se nos impone.
6. El fin del desarme: el papel de China y de Rusia
Como protagonista, China. Los chinos han comenzado a rearmarse y lo hacen a
un ritmo bien constante. Construirán centenas de nuevos misiles, centenas de
nuevas ojivas nucleares. Disponen de la tecnología necesaria, y dentro de
diez años será una tecnología muy depurada: por una parte se desarrollan muy
rápidamente, y por otra disponen de los medios necesarios.
Asistimos a una nueva carrera de rearme que inaugura una
fase totalmente inédita. Creíamos que aquella época ya había quedado atrás;
pues bien, ha vuelto con todas sus fuerzas. Como segundo protagonista, Rusia
junto con Putin. He definido la guerra en Afganistán de la siguiente forma:
un nuevo gran Yalta asiático del que los estadounidenses han salido
vencedores, sin condiciones, arrebatando de la influencia rusa a nada más y
nada menos que cinco repúblicas de la antigua Unión Soviética.
La guerra afgana tuvo fin con la conquista estadounidense
no tanto de Afganistán como de bases militares en Asia Central,
principalmente la nueva base estadounidense de Kirguizistán, cerca de su
capital, Bishkek, pero sobre todo no muy lejos de la frontera con China: el
observatorio más próximo a Rusia y China que Estados Unidos haya tenido
nunca en Asia. Es un cambio geopolítico con consecuencias inimaginables hace
todavía un año.
La base de Kirguizistán servirá sobre todo para repara la
interferencia electrónica de China y controlar todas las comunicaciones. Se
están construyendo dos bases militares más en Uzbekistán y Tayikistán.
Parece que hay otra en construcción, muy en secreto, en Turkmenistán. No
tengo ninguna certeza sobre ello. He intentado varias veces obtener un
visado para Ashgabat, pero nunca me lo han concedido. El secreto es
absoluto.
Al mismo tiempo, otras dos antiguas repúblicas soviéticas
han pasado a estar bajo el control directo de Estados Unidos: Azerbaiyán,
con su parte de explotación del Mar Caspio y su petróleo, y Georgia, donde
los estadounidenses han desplegado por primera vez tropas para armar e
instruir la armada georgiana, así como vigilar la frontera meridional de
Rusia.
Y pensar que todo había empezado como la gran guerra
contra el terrorismo. El resultado ha sido una geografía política de Asia
Central cambiada por completo. Putin se ha mordido la lengua y, en este
sentido, ha sido prudente. No pone el grito en el cielo porque sabe que es
inútil. Pero no hay que interpretar el silencio ruso como una aprobación.
Hay gruñidos profundes y amenazadores; oírlos será cuestión de tiempo.
En diciembre de 2001 Putin lanzó el submarino Guepardo,
el mayor submarino de alta tecnología que nunca hayan diseñado los
investigadores militares rusos, es decir, soviéticos. Las mismas fuentes
estadounidenses han escrito que se trataba de una novedad. Lo cual quiere
decir que este submarino nuclear, armado al menos con 120 misiles de cabeza
múltiple, se ha vuelto un arma estratégica extremadamente peligrosa. Desde
la caída de la Unión Soviética es la primera vez que Rusia lanza un
submarino nuclear, un año después de la tragedia del Kursk.
7. El abandono de los continentes pobres
Respecto a los otros compañeros del mundo, no creo que tengan gran
importancia en este momento. El partido se juega en los términos que acabo
de indicar. África entera cuenta con mil millones de habitantes y 23 guerras
en curso. Como mucho, se producirá un aumento de desembarque de inmigrantes
en nuestras costas. Creo que la supersociedad global que se está
construyendo no tiene más que formar regiones marginales.
El resto del mundo vivirá a un lado. Nosotros somos
consumidores de energía vital, y esos millones, o más bien miles de
millones, de personas contra quienes lucharemos por la energía serán, no
sólo inútiles, sino también nocivas para la sociedad del futuro. No se
necesitará tanta mano de obra y, como consumidores, serán demasiado pobres
para suscitar ningún interés.
Ese enorme «resto del mundo»"será abandonado a su suerte,
y si los 250 millones de estadounidenses (para ser más precisos, el 10 por
ciento de esos 250 millones) y los otros 800 millones de "ricos" que pueblan
el planeta (los que comen de las migajas, porque los verdaderos ricos y sus
familias no son más que unos sesenta millones) quieren seguir consumiendo lo
que consumen por ahora, el resto del mundo tendrá que resignarse a consumir
mucho menos, o sea, a vegetar o a morir.
Tendrán que morir muchos, y ya están muriéndose. Según
los datos de Naciones Unidas se había decidido reducir en un 20 por ciento,
de ahora a 2015, los millones de personas que pasan hambre. Pero han pasado
seis años desde que comenzó ese programa, y el número de personas muertas de
hambre aumenta. Hoy día más de ochocientos millones de habitantes comen poco
y mal. El resto del mundo ha quedado fuera de juego en esta perspectiva, en
este proyecto.

8. El 11 de septiembre y la crisis económica en
Estados Unidos
Así pues, todo el asunto del 11 de septiembre tiene el aspecto de haber sido
una gran operación política. Los dirigentes de Estados Unidos se esperaban
un gran enfrentamiento, pero un poco más tarde. Hubo un imprevisto. Y el
imprevisto fue que Estados Unidos se detuvo. Durante veinte años nos han
contado que el modelo estadounidense era el mejor, que la locomotora
estadounidense dominaba el mundo y que lo único que se podía hacer era
imitar a los Estados Unidos; lo mejor es que a pesar de todo continúan
repitiéndonoslo.
Pero ha habido un accidente, Estados Unidos se ha
detenido. Nos han hecho saber oficialmente en noviembre de 2001 que habían
entrado en una fase de recesión, y noviembre, como todo el mundo sabe, viene
después de septiembre. Pero a la vez que anunciaban la buena nueva, nos
dijeron que ellos (los que gobiernan) lo sabían desde abril de 2001, y
abril, como todo el mundo sabe, viene antes de septiembre. Cuando leí esta
noticia me dije: ¡Por Dios, ocho meses para dar al mundo la información más
importante de los últimos veinte años!
Después me pregunté: aquellos ocho señores que se
reunieron en Génova para formar el G8 en junio de 2001, ¿sabían que Estados
Unidos se había detenido o no? Si lo sabían, nos han contado a todos un
montón de tonterías. Se han reunido sabiendo que Estados Unidos estaba en
crisis y no nos lo han dicho. Si por el contrario lo ignoraban, eso quiere
decir que estos ocho señores pertenecientes a la cúpula directiva del mundo
no poseen las informaciones esenciales sobre la situación mundial. Pero
entonces, ¿quién tiene esas informaciones?
Si a eso le añadimos que durante aquellos meses fatales,
de abril a noviembre, hemos asistido al hundimiento de una de las mayores
multinacionales del sector energético, Enron Corporation, ¿qué debemos
pensar? 40 mil personas en la calle de golpe; una empresa arruinada; dos
billones de dólares perdidos, arrebatados por un grupo cuyo jefe se llamaba
Kenneth Lay, amigo íntimo de George Bush y que también había financiado una
gran parte de las campañas electorales de Bush, de Dick Cheney y de Donald
Rumsfeld. ¿Todo eso no os parece extraño? Hay demasiadas coincidencias para
pensar que el 11 de septiembre haya ocurrido por casualidad.
Tras este acontecimiento hay una gran maniobra. Terminada
la época del gran enemigo ruso, la Unión Soviética ha desaparecido hace diez
años y la globalización se ha detenido. ¿Quién la ha detenido? ¿Hay un
culpable? No puede haber sido Osama Bin Laden, él vino después. Eso quiere
decir entonces que Estados Unidos se ha detenido él solo. Estaban
persuadidos (y habían persuadido al mundo entero) de que su globalización
habría de continuar tal cual por toda la eternidad. La historia había
acabado y ya no tendría por qué haber crisis cíclicas. Pero de pronto la
máquina estadounidense se detuvo. Es decir, que la historia ha vuelto a la
vida según parece. Y siempre se acaba teniendo que rendir cuentas.
Y henos aquí que un elemento de diversión hace su
aparición en el momento oportuno. Osama Bin Laden ha sido el deus ex machina
que ha permitido desviar la mirada del planeta entero, distraerlo del
desastre y poner en marcha al mismo un tiempo un motor que reemplaza al que
ya se había estropeado.
Había que crearse un gran enemigo, y este enemigo
intermediario ha sido el Islam. Intermediario y transitorio. Se servirán de
él mientras siga probándose útil. Al verdadero enemigo ya lo describí más
arriba y ya sólo me queda volver a mi punto de partida: el sistema de
información funciona para ofrecernos una versión de los hechos que no se
corresponde en absoluto con la verdad.
Nos impide, pues, saber qué ocurre, a nosotros y a todos
los millones de individuos, de hombres y mujeres que se conmueven y sufren
ante las pantallas de sus televisores.
9. El sistema de información y la guerra contra Irak
Por primera vez en la historia de los Estados Unidos es el Pentágono el que
se ocupa de esos asuntos. Antes sí que existía una cosa del mismo tipo, pero
dependía del Departamento de Estado. Ahora el Department of Strategic
Influence está en manos de Donald Rumsfeld (el autor escribió este texto
cuando Donald Rumsfeld era todavía Secretario de Defensa de los EEUU, hoy en
día ya no lo es más. Ha sido remplazado por Robert Gates.)
El Pentágono emite una serie de documentos que el sistema
mediático mundial se encarga de difundir inmediatamente. Preparan a sus
amigos, como ellos dicen. Les preparan (y nos preparan) diciéndoles muchas
cosas de entre las cuales algunas son ciertas, otras son medio ciertas, y
otras son completamente falsas.
Así resulta muy difícil discernir entre la información y
la desinformación. Y además lo sabemos; la guerra de Vietnam comenzó con una
gran invención, la acusación hecha contra los pérfidos vietnamitas de haber
atacado navíos estadounidenses en el golfo de Tonkín. Sólo bastantes años
después, cuando la guerra ya había acabado, se descubrió que no había
existido tal ataque.
Hacer la lista de este tipo de manejos exigiría redactar
libros enteros. Lo que nos deja estupefactos es el hecho de que los
periodistas (los italianos los primeros) caigan siempre en la trampa y no
aprendan la lección.

10. La sociedad civil estadounidense
En lo que respecta a los Estados Unidos, es difícil esperar que los que se
oponen a esta guerra se vuelven los suficientemente numerosos como para
obligar a la administración a que cambie el rumbo. Las razones son múltiples
y profundas, y debemos reflexionar sobre ellas a fondo. Durante décadas nos
han presentado a los Estados Unidos como modelo de la democracia occidental.
¿Son así las cosas? ¡No! Estados Unidos ya no es el modelo de la democracia
occidental. Hace bastante que dejó de serlo.
Respecto al desarrollo de la sociedad civil Europa está
mucho más avanzada que los Estados Unidos. Mirando las cosas detenidamente,
incluso el sistema electoral estadounidense (que hemos intentado copiar sin
comprender que cada democracia tenía su propia historia) se muestra mucho
menos democrática que nuestros escrutinios proporcionales obsoletos. Incluso
en los países europeos donde se practica el escrutinio mayoritario, se trata
de sistemas electorales mucho mejor articulados y menos embalsamados que el
bipartidismo absoluto de los estadounidenses, donde las diferencias entre
los dos partidos son ahora tan imperceptibles que elegir entre ellos parece
desprovisto de todo sentido.
Es por ello que, con toda lógica, la mayoría ni siquiera
va a votar. Por otra parte, el nivel de formación democrática (y de
información política) del ciudadano estadounidense es muy bajo.
No se trata de estar en contra o a favor de los Estados
Unidos. En cuanto a mí, yo he vivido y he trabajado allí. Conocí una
sociedad dinámica y muy diversificada, pero también replegada sobre ella
misma, reducida a la adoración del rendimiento y de la carrera profesional
y, en la mayoría de los casos, incapaz de defender sus propios derechos. En
todo caso, desprovista de organizaciones que le den la posibilidad de
defenderse. No es una casualidad que entre todos los países del Occidente
avanzado Estados Unidos sea el único que mantenga la pena de muerte.
El hecho es que vivimos en un mundo donde un porcentaje
importante de los artículos publicados en las páginas de nuestros periódicos
está consagrado a la exaltación de la democracia estadounidense. Reflexiones
como las que estoy exponiendo no tendrían lugar en las páginas de un
periódico de gran tirada en Italia.
Unos diez días después del 11 de septiembre, cuando el
presidente ha transmitido su mensaje al pueblo, en todas las cadenas de
televisión, no encontró nada mejor que decir que la siguiente frase: "volved
a ir de compras". Al oírlo sentí un escalofrío. ¿No tenía nada mejor que
hacer que una llamada a llenar los centros comerciales, los templos del
consumismo? Algunos días después vimos las colas de miles de consumidores
estadounidenses que se habían levantado a las seis de la mañana para ir a
las rebajas de fin de temporada. Anticipadas para la ocasión. Así que, si lo
que nos dicen es verdad, que Estados Unidos nos lleva siempre veinte años de
adelanto, lo que nos arriesgamos a ver en ese espejo es a nosotros mismos.
Horror.
Tal vez también los chinos se reflejan ahí, unidos por la
idea de que hay que consumir siempre más, derrochar siempre más, divertirse
siempre más y así del mismo modo en una especie de compulsión repetitiva. Y
la compulsión es el síntoma de una grave enfermedad mental, por lo que me
resulta difícil no tener la impresión de que millones de estadounidenses han
llegado a un alto nivel de lobotomización. Mirad sus ciudades, construidas a
la medida y en función de los centros comerciales, de los "malls". Yo
no se va de paseo, se va a comprar algo en los centros comerciales, se va a
visitar los centros comerciales, como antiguamente se iba a visitar un
museo.
Por eso me parece improbable esperar de parte del pueblo
estadounidense una respuesta masiva y hostil en contra de la guerra. Quien
ha sido tocado por el virus del hiperconsumismo, quien ha recorrido hasta el
final el camino para convertirse en un consumidor impenitente, difícilmente
concibe ni siquiera la existencia de los problemas que tratamos aquí. Nos lo
ve, así de simple. Se ha vuelto ciego. Si bien es verdad (como lo hemos
resumido eficazmente) que durante la última década los estadounidenses se
han enriquecido mientras dormían, ¿cómo hacerles entender que tienen que
despertar? Para ellos es difícil. Para nosotros también, dentro de poco,
será difícil.
También se ha dicho precisamente que Estados Unidos era
el único país del mundo donde la idea de ahorro ya no existía y donde la
gente gasta más de lo que gana. Es una situación completamente anormal. La
deuda de los Estados Unidos con el resto del mundo se eleva a unos doce
billones de dólares y continúa creciendo a razón de unos mil doscientos o
mil quinientos millones de dólares por mes. ¿Cómo se puede imaginar vivir en
paz en un mundo donde un país de 250 millones de habitantes consume él solo
un tercio de los recursos mundiales, y es el origen de casi un cuarto de la
polución del medioambiente, nuestra casa común?
11. La supersociedad global
La verdad es que nos dirigimos hacia una supersociedad global dirigida por
una superclase global de súper ricos de todas las partes del mundo, que
vivirán en ciudades reservadas, vigiladas por sus policías privados, porque
los policías nacionales estarán destinados exclusivamente a controlar a los
pobres. Ya asistimos a ese tipo de organización urbanística. En
Johannesburgo, Sudáfrica, las ciudades de ricos separadas ya existen. En
Moscú hay barrios enteros concebidos expresamente para los ricos, con
grandes edificios donde se encuentra de todo (campo de golf, gimnasios,
tiendas, paseos, jardines de infancia, colegios) con una entrada única
vigilada por agentes privados y muros altísimos. Esa es la imagen del
futuro.
Las élites ya no necesitarán vivir en un solo país,
vivirán en el mundo entero, en los lugares que les estarán reservados. Ya no
será posible mezclar las clases porque será demasiado peligroso para ellas.
Así es la idea que se impone en el mundo hoy día. La idea de los que podrán
consumir, y consumir en abundancia, mientras que el resto, la aplastante
mayoría, permanecerá fuera.
Una parte relacionada con los servicios indispensable
tendrá acceso al interior y podrá beneficiarse de los restos de ese
bienestar. Los otros podrán palmarla, porque son inútiles. Y la prueba del
hecho de que serán inútiles es una tautología: serán inútiles porque habrán
perdido el tren que lleva al éxito.
Ahora bien, los que pierdan en esta supersociedad de
poderosos ávidos estarán de todo modos equivocados y ningún capitalismo
compasivo vendrá a ayudarles. Así que, ¿por qué seguir dejándoles
impunemente consumir aire, agua y alimentos?

12. Tras la guerra de Irak
Sabíamos que la sangre iba a correr, mucha sangre: nos la han enseñado,
mezclada con el polvo del desierto.
Esta vez han decidido que las cosas funcionarían mejor así. Ya no se trataba
de una misión humanitaria, que hubiera exigido mayor delicadeza. Iban a Irak
para darles miedo a los réprobos que continúan poblando el mundo. Era
necesario, pues, que la sangre se viera y que estuviera seguida de un
castigo ejemplar, duro, implacable. Una guerra emblemática, una guerra
ejemplar, un aviso.
La segunda guerra de Irak de los Estados Unidos ha tenido
su necesaria coreografía imperial, previamente reglada, ejecutada con la
mayor precisión.
En realidad ha habido algún que otro error. Las cadenas
imperiales debían contentarse con instilar el miedo. No se había previsto
ningún otro mensaje. Pero las televisiones árabes han venido a arruinar las
fiesta de esta cuarta guerra del Imperio. Por primera vez en la historia de
los medio de comunicación globales (Kabul no fue más que un modesto
preestreno) han comenzado a contarnos la dolorosa historia de los vencidos.
Peor todavía: no la de los perdedores ingenuos que
entretienen en secreto la esperanza de David, poder derrumbar a Goliat de
una sola pedrada entre los ojos. No, la televisión árabe nos ha contado la
guerra a través de los ojos de los perdedores que saben que no pueden ganar,
que no se hacen ilusiones; que son conscientes de que en el peor de los
casos morirán como perros, y en el mejor, salvarán sus vidas y las de sus
hijos para vivir esclavizados.
Y como las televisiones occidentales no podían mostrar
gran cosa, encerrados como estaban en grandes hoteles cuidadosamente
alejados del blanco (aunque, como ya se sabe, hubo algún que otro fallo en
el punto de mira), el mundo entero ha visto durante las dos primeras semanas
la imagen de los perdedores más que la de los vencedores. Eso produjo en
efecto fantástico. Era como asistir a Hiroshima del lado de los japoneses.
Una primicia absoluta, incluso si bajo este punto de vista el heroísmo de
los pilotos de Enola Gay, los que lanzaron la Bomba, resultaba menos
evidente.
Sea como fuere, resultaba difícil interpretar aquello que
teníamos frente a los ojos como heroísmo. Porque todas aquellas tropas de
ataque tan bien equipadas, con todas aquellas máquinas suspendidas
alrededor, con todos esos aviones arriba y helicópteros a los lados, tenían
el especto de robots programados para llevar una libertad sin manual de
instrucciones.
Como personas que hubieran aterrizado en la Luna
completamente equipados para la plantación de manzanos y perales. Y lo más
extraño era descubrir que, entre las cavidades de la Luna, había gente que
permanecía allí y combatían sin ninguna esperanza de vencer. No querían
aquellos manzanos ni aquellos perales.
¿Podían haberlo previsto? Ciertamente, George Bush y Tony
Blair no lo habían previsto. Mientras redacto estas líneas finales, el
escándalo de las falsas armas de destrucción masiva, las mentiras proferidas
al mundo entero para declarar la guerra contra Irak, ya han explotado.
Ganada en mayo, la guerra iraquí se transforma en derrota en el mes de
agosto. La guerra en Afganistán continúa. La idea de una paz palestina
concebida como una capitulación de los palestinos ante Sharon se ha
desvanecido. Ya pueden tirar el plan trazado a la basura.
En fin, ninguno de los objetivos declarados por George
Bush se ha cumplido.
La única, la verdadera, la gran guerra emprendida por Bush ha sido la
dirigida contra Europa, dividiéndola (por el rasero de la guerra de Irak) y
preparando los diez caballos que se dispone a hacer entrar en sus muros.
Europa, Troya mal guardada e ignorante del peligro, albergará muy pronto a
diez aqueos más estadounidenses que los Estados Unidos.
En dicho contexto, el papel que podría haber representado
para frenar la estrategia imperial estadounidense se vuelve extremadamente
problemático. Francia y Alemania aguantan, pero Bush tiene de su lado a
Blair, a Berlusconi y a Aznar, quienes en la "vieja Europa" representan el
papel de aliados de los "diez aqueos de la nueva Europa". París y Berlín
están aplastados.
Respecto a la Rusia de Putin, ha perdido antes de
empezar. Ejemplo sin precedentes en la historia de un país que se suicida,
ha contemplado su propia caída sin hacer un gesto. Aceptó la anulación del
tratado ABM en 1972 aportando su firma bajo la declaración formal del fin de
su poder, incluso parcial. La ampliación de la OTAN hacia el Este tan sólo
le ha hecho hacer una mueca. Finalmente, ha perdido Asia Central sin
rechistar.
Dentro de quince años Rusia se verá reducida a menos de
cien millones de habitantes y flotará sobre sus fronteras actuales como las
ropas de un gigante sobre las espaldas de un enano. Quizá tenga todavía
misiles, pero ya no le servirán (como sucede actualmente) para ejercer una
presión política sobre el Emperador, utensilios herrumbrosos e inútiles.
De China todavía tendremos que hablar durante un largo
tiempo. El destino y la historia le han dado un papel preponderante en el
siglo que acaba de comenzar. China es el verdadero problema de Washington. A
China se consagró el PNAC, el "Proyecto para el Nuevo Siglo Americano". Los
dirigentes chinos lo saben a ciencia cierta. Y ninguna recuperación, o
recuperación parcial, de Wall Street permitirá desembarazarse del problema,
que se opondrá al axioma de Bush, que también fue el de Reagan: el nivel de
vida estadounidense no es negociable.
Muy pronto ya no habrá sitio en el planeta para dos
Américas, una blanca y otra amarilla. Incluso la hipótesis de englobar a
China (como subalterna de los Estados Unidos, claro está) en el mercado
occidental no resolvería el problema.
Este es el verdadero perfil de la situación a la que
deberán enfrentarse nuestra generación y la siguiente: hemos llegado al
término. El desarrollo que el mundo ha conocido no se puede prolongar
indefinidamente. Hay que elegir (si se acepta el cuadro que acabo de trazar)
quién puede sobrevivir en un mundo que ya está bastante «en apuros».
Los que piensan, incluso en el seno de la izquierda, en
términos de «recuperación» del viejo desarrollo (en el terreno económico) y
que creen poder moderar las pretensiones del Imperio (en el terreno
político) están condenados al estupor y la impotencia ante los trágicos
acontecimientos que se anuncian. 

* Giulietto Chiesa. Parlamentario europeo y
periodista. Italia
Traducido del italiano por Francisco José Justicia Cano, traductor
profesional.