
No. No se trata de sondear por los vericuetos de la
antiortografía, tampoco de compartir hallazgos en un parónimo, Boca
bulario significa otorgar bulas de palabra, laicas bendiciones sin
sacrilegio, aportación de aureolas a los favoritos en lamparitas redondas de
manipulada iluminación, en esta retobada a los culturosos de copioso caché.
Leer o no leer
En un texto del semanario Proceso de diciembre del
’98 firmado por José Alberto Castro se asienta que "La especulación por los
autores, las fuertes campañas promocionales y la imposición de los gustos
literarios están en el orden del día".
Al respecto, hay lectores los cuales más que consumir
libros, recopilan créditos, rúbricas de escritores afamados más que
narraciones o poesías; no se arriesgan a incursionar el ojo en obras de
novelistas o poetas desconocidos, rehúsan comprar publicaciones que no hayan
sido selladas por editoriales de "renombre" o santificadas por algún crítico
de "sus confianzas", esos que ensalzan "consagraciones" hasta los
enmolcajeteados mareos de una salsa borrachísima, al igual que vituperan al
que remó hacia el grupo de la otra orilla, o re-funden en los apagones del
ninguneo, a quien sólo y solo naufraga en la isleta de un tintero.
Otros no leen ni una portada pero se introducen
encarrerados al lugar común, a la frase de cartabón que hace lucir
erudiciones, por ejemplo, acerca de creadores que pese a escribir muy
poquito han sido receptores del Boca bulario, los reimpulsan al
merito sitial de las arpas por "La magistral estética del silencio",
confiscándole a Susan Sontag el sinónimo del arte enmudecido. Sostienen en
trilladísima oración que tal poquedad es debido a que "No pueden competir
consigo mismos", como si narrar un cuento o ejercer el verso fuera un
desafío mortal contra la propia sombra... que no cesa sino cuando el vencido
chorrea en catarata una hemorragia anochecida.
En la revista señalada se añade que "... los gigantes de
la edición convocan a certámenes literarios millonarios, manejan a su antojo
las agendas de los escritores, deciden a quién darle la exclusiva o quiénes
están vetados".
Acerca de certámenes literarios, en la década anterior
Gustavo Sáinz dio una conferencia de prensa en la que señaló que uno de los
"gigantes de la edición" (Planeta) llamó a un concurso novelístico
del cual el hacedor de Gazapo fue uno del jurado. Agregó que más de
un centenar participaron, sin embargo, el dueño del negocio decidió que
únicamente diez competirían y de éstos -a fin de que los calificadores no se
atarearan- eligió al vencedor, al ganón del deslumbrante Boca bulario.
Por cierto que esta parte denunciatoria del conferencista nada más
Excelsior la registró, los otros diarios la "editaron" en una tachadura.
A Xavier Velasco, luego de llevarse el premio
Alfaguara en el mismo género, le preguntaron su opinión de que la
editora se lo entregó sin ser famoso porque con frecuencia fue criticada de
dárselo solamente a re-conocidos. El galardonado y beneficiario del Boca
bulario contestó que no hubo favoritismo, que él nada más consiguió que
su gran amigo Arturo Pérez Reverte le garantizara que su Diablo guardián
sí sería leído por los jueces. Respuesta de la que se infiere que los
dictaminadores no posan sus doctas pupilas en todas las obras, que no les
brindan ni un guiñito de retina, ni siquiera el tic nervioso que muy
involuntariamente coqueto fabrica un arsenal de relámpagos oscurecidos.
El que de plano dijo que cuando mucho leía unas tres
líneas de novelas concursantes fue el ya fenecido Fernando Benítez en sus
etapas de juzgador, pues con un inicial puñito de letras descubría quién es
quién y a cuál anexarle el Boca bulario en los artilugios de una
historia. Para él un inicio flojo colma el todo de perezas debiluchas.
Novelistas que ex profeso comenzaban e incluso seguían después de la mitad
con un preelaborado tono de "aburrimiento", para luego sorprender con
extraordinarias figuras metafóricas e intensidad introspectiva de personajes
que en el "hastío" primigenio construían la premisa, verbigracia Héctor Raúl
Almanza y su Huelga blanca o Julio Sesto en Cómo ardían los
muertos, hubieran sido desahuciados antes del primer parrafito.
Plumas como estiletes
Fernando de la Tola Habich, de origen peruano y afincado
en México desde hace un a alud de calendarios, autor de la novela erótica
Lulú la meona, en un antiguo artículo de fondo en Unomásuno,
comentó que la enorme popularidad de Carlos Monsiváis tocó su curiosidad. Se
puso a leerlo con parsimonia, lo leyó en antologías periodísticas integradas
en libros; re-.vestido con los ropajes de un intrigado veedor lo miró
impreso en un montonal de medios; lector fue de su única novela Nuevo
catecismo para indios remisos; ancló en la prosa monsivaisana su
visión y re-visión... Y el paisano de César Vallejo y de las llamas que no
arden, afirmó que no encontró nada artístico, nada que guardase correlación
con la ingente celebridad, nada salvo algunas puntadas ingeniosas, nada que
explicase la casi posesión absoluta del Boca bulario.
En la centuria antepasada, Sebastián Lerdo de Tejada, en
una trifulca verbal con Guillermo Prieto, pretendió desbaratarle el Boca
bulario que ya disfrutaba en la producción de versos con el culinario
obsequio de una sazón en desazón, al rebautizarlo como "El poeta de las
enchiladas".
Con anterioridad todavía y en lares europeos, el
influyentísimo Goethe desde el germánico solar, enfadado por el Boca
bulario a raudales que se agenciaba Víctor Hugo, catalogó El jorobado
de Nuestra Señora de París "Libro pudibundo", en tanto en un teatro de
la capital francesa admiradores del romanticismo y de los clásicos, sin
fábulas se prodigaban fabulosos catorrazos a horcajadas de retórica.
Las mujeres que versifican no están exentas de medirse
con algo más contundente que la métrica. En una entrevista que Enriqueta
Ochoa concedió a Octavio Avendaño Trujillo, publicada en enero del 2007 en
La Jornada Semanal, la poeta se lanza contra otra poeta: Rosario
Castellanos, de la que sin ambages asevera "Fue una mujer detestable".
Boca bulario que no apacigua el pesaroso evocar, ya que para la
entrevistada, la polígrafa chiapaneca "... era mala" y no precisamente para
los menesteres de la escritura.
Boca bulario el obtenido rapidito por Edgar Allan Poe,
al que Walt Whitman -diez abriles menor- abolló al declarar, con otro
lenguaje pero el mismo sentido, que el poemario de aquél, The bells,
no eran más que Las campanas lloriqueantes que empalagan al tañer. Según
algunos biógrafos la sensibilidad extrema del primero derivó en que su
esposa Virginia Clams, con la que se vinculó cuando ella tenía 14
añitos y él se acercaba a los 30, mantuviera intacto el nombre, doncellita
matrimoniada con un bardo que no localizó rimas en los enigmáticos
rechinares del catre.
Francisco Rabelais también en los merodeos del instante
se apoderó del Boca bulario con Gargantúa y Pantagruel,
empero, la censura lo correteó azuzando a una repentina multitud de
apedreadores que exaltados conjugaban el verbo lapidar. El artista pudo
escapar, quien no logró la evasión fue su editor, Etienne Dolet, al que
victimaron con una puntería de furibundo cantero.
Vicente Leñero, a excepción de un rechazo editorial a
Los albañiles elaborado por Emmanuel Carballo quien no encontró mínima
calidad en la novela, en una posterior recordación sin rencores de aquél...
casi se lleva puro Boca bulario de la crítica. El casi corresponde al
analista literario Alberto Román que en una reseña de marzo del ’82 en
Nexos del libro Martirio de Morelos transmutadas las teclas en
tambores de guerra, apuntó entre harto fuego: "Con los recursos de
Cantinflas Show , Vicente Leñero hila los resultados de su investigación
anulando sus posibilidades literarias y críticas en el lloriqueo de la
dimensión humana". En un acápite precedente entrecomilla la obra de "Trabajo
literario" con todas las lloviznitas de custodiadas cuchilladas, para luego
arremeter con el filero aún más reluciente: ""Lo que el lector halla es un
subproducto que en sus pretensiones imparcialmente objetivas rehuye el
mínimo esfuerzo literario por elaborar personajes, caracteres y situaciones,
una amalgama ramplona de datos..."
A uno de los que más pródigo resultó el Boca bulario,
fue Juan Rulfo y su solitario libro Pedro Páramo (El llano en
llamas es una recopilación e cuentos de varias revistas). El retobador
ha cronicado desde lustros atrás la manera que la celebérrima novela
rulfiana llegó a la imprenta y cómo salió en un manojo de golondrinas sin
más puerto que su propia inmensidad. No obstante, de emplumado colofón, se
parte en una cita en una partecita de un reportaje de Alejandro Toledo
impreso en Bucareli 8, publicación de El Universal, en junio
del 2001 en que se recoge una rememoración de Rulfo que versa sobre la
opinión de sus colegas del entonces inédito Pedro Páramo, en el
Centro Mexicano de Escritores: "... Miguel Guardia encontraba en el
manuscrito sólo un montón de escenas deshilvanadas. Ricardo Garibay siempre
vehemente, golpeaba la mesa para insistir en que mi libro era una
porquería..." 